Columna: Espiritualidad de la IV República

¡Recuerda el orgullo del 30 de julio!

«Remember, remember / the 5th of November» (Película «V de Venganza»)

. Hay ocasiones extraordinarias en las que un médico, delante de un «enfermo», no debería pronunciar ninguna palabra. Son ocasiones sobrenaturales y mágicas en las que el médico, delante de su paciente, se convierte en «enfermo» y el paciente en su «médico». Ese fue el caso de aquel día de agosto en el plantón del zócalo… Hay ocasiones extraordinarias en las que un sacerdote, delante de un «laico», no debería pronunciar ni una sola palabra. Son ocasiones sobrenaturales y mágicas en las que el sacerdote se convierte en el seglar más pobre y necesitado de ayuda, y el laico que tiene delante se transforma en su supremo «sacerdote».

por diácono Alvaro Sierra Máyer / Desde Abajo

Algunos familiares y amigos me han preguntado qué fue para mí lo mejor del año 2006. Y siempre he contestado lo que ahora aquí les comparto a ustedes: Lo mejor de ese año, y de muchos años, fueron y siguen siendo los 50 días de plantón en el zócalo, del 30 de Julio a septiembre 16... Esos días me han marcado. Esos días me convirtieron en una nueva y mejor persona… Esos días han definido claramente el resto de mi vida…

En los primeros días de este 2007, permítanme compartirles una pequeña muestra más de lo extraordinario y mágico que resultó el 30 de Julio y los días que le han seguido…

Raquel era de Sonora y me abordó después de una consulta homeopática que hice en el campamento de Oaxaca. «Tengo cáncer –me dijo sonriente-. ¿Puede escucharme unos minutos?». «¡Claro! –le dije- ¡Si por favor después me dice qué tengo que hacer para conseguir una sonrisa como la que usted tiene!»… Sentí que miró y sondeó mi corazón a través de mis ojos y se sonrió aún más ampliamente… «También soy panista –me dijo ya no tan sonriente-. ¿Aún quiere escucharme?». «¡Claro» –le dije-. ¡Si por favor después me dice por qué esta aquí con nosotros y por qué trae un listón tricolor en su blusa!»…

Cuando estuvimos cómodamente sentados, sacó de su bolsa una pequeña grabadora. Apretó un botón plateado. Y la voz de Andrés Manuel comenzó a escucharse: «No nos vamos a confiar. Y no nos vamos a quedar cruzados de brazos… La democracia, como la justicia, como la libertad, ¡no se imploran, sino se conquistan! Por eso hoy les propongo que esperemos el fallo del tribunal ¡movilizados!…»… Apretó otro botón plateado con dos rayitas, y la voz de Andrés Manuel dejó de escucharse… «Estoy aquí porque creo en eso –me dijo-. El PAN, como partido, cree que la democracia, la libertad, la justicia, deben conquistarse. Por años hemos buscado eso… Siento una terrible vergüenza por los miembros de mi partido que hoy están desconociendo de facto y traicionando nuestros valores y principios… Soy psicóloga –siguió diciéndome-. Y sé que el cáncer que me detectaron a finales de junio es un símbolo de la vergüenza de mi alma y del cáncer terrible que corroe a mi partido… Desde que comenzó la guerra sucia de mi partido acudí a todas las personas posibles y a todos los foros, en internet y en reuniones a las que me hacía presente. Pedí de todas las maneras que alzáramos la voz como partido para denunciar la guerra sucia como ajena a nuestros valores y principios. Imploré después del 2 de julio que como partido tendríamos que ser los primeros en pedir el conteo total de todos los sufragios, casilla por casilla y voto por voto. Que no deberíamos jamás como partido ser sospechosos de fraude, y que como miembros del PAN sería impensable que fuésemos cómplices, por participación o por omisión, de cualquier acción antidemocrática y fraudulenta… Para qué le cuento más, diácono, todo lo que intenté y todo lo que hice. Sólo recibía silencio, burlas, enojos, indiferencia, y la mayoría de mis compañeros comenzaron a evitarme y a darme la espalda… Entonces comencé a observar y escuchar a Andrés Manuel, tratando de entender a mi partido, buscando el «peligro» que, según decían, ese hombre representaba. Comencé a venir a las Asambleas. Y estuve aquí mismo, el 30 de julio, grabando sus palabras, mismas que he escuchado desde entonces una y otra vez…»

Ya no vi si Raquel apretó algún botón pues un mar salado en mis ojos comenzó a brotar desde que ella dijo: «el cáncer que me detectaron a finales de junio es un símbolo de la vergüenza de mi alma y del cáncer terrible que corroe a mi partido», pero la voz de Andrés Manuel volvió a escucharse: «Escuchen bien lo que les voy a decir. Quiero una respuesta de ustedes sincera. Que lo pensemos, aunque sea un instante… Les propongo que nos quedemos aquí, en Asamblea permanente, hasta que resuelva el tribunal. Que permanezcamos aquí, día y noche, hasta que se cuenten los votos… (se oyen murmullos de desconcierto)… ¡Les aseguro que no será en vano nuestro esfuerzo y nuestro sacrificio! ¡Toda nuestra actuación se sujetará a la idea de la Resistencia Civil Pacífica, en el marco de la no-violencia!… Les informo que yo también viviré en este sitio, mientras estemos en Asamblea permanente… (se oyen aclamaciones y gritos de aprobación)…»… Nuevamente la voz de Andrés Manuel dejó de escucharse y Raquel continuó su relato: «Yo lo pensé también en esos instantes que parecieron eternos… Mi casa… Mi esposo y mis hijos… ‘La democracia que se conquista’… Mi trabajo… ‘La justicia que se conquista’… Mi cáncer. Mi quimioterapia… ‘La libertad que se conquista’… ‘¡Yo ni soy de este partido!’… ‘¡Les aseguro que no será en vano nuestro esfuerzo y nuestro sacrificio!’… La clave de mi decisión en esos instantes, como para muchos, fue cuando Andrés Manuel dijo: «yo también viviré en este sitio»… Supe que mi decisión era acertada cuando lágrimas de alegría y de paz comenzaron a brotarme. Supe que mi observación de Andrés Manuel había terminado. Supe que él no era un peligro para México sino su única esperanza. Supe que mi apellido de abolengo se había transformado en López. Supe que debía quedarme. Supe que mi cáncer tenía en esta Resistencia Civil Pacífica su única posibilidad de cura. Supe, en realidad, en ese instante eterno, que comenzaba yo a curarme… Así que le contestaré ahora su primera pregunta, pues ya le he contestado la segunda: para obtener la paz y la sonrisa que ahora tengo se necesita erradicar la vergüenza del alma, se necesita no ser parte del cáncer que corroe a México, se necesita esta Resistencia que estamos haciendo, se necesita el buen combate que estamos combatiendo«…

(Llegué yo al 30 de julio con una lumbalgia paralizante que empezó a sanar allí, en el zócalo. Así que mis ojos ciegos de llanto –ya dulce y no salado-, y el calor que inundaba mi alma, me confirmaban la verdad profunda de todo lo que Raquel me estaba hablando. Yo también sabía, como medico, que el cáncer de Raquel estaba sanando como estaba curando mi lumbalgia. Y sabíamos ambos que el cáncer terrible que corroía a México, estando allí, nosotros y muchos, en combate y en resistencia, estaba también sanando)

Se oyó nuevamente la voz de Andrés Manuel: «Les pregunto: ¿Nos quedamos? ¿Sí o no?… (Se oye un ¡Sí! unánime y más aclamaciones y gritos de aprobación)… ¡Nos quedamos!»… Y nuevamente oí la voz de Dios y del cielo y de todo lo bueno y noble en la voz de Raquel: «No puede yo gritar con todos ¡SI!, porque me lo impedían mis lágrimas, pero lo gritaron, poderosos, mi espíritu y mi alma. No puede levantar mis manos como todos, porque estaban cubriendo mis ojos anegados de llanto, pero mi corazón y mi carne se levantaron decididos, guerreros, convencidos, y amanecieron entonces la sonrisa y la paz que ahora usted ve en mi rostro… No sé ya si sigo siendo panista. Ni creo que importe mucho. Soy ahora, por Andrés Manuel, y por estos días de Resistencia, y por ustedes, mucho más que eso… No sé si terminaré siendo de otro partido. Ni creo que importe. Soy ahora una mejor persona, y eso basta. Mis valores y principios se han visto fortalecidos en esta lucha. Sé ahora, mucho más radicalmente, que mi compromiso por México está mucho más allá de los partidos y de cualquier etiqueta… Eso es todo lo que quería decirle, ÿlvaro. Ahora me toca a mí escucharle»…

Hay ocasiones extraordinarias en las que un médico, delante de un «enfermo», no debería pronunciar ninguna palabra. Son ocasiones sobrenaturales y mágicas en las que el médico, delante de su paciente, se convierte en «enfermo» y el paciente en su «médico». Ese fue el caso de aquel día de agosto en el plantón del zócalo… Hay ocasiones extraordinarias en las que un sacerdote, delante de un «laico», no debería pronunciar ni una sola palabra. Son ocasiones sobrenaturales y mágicas en las que el sacerdote se convierte en el seglar más pobre y necesitado de ayuda, y el laico que tiene delante se transforma en su supremo «sacerdote». Ese fue también el caso de aquel día de agosto en el plantón del zócalo… Abracé a Raquel con todas mis fuerzas y, en medio de aquel torrente de lágrimas que seguía manando, incontenible, sólo atiné a decirle: «¡Gracias, Raquel, en verdad gracias!»…

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