Nueva ley de Radio y TV: Desenredando la madeja (I de III)

Mucho se ha hablado del asalto en despoblado que resulta la nueva Ley de Radio y Televisión, pero en realidad pocas personas la conocen con detalle. En el marco de la discusión que se efectuará en la Suprema Corte de Justicia de la Nación sobre la posible inconstitucional de esta ley, presentamos este análisis sobre el contenido de la denominada “Ley Televisa».

Por: Tania Meza Escorza / Desde Abajo

Pachuca, Hgo. México. Algunos ex senadores de la república interpusieron el año pasado un recurso de inconformidad ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que pudiera echar la ley para atrás, apoyada también por una queja ciudadana ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Sin embargo, aunque el resolutivo de la corte está por emitirse, habrá que esperar.

Pero ¿a qué se debe que este tema haya desatado tantos debates? ¿Por qué unas personas dicen que es la ley que México necesitaba y otras que nunca acabaremos de lamentarnos por todas las desgracias que nos traerá? ¿Por qué las y los integrantes hidalguenses del poder legislativo federal votaron en su momento en favor de esta ley?

Vamos por partes.

45 años atrás…

Uno de los principales argumentos para aprobar esta ley tan de prisa, es que ya urgía. Y sí, el año pasado, las personas que de alguna manera estamos vinculadas con la comunicación llevábamos nada menos que 45 años esperando la nueva ley, porque la anterior fue creada en 1960 y no había sido modificada, sólo tenía algunos parches pegoteados.

Cuando esa ley se aprobó en el Congreso, la televisión mexicana contaba sólo con 10 años de edad, es decir, que ni los legisladores, ni los propietarios, ni nadie tenía mucha idea del potencial arrasador que se estaba tratando de meter en cintura. Podían vislumbrarse algunos escenarios, con base en la experiencia de la radio y de lo que en esa década se había vivido, pero se estaba muy lejos del escenario actual.

Por otra parte, hace 45 años las ciencias de la comunicación eran unas cándidas veinteañeras, que tampoco imaginaban lo que el destino les había deparado. Se tenía la creencia de que los medios eran Dios y la gente, tarada. Los hijos y cosijos de la escuela de Frankfurt recién irrumpían para hablar de la real y abrumadora influencia de los medios, pero seguían encasillando a emisores y receptores en malvados y pobres víctimas, respectivamente.

Así pues, la legislación de 1960 resultó útil en su momento y, probablemente, varios años después. Pero los vertiginosos cambios que desbocaron a este mundo desde finales de los años ochenta y principios de los noventa, repercutieron en la realidad y la cotidianeidad mediática de México y sus habitantes.

Por tal motivo, hacía muchos años que la comunicación masiva en nuestro país exigía una nueva ley de radio y televisión pero, entre más pasaba el tiempo, más poderosos se hacían los dueños de los medios audiovisuales y más miedo les daba a los gobernantes en turno entrarle al toro de la legislación, porque sabían que, irremediablemente, afectaría los intereses de algunos, quienes les pasarían la factura en las elecciones. Así que mejor adoptaban la filosofía del tío Lolo y le dejaban el paquete al gobierno siguiente.

Durante estos años en que la necesidad de una nueva ley se volvía más apremiante, los argumentos que sobresalían eran la regulación de contenidos, la asignación de nuevas frecuencias de manera que no se propiciara el monopolio, el derecho de réplica y una solución ante la casi desahuciada situación de las radiodifusoras y televisoras públicas (Las emisoras privadas se denominan concesionadas, y son señales que el gobierno mexicano le da a particulares para que puedan explotarlas comercialmente. Las emisoras públicas se llaman permisionadas, y cuentan sólo con permiso para transmitir, pero no para comercializar. También se les conoce como públicas, porque generalmente dependen de una instancia estatal que las subsidia, como los gobiernos, las universidades, etc. Estas emisoras tienen prohibido vender sus espacios y viven de una asignación mensual, por lo que desde siempre han enfrentado severas restricciones económicas).

La nueva ley no soluciona ninguna de esas demandas.

Antes de seguir con este análisis, es necesario presentar a una de las protagonistas de esta historia.

Convergencia tecnológica (con manzanas)

El pretexto central para aprobar la nueva ley era que México no debía quedarse atrás ante la convergencia tecnológica, y que estos avances requerían una legislación especial, lo cual es totalmente cierto.

¿Pero qué es exactamente la convergencia tecnológica? Se trata de que la televisión análoga, que es la que hemos teniendo hasta ahora, se convierta en digital, lo cual implica entre muchas otras cosas, una imagen mucho más nítida y una señal más precisa.

De manera muy burda, puede decirse que el meollo del cambio tecnológico está en la transmisión. Si la televisión análoga se mandaba a través de un cable, que tenía dentro de sí cuatro alambres, ahora, con la televisión digital, sólo se necesitarán dos de los cuatro alambres que antes se ocupaban para enviar la señal.

Pero como la infraestructura nacional ya está tendida con cuatro alambres y ahora sólo se ocuparán dos ¿qué se puede hacer con los otros dos que sobran? Muchas cosas, entre ellas la transmisión de datos, de Internet y de telefonía celular.

La radio y la televisión mexicanas ya llevaban varios años trabajando en la convergencia tecnológica porque, como es lógico, no se consigue de la noche a la mañana. Si yo deseo remodelar mi casa de pies a cabeza, no podré recibir a mis visitas en medio del escombro, la pintura y los muebles volteados, así que mientras dura el rediseño, tendré que buscar otro sitio para atender a mis invitados.

La convergencia funciona de la misma manera.

Para realizar la talacha que implica el cambio hacia las señales digitales, se necesita trabajar directamente en las frecuencias de radio y televisión, lo que implica que la sintonía de mi canal radiofónico o televisivo se vea y escuche mal mientras se hacen los trabajos de convergencia tecnológica.

Así pues, en 2004, el gobierno mexicano asignó a quienes le fueran a entrar a la convergencia tecnológica las llamadas estaciones espejo para que durante la remodelación no perdieran audiencia ni clientes. Si mi canal era el siete, el gobierno me permitió usar el seis para pasar mi señal, mientras yo le metía mano al siete, que se seguía viendo, pero no con claridad. (Desde Abajo)

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