Columna: Espiritualidad de la Cuarta República

ESPIRITUALIDAD DEL ANTIIMPERIALISMO (Parte 2)

. Contra el imperio hay que luchar de diversas maneras, y los cristianos no deben rehuir ni el desarrollo de teorías antiimperialistas, ni la creación de fuerzas sociales y políticas que se le opongan o que lo minen poco a poco, ni siquiera la participación en revoluciones justas, como ha ocurrido a lo largo de la historia. No vamos a desarrollarlo ahora. Sí queremos mencionar algunos elementos beligerantes más específicamente cristianos, «absurdos», aparentemente «inoperantes», pero que, como las pequeñas piedras que caían del monte en la visión de Daniel, pueden destruir los pies de barro de los grandes imperios

por diacono Alvaro Sierra Mayer / Desde Abajo

4. El momento soteriológico: el escándalo de una salvación que viene de abajo

Contra el imperio hay que luchar de diversas maneras, y los cristianos no deben rehuir ni el desarrollo de teorías antiimperialistas, ni la creación de fuerzas sociales y políticas que se le opongan o que lo minen poco a poco, ni siquiera la participación en revoluciones justas, como ha ocurrido a lo largo de la historia. No vamos a desarrollarlo ahora. Sí queremos mencionar algunos elementos beligerantes más específicamente cristianos, «absurdos», aparentemente «inoperantes», pero que, como las pequeñas piedras que caían del monte en la visión de Daniel, pueden destruir los pies de barro de los grandes imperios. Esas «pequeñas piedras» son las grandes realidades cristianas, aunque escandalosas y tenidas por inútiles. Promoverlas forma parte de una espiritualidad antiimperial. En principio, porque quiebran la lógica más profunda del imperio de que sólo el sometimiento y el poder salvan.

La tesis fundamental antiimperial es que la liberación proviene de las víctimas del imperio, lo cual es todo menos evidente, también con frecuencia en la Iglesia oficial. Es evidente que el poder, adecuadamente usado, es necesario, por otros capítulos, para erradicar y socavar al imperio. Pero el puro poder nunca ofrece liberación digna de seres humanos. La tradición bíblico-cristiana, experta en el tema de la liberación y en qué dinamismos la generan, no comienza con el poder. Salvación y liberación provienen de lo débil y pequeño: una anciana estéril, el diminuto pueblo de Israel, un judío marginal… Lo débil y pequeño es lo que está en el centro del dinamismo de la liberación. Ellos son sus portadores, no sólo sus beneficiarios. La utopía responde a su esperanza, no a la de los poderosos. Su pequeñez expresa la gratuidad de la salvación, no la hybris que exige resultados.

Esta tradición de lo pequeño que salva atraviesa la Escritura, pero hay más. En el Antiguo Testamento aparece la misteriosa figura del siervo sufriente de Jahvé, que no es sólo «pobre» y «pequeño», sino «víctima». Y ese siervo es el elegido por Dios para traer salvación. Al escándalo de lo pequeño se añade ahora la locura de la víctima. «Sólo en un difícil acto de fe el cantor del siervo es capaz de descubrir lo que aparece como todo lo contrario a lo ojos de la historia», decía Ellacuría con razón. Pero esa locura muestra también su eficacia histórica en el mundo de los pobres.

En Asia, dice A. Pieris, los pobres, no por santos, sino por ser los sin poder, los rechazados, son elegidos para una misión: «son convocados a ser mediadores de la salvación de los ricos y los débiles son llamados a liberar a los fuertes».

En Africa, en una situación intraeclesial, pero que expresa con vigor la misma intuición, dice E. Veng: «La Iglesia de Africa, en cuanto africana, tiene una misión para la Iglesia universal… A través de su pobreza y su humildad debe recordar a todas sus iglesias hermanas lo esencial de las bienaventuranzas y anunciar la buena nueva de la liberación a las que han sucumbido a la tentación del poder, las riquezas y la dominación».

En El Salvador decía Ellacuría: «Toda esta sangre martirial derramada en El Salvador y en toda América Latina, lejos de mover al desánimo y a la desesperanza, infunde nuevo espíritu de lucha y nueva esperanza en nuestro pueblo».

Y junto a esta tesis fundamental podemos enumerar más brevemente otras no menos escandalosas, pero igualmente cristianas y de largo alcance, que son como las pequeñas piedras que hacen desmoronarse al imperio.

a) El reino de Dios advendrá como civilización de la pobreza, en contra de la civilización de la riqueza que ni ha dado vida ni ha humanizado. De ahí la imperiosa necesidad de una crítica a la prosperidad, que suele ser alabada sin ninguna dialéctica, pero que es en muy buena parte deshumanizante por generar epulones y Lázaros. No es justificación para el imperio generar simplemente prosperidad.

b) La máxima autoridad en el planeta es la autoridad de los que sufren, sin que haya ningún tribunal de apelación. De ahí la necesidad de una crítica, sospecha al menos, también hacia la democracia -¡cuánto se echa de menos a los antiguos «maestros de la sospecha»!-. En el mejor de los casos, se pone en favor del ciudadano y en él encuentra la fuente del poder, pero no se pone, misericordiosamente, del lado del que sufre, ni encuentra en él legitimidad y autoridad. No es justificación para el imperio poder apelar simplemente a la democracia -y qué democracia, light, de baja intensidad, fraudulenta, de soberanía limitada…-.

c) Superación del panegirismo acrítico de todo lo que sea diálogo y tolerancia, sin introducir un mínimo de dialéctica de confrontación y denuncia de la opresión y sometimiento. No es justificación para el imperio que entable conversaciones con sus coadláteres y haga como si escuchase a los pueblos sometidos.

d) Superación del chantaje de una ingobernabilidad, que sería producto de la polarización política, lo que encubre el antagonismo cruel entre los pocos y los muchos. No es justificación para el imperio que, al menos, garantice la gobernabilidad mundial.

e) Por último pelear la batalla del lenguaje, creado y controlado por los poderosos. No hay que dejarse imponer la definición de lo que es terrorismo y paz, comunidad internacional y civilización. Más de fondo, no hay que dejarse imponer la definición de lo que es «lo humano». Aceptar que existe un decir «políticamente correcto» es facilitar muchas cosas al imperio.

5. El reino del bien

Jesús habló de un mundo configurado por la bondad graciosa de Dios, no por el poder impositivo del emperador. Eso es bien sabido, y de ahí que los cristianos debiéramos ser, visceralmente, si se quiere, anti-imperio y pro-reino. Y en eso nos va nuestra esencia. Para terminar, sólo dos cosas de actualidad para los cristianos.

La primera la ha notado muy bien José Comblin. El imperialismo actual de Estados Unidos confronta al cristianismo con un problema, que es de siempre, pero que hoy se ha acentuado. En Asia y ÿfrica, «cristianismo» ha sido sinónimo de «Occidente», con beneméritas excepciones. Pues bien, en el mundo actual, más de mil millones de seres humanos, los pueblos musulmanes, ven en Bush, a la vez, la expresión de Occidente y la expresión del cristianismo. Con ello, la misión cristiana, no como proselitismo, sino como diálogo y fraternización, se hace muy difícil. ¿Quién les convence de que no hay que identificar las dos cosas, si el imperio, Bush y su grupo, aparecen orando al Dios de Jesús y desoyen a los cristianos que se les oponen, incluido Juan Pablo II? Mientras dure el imperio, difícil será anunciar la buena nueva de Jesús.

La segunda debiera ser más conocida, pero es ignorada, aun en medio de un mar de canonizaciones. «Si sueltas a ése no eres amigo del emperador». Y a Jesús lo mataron porque no era amigo del imperio. Cada quien juzgará qué de bueno trajo al mundo que Jesús no fuera amigo del imperio. En América Latina han sido miles los amigos de los pobres y de Dios, no del imperio ni del César. De ellos vivimos muchos. Y ellos han escrito mejor que nadie qué es eso de espiritualidad antiimperialista.

Jon Sobrino (Teólogo), 19 de Junio de 2007

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