Lector@s al megáfono: Crónica del dolor

Piel de Noche, Alma de día

Conocía bien al herido, supe quién era con sólo mirar el espejo. Sorprendido, orgullo de madurez y sentido común tirados igual que yo mismo, a la altura del hombro el suelo, a la altura de mí el dolor.

Por Fernando

Llegué ciertamente muy adelantado, nada me causaba mayor molestia que levantarme temprano para, obligado, salir de la cama; en el lugar, lleno como siempre de muchos conocidos y pocos amigos, llegaste casi inmediatamente después. Te vi. No te conocía, no importaba, el impacto fue agradable. Fue distinto, agotado el tema de los amoríos imposibles, la timidez me había dicho adiós hacía algún tiempo. La confianza que da la inocencia, la inocencia que da la confianza, me sentí digno de creer que sería igual que, con la fortuna de la casualidad, con la anterior, y la anterior, y la anterior. Ya no, ahora no. Años después veo que ya no. Tú no.

Sentado tras de ti, imaginé al tipo de mujer que más me gusta. Tú, así nada más.

Que no escriba el confesante lo que no pueda sostener el caballero; la debilidad del alma surte efecto cuando la razón absurda cede espacio en quién, preciándose de ser inteligente, se enamora como un idiota de lo que, por superior, no acepta estragos justificados ni excusas por argumento.

Castigo sin remedio para el que pretende tener control, asido al iluso y fantasioso juicio.

El salón repleto de suave olor a transpiración femenina, entré para esperar la hora de terminar la deliciosa presencia de danzarinas que compasadamente movían el cuerpo sudoroso, agotado, en la última prueba bajo la batuta de la atronadora música moderna. Llegó ella, recia, musculosa la figura; pequeña y delicada la presencia. Era lo mejor que había visto: ligera, hermosa estampa de bailarina poco disfrazada bajo un leotardo negro, revelador el corte de las piernas, duras, fuertes; excitante el ancho del escote. Cercano el cuerpo húmedo, sentí la oportunidad a flor de piel de juzgar la ligereza de su atavío; era la sexta ocasión que le pedía autorización para acompañarla a la clase de baile.

-Pero llega hasta el final – dijo-

-Claro que si, al final entonces.

-Está buenísima- decía mi amigo.

Vulgaridad de juventud masculina, la observación que hice no podía sino darle la razón al comentario; con la aprobación de los ojos, más que del corazón, decía otro. Aún más razón.

Salimos del salón al frío de la tarde, abrigada ya con la limpieza, afeites y aroma de la coquetería recién aseada. ¿Al cine? Al cine.

Sexo, pudor y lágrimas, combinación pocas veces experimentada por mi, fue la cinta, cuya trama fue totalmente apreciada por ambos, ninguna oportunidad de exudar galantería ni de nada más.

-Ve la película- dijo

-La estoy viendo- repliqué retirando las manos de encima de ella.

Una piña, caída de un árbol, fue la causa del encuentro, cayó cerca de mí, la lancé, sin cuidado de la consecuencia. El ojo de ella brotó hacia fuera con el lagrimal lastimado. No cabía en mí de vergüenza, desecho en excusas, perdones, disculpas.

-¿La llevas a la cama?

-Me canso-

-Te estás tardando-

-Ya caerá-

Orgullosos de la maledicencia de adolescente, las apuestas para ganarse beso, caricia o pasión de tal o cual chica eran cotidiana práctica entre amigos. Inocente de inicio, ofensivo al final. Impúdico.

Provocador, con la confianza ya disuelta, el respeto apenas medido, inicié, arrogante, el trámite de culminar con estrella mi compromiso de macho. Nada que en otras ocasiones no hubiéramos presumido entre compañeros, con la mentira y la exageración casi siempre coronando el relato iniciado con la carcajada alcohólica envuelta en humo del cigarro que se burlaba del atronador carraspeo de inexpertos pretenciosos.

El gato ofrecido con la apetitosa salsa del conejo era arte de no pocos para consumar, orgullo de hombrecito impotente aún, el delicioso bocado que representaba desnudar a una chica; formas suaves, delicada y tibia piel sin adjetivos posibles era el premio a la constancia y tesón en el también excitante forcejeo verbal, físico, mental.

Tres meses y dos semanas, récord nada recomendable para presumir. Perdí, pero gané, lo hice. ¿Lo hice? Yo sentí que si, ella sintió que debía decir que si.

Asombrada por la burda manera de romper una inocente ilusión, me juró, con la madurez que da el maltrato de la vida y las circunstancias adversas, que no pasaría mucho sin que me ocurriera lo mismo. Risa, carcajada del imbécil que se siente hombre siendo niño, niño estúpido, niño caprichoso favorecido por la suerte de tener, decían algunas, bonitos ojos.

Se fue, mejor, para qué tenerla si sólo eran reclamos.

La petulancia ciega, la arrogancia embrutece. El sexo, parte de las anécdotas de los que, histriónicos, se dicen duchos en lo mejor de la vida, se volvió parte infaltable en cada salida, cada cita.

Salimos del cine, graciosa la película, no así la sensación de derrota.

-¡No se dejó!- Bramé al único que se burlaba de mi con mi anuencia.

-Pero ya caerá-

Un año con dos meses, cada día peor. No había razón para comentar nada en el “séquito” de conocedores de la vida, amplia experiencia en el arte de conquistar mujeres.

Los amigos no teníamos derecho de burla sobre los demás, a menos que existiera consentimiento expreso del involucrado en la tarea de encamar a la chica en turno. So pena de castigo, la burla pasaba a segundo término cuando el enamoramiento hacía presa de él. Luego, sólo después, entonces si, la burla: te encariñaste, ya ni quieres que la miremos. Perdiste.

Nunca permití eso. Faltaba más.

Llevábamos al sitio de reunión, en las piedras del terreno baldío, en los jales, en la cancha, historias a veces inverosímiles de aventuras amorosas, jubilosas confesiones sobre nuevas técnicas para hacer caer a la más pintada, a la más recia. El alcohol y el cigarro de testigos. Ilusos.

El salón de baile, en el CEUNI, ofrecía cálida recepción, visual y corporal, a quién ahí se presentaba, casi todos los hombres jóvenes, con intenciones claras de calar la “mercancía”.

-Vamos a comer-

-Vamos-

Paseos por el parque, salidas al cine, idas a cenar, a bailar; la disco, el restaurante, la cafetería, siempre la intención de lanzar el dardo, la posta, que derrumbara la barda, el muro creado por la moral, por los valores. Vacíos nosotros de ellos.

Lleno de detalles donde se me tenía por especial, por impresor de una huella en la vida de alguien que era víctima ignorante de la mirada lasciva, algunas veces compartía absurdas reflexiones con amigos: como pueden ser tan cursis, y no gozar del momento. Porque ellas también lo disfrutan, son mártires quienes, agobiadas por la culpa y la moralina, se presumen usadas, vejadas, ofendidas. Igual lo gozan, y más, ¿no?

Antes que todo, la formalidad, el contrato verbal que une a dos personas bajo el título de novios. Trámite ridículo, si fríamente se piensa, pues a final de cuentas es el hecho, los hechos los que definen y hablan por la relación.

Salimos del salón de baile, tomadas las manos, abrigado su cuerpo por mi brazo. Ya no comida, ya no cine, el hotel esperaba ansioso la victoria de mi esfuerzo. Claro que si, ¿porque no? Ningún cargo de conciencia puede caber en el consentimiento de ambos, aun en la inocencia de una y la perversidad de otro.

El resto sobra cuando la imaginación ilustra mejor que las palabras. Se me paralizó el corazón, helado el aire que entró por mi espalda al leer el resultado: “Positivo”

Ni hablar, había errado ante quién me dio todo, se entregó si razón ni reserva a quién hizo y gozó con frialdad, con la frialdad del satisfecho por esa ocasión. Llanto, miedo. Promesa de que nada faltaría, me hizo notar que si, que faltaría algo: yo.

La razón de la madurez no era mía, me la dieron todos quienes me rodeaban. Es tu hijo, le respondes, dijo su padre. Se hombre, si no, te haré yo a golpes, dijo mi madre.

Adelante.

Me levanté del piso, la regadera aún llenándome de agua. Sensación de algo que corta por el abdomen y llega al corazón, órgano que, decía yo, sólo sirve para bombear sangre al cuerpo.

Depresión, me dijo la psicóloga, no grave, pero si importante. Me ayudó, ni duda cabe, a disminuirla.

Informarle a quién causaba, aun inconscientemente, fue el primer paso para disolver el mal. No del todo, nunca del todo.

Sentado tras de ti, imaginé al tipo de mujer que más me gusta.

La risa, la carcajada del imbécil que se siente hombre siendo niño, niño estúpido, niño caprichoso favorecido por la suerte de tener, decían algunas, bonitos ojos, se fue. Y ya con la madurez que da el maltrato de la vida y las circunstancias adversas, comprobé que no pasó mucho sin que me ocurriera lo mismo, me ocurrió. Perdí.

La frialdad, la prestancia, el aplomo y la suavidad con que me cobró se compensan con la forma tan hermosa que adquirió esa justicia que veo ya, sin cortapisas. La forma de tu vida.

La forma de quien tiene, como tú, piel de noche y alma de día. Alma de Cristal

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