Columna: Espiritualidad de la Cuarta República

. Cuando dije: «la Verdadera Democracia, la Verdadera Libertad, la Verdadera Victoria», Elena acercó la boquita de su criatura a su seno izquierdo y ella y Alfonso y yo pudimos oír claramente los enormes tragos de Andrés Manuelito y su respiración agitada y gozosa… Sonreímos al unísono y algo adentro nuestro sonreía y nos alimentaba también con leche de reverencia, de agradecimiento y de vida…

Por diácono Álvaro Sierra Máyer / Desde Abajo

HISTORIAS DEL PLANTÓN (3): Fuentes de Vida y de Esperanza

Cuando el 30 de julio de 2006 Andrés Manuel López Obrador invitó a la Asamblea permanente en el zócalo hizo muy específicamente un llamado a «los médicos y enfermeras» para que se quedaran y ayudaran al pueblo en Resistencia… Yo soy médico homeópata, así que este llamado concreto me dejó sin ninguna duda acerca de lo que yo tenía que hacer… En la primera reunión del campamento de Hidalgo, a la mañana siguiente, me puse a la disposición de todos para consulta y tratamiento homeopático…

Ese mismo día, por la tarde, Elena y Alfonso se me acercaron con una criatura en brazos y me pidieron ayuda para ella y para el bebé que no paraba de llorar… «En la madrugada del mero 2 de julio nació nuestro hijo –me dijo Alfonso, palabras más, palabras menos-. Pensamos que eso era un buen signo y estábamos seguros que ese día por la noche tendríamos doble alegría, con la victoria de López Obrador… El niño nació muy sano, de parto natural, y mi esposa estaba muy bien también y rebosante de leche, la cual el niño empezó a beber ávidamente en cuanto lo permitieron en el hospital. Cuando el niño se dormía a mi mujer prácticamente se le derramaba la leche, y los dos nos reíamos mucho de cómo manchaba la bata del hospital… Pero, por la noche –dijo, apretando los dientes-, seguramente con la angustia y el coraje del fraude que comenzó a hacerse manifiesto, a Elena le empezó a faltar la leche. ¡Como si se hubiese de pronto secado! Y el niño empezó a tener hambre y a llorar y no aceptaba ninguna mamila del sanatorio donde estábamos»…

Cuando Alfonso dijo: «seguramente con la angustia y el coraje del fraude que empezó a hacerse manifiesto», Elena mostró abiertamente que sus ojos no tenían ninguna sequedad. Gruesas lágrimas resbalaban por sus mejillas enrojecidas, tal vez por el frío de esa tarde nublada, o tal vez por el calor que le venía de dentro, mientras esquivaba, tímida, mi mirada… Cuando eso dijo Alfonso, el niño pareció querer subrayar el problema subiendo de volumen su enojo, su llanto y su necesidad…

«Permítanme un momento» –les dije. Y me agaché a buscar en mi mochila un frasquito de Pulsatilla Nigricans 30ª.C. Cuando lo encontré se lo mostré a Elena y le expliqué que mientras seguíamos platicando me permitiera darle 7 globulitos que le empezarían a ayudar a ella, y que luego le daríamos algo al bebé. Asintió con la cabeza baja, mientras trataba de calmar al niño meciéndolo, y deposité los glóbulos debajo de su lengua… «Ábranse, fuentes de la abundancia y de la alegría; mana, leche de la vida; den a esta familia la paz» –dije silenciosamente en mi interior, siguiendo los más estrictos cánones de la medicina homeopática…

Y luego le pregunté a ella, tratando de encontrar sus ojos y su alma: «Elena, ¿usted cree, como su marido, que su falta de leche empezó con la angustia y el coraje que sintieron esa noche?»… «Más que coraje –me dijo-, sentí mucho dolor –y el rubor creció en sus mejillas y el grueso de sus lágrimas también… Conforme avanzaba la noche y la maquinación de los poderosos, sentí clarito cómo se me secaba la boca y cómo me secaba toda por dentro… Y así los siguientes días, especialmente ese miércoles fatal de cinismo e hipocresía, y todos los días hasta hoy… Mi pequeño hijo casi no ha parado de llorar y no acepta otra leche y ha ido enflaqueciendo mucho… Cuando siento y escucho la desesperación de mi chiquito, ¡cómo deseo que mis ojos derramaran leche en lugar de este llanto salado que es lo único que no deja de brotarme desde ese día»…

«Elena –le dije, tomando con mi mano izquierda su hombro derecho y con mi mano derecha el hombro izquierdo de su marido, y tratando de tomar mi alma con mi propia alma-, la Democracia y la Libertad y la Victoria son como ese bebecito que tiene en sus brazos… Son algo que nace frágil, pero cuyo destino es la fuerza y la vida plena… Mire el futuro de su hijo, Elena, para que no desespere de su frágil presente. Mírelo de pie, fuerte, lleno de la vida que usted y su esposo le han compartido en los próximos años… Mire ya su Victoria presente en ese grito que le abre los pulmones y lo oxigena al máximo. Mire ya su hambre saciada en esa rabia que despierta y pone a trabajar a lo óptimo un montón de sus células nerviosas… Mire también ya Victoria en ese dolor suyo por México y en el dolor y el grito de todos los que estamos en estos campamentos… Mire que este Plantón se ha convertido en el necesario pulmón que ha de oxigenar a México… Mire en la rabia que nos pone en Resistencia cómo se levanta el sistema nervioso del pueblo mexicano y cómo se abren y crecen las vías de su conciencia más profunda… ¡Y alégrese por ello, Elena! ¡No mire sólo la noche! ¡Contemple el Sol que está amaneciendo desde el desafuero! ¡Mire el futuro de Obrador y de México y de esta Resistencia! ¡Mire lo que usted está fecundando y dando a luz y alimentando con la leche de sus ojos al estar aquí, enferma, con su hijo enfermo, con todo México enfermo, en esta Resistencia!… ¡No deje de llorar por México pues sus ojos son fuentes de vida y sus lágrimas son leche fecunda! ¡Simplemente deje que también lloren su alma y su esperanza a través de sus pechos y pueda también alimentar a su pequeño hijo!… ¡Dolor, sí, Elena! ¡Pero también decisión y fortaleza! ¡Llanto, sí, Elena! ¡Pero también la leche y la miel de su corazón de madre de un pequeño mexicano que podrá ver y disfrutar muy pronto en México la Verdadera Democracia, la Verdadera Libertad, la Verdadera Victoria!»…

Mientras hablaba me fui dando cuenta cómo iba disminuyendo el caudal de sus ojos y cómo iban creciendo dos manchas detrás de su suéter –la homeopaticidad en su proceso inverso y curativo, pensaba para mis adentros, mientras fluía también la leche de mis palabras y de mi amor por ese niño y por sus padres… Cuando dije: «la Verdadera Democracia, la Verdadera Libertad, la Verdadera Victoria», Elena acercó la boquita de su criatura a su seno izquierdo y ella y Alfonso y yo pudimos oír claramente los enormes tragos de Andrés Manuelito y su respiración agitada y gozosa… Sonreímos al unísono y algo adentro nuestro sonreía y nos alimentaba también con leche de reverencia, de agradecimiento y de vida…

(Dirán muchos que alucinaba entonces o que hoy alucino… Dirán algunos alópatas que invento cosas, que la homeopatía es un fraude y que los chochitos no sirven para nada… Dirán algunos homeópatas que, ¡claro! ¡la Pulsatilla hace milagros como ese, sin necesidad de palabras o de adornos!… Dirán algunos psicólogos que, ¡claro! ¡la palabra justa cura y hace milagros como ese, sin necesidad de medicinas!… Dirán algunos que… bueno… todos querrán decir algo para negar o disminuir la magia de aquellos días y de aquellos campamentos… Pocos, muy pocos, simplemente guardarán silencio y se dejarán alimentar desde su dentro de leche de reverencia, de agradecimiento y de vida… Yo diré que todos tienen razón de algún modo: Sí alucino. Desde hace rato alucino un mundo nuevo… Sí invento cosas. Cada día intento inventarme a mí mismo y crear esperanza y nuevos caminos. Sí es la homeopatía un fraude cuando sólo se reduce a chochitos. Es verdad que los chochitos no sirven para nada si no se hacen acompañar de otras fuerzas homeopáticas… Y sí. La Pulsatilla hace milagros, pero también necesita de palabras y, sobre todo, del arte que nace muy adentro… Y sí. Por supuesto. La palabra justa cura y hace milagros, si aprende a no despreciar el milagro del átomo y de sus energías ocultas… Sí. Sobre todo sí, al silencio reverente, vivificante y agradecido…)

«Eso que le está dando a su hijo, Elena –le dije abarcando con mis dos manos sus mejillas-, es la medicina homeopática que necesita su hijo… Eso que él está tomando de usted y su dolor transformado en esperanza son la única medicina homeopática que en adelante usted necesita para sanar su sequedad interna… Ya no se preocupen –dije poniendo el corazón de mis manos en la nuca de él y mirando hacia arriba-. La leche-llanto de lo alto que está empezando a caer nuevamente sobre nuestros campamentos es la única medicina homeopática que ustedes y yo y todos aquí necesitamos»…

Guardé silencio, mientras la leche-llanto del cielo caía vigorosa y vigorizante sobre nuestros campamentos… Me sentí reverente, agradecido y vivo, mientras la leche-llanto del cielo materno fluía vigorosa y vigorizante en Andrés Manuelito… Y, justo a las 7 en punto de ese primer lunes, el cielo y la tierra en ese zócalo abrieron sus nubes y secaron su llanto y Andrés Manuel, Presidente de México, llovió a raudales la leche de esa palabra diferente suya que a todos nos lavaba las heridas y nos curaba el alma…

Álvaro, ciudadano de la IV República

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