Opinión: Universidad: Otra pequeña violación más

. No hubo de otra, había que estar el sábado en el macros. Llegar, pasar lista e irse lo más rápido posible, procurando que la rabia en el rostro no se notara, no fuera a ser que se desatara la furia de los golpeadores estudiantiles, que no alcanzan a hacer sinapsis antes de haber lanzado el primer golpe.

Por Tania Meza Escorza / Desde Abajo

Desde el jueves pasado la humillante circular recorrió las aulas de la mal llamada “máxima casa de estudios”. La orden era contundente: había que estar el sábado a las 9:30 en el salón macros de Pachuca, para agradecer al ex rector “todo lo bueno que ha hecho por la universidad”.

La rabia, la frustración, la impotencia de no poder negarse ante la humillación, ante la bofetada a la dignidad que, otra vez, las iletradas y analfabetas autoridades universitarias proferían contra las catedráticas y los catedráticos.

Por la mente de cada docente pasaban las cuentas por pagar, las criaturas que mantener y la imagen del desempleo brutal que inunda el país. No, no podían negarse, sobre todo después de los despidos de catedráticos e investigadores que a principios de 2006 se negaron a ir acarreados a un mitin.

No hubo de otra, había que estar el sábado en el macros. Llegar, pasar lista e irse lo más rápido posible, procurando que la rabia en el rostro no se notara, no fuera a ser que se desatara la furia de los golpeadores estudiantiles, que no alcanzan a hacer sinapsis antes de haber lanzado el primer golpe.

A las once de la mañana por fin llegó el ex-porro, acompañado de su siempre apocado y pequeñito dentista servidor. Adentro, los otros ex golpeadores que hoy ocupan los cargos directivos en esa institución controlaban a cada docente con la mirada, para que nada se saliera de control.

El discurso del dueño de la universidad se basó en descalificaciones a Mayorga, a Osorio y a Vázquez Mota, dejando unos segundos de espacio después de pronunciar cada uno de esos nombres, en espera de que su público “voluntario” abucheara o mentara madres, pero lo único que se escuchaba era el silencio, interrumpido por uno que otro aplauso o risita fingida de sus cada vez menos incondicionales. Como un cómico venido a menos cuando cuenta un mal chiste y en el vacío sólo se oye la tos de un espectador despistado.

Las mentadas esperadas por el orador anacrónico ocurrieron sólo en la mente de cada catedrático, de cada catedrática, de cada trabajador administrativo y manual, que estaba ahí en contra de su voluntad, y que se conflictuaba pensando cómo es que se permitía estar en ese lugar, si se supone que hay instancias que sancionan estas prácticas, si esta clase de humillaciones totalitarias quedaron en el pasado, si hoy vivimos, dicen las autoridades, en un país democrático.

Por fin se acaba. Los académicos e investigadores con reconocimientos nacionales e internacionales se sienten sucios, vejados, pisoteados y escupidos. Han violentado su dignidad y nada pudieron hacer. Nada por esta vez y hasta la próxima. Pero un día… un día, dice para sí cada universitario y cada universitaria, obligados a prostituir su libre albedrío.

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