La hora Jazz: Ardiente despedida

. Tenía que ser en una tarde, días antes de que comenzara la primavera. Tendría que ser el invierno el encargado de llevarlo de la mano junto al mar, y así, recibir un nuevo sol en una nota que lo pudiera inspirar. Tenía que deshacerse de él, lo quería mucho, habían pasado muchos conciertos juntos, y precisamente, como los grandes músicos, tenía que morir antes de alcanzar la gloria.

Por Jesús Ángeles / Desde Abajo

Ya lo tenía pensado, no había mejor manera para despedirse que en la orilla del mar. Los dos ya un poco viejos, habían recorrido la música y la improvisación de la vida, no tenían porque estar más tiempo juntos, así que, aquel hombre de más de sesenta años de vida, decidió matarlo para darle el mejor funeral.

Tenía que ser en una tarde, días antes de que comenzara la primavera. Tendría que ser el invierno el encargado de llevarlo de la mano junto al mar, y así, recibir un nuevo sol en una nota que lo pudiera inspirar. Tenía que deshacerse de él, lo quería mucho, habían pasado muchos conciertos juntos, y precisamente, como los grandes músicos, tenía que morir antes de alcanzar la gloria.

El ritual era el siguiente, justamente cuando el sol comenzara a pintar de amarillo al horizonte, le prendería fuego en la orilla de playa de Ishikawa, y dejaría que se consumara, escuchándose solo los gritos de su canto.

No sería fácil llevarlo hasta la playa, cargar más de doscientos kilogramos, arrastrarlo por la arena sin que ninguna de sus patas sufriera una ruptura, tener cuidado de que la marea no subiera demasiado para no interrumpir el concierto, el asesinato, y todo saliera tal y como lo había planeado.

Por fin, con la ayuda de una grúa y varios hombres, el evento se llevaría acabo. La gente estaba extrañada, no es común ver un concierto de piano a la mitad de la playa completamente en vivo, pero ahí estaba, a la mitad de la tarde comenzando el concierto de jazz, donde las notas salían con lo salado del mar. Poco a poco se fueron acercando los curiosos para escuchar la música, que de pronto se escuchaba triste, y en otras, se dejaba sorprender por lo magnifico de las improvisaciones.

El público aplaudía, pero no sabían que estaban presenciando algo más que un concierto, no sabían que se encontraban en un funeral. Las melodías transcurrían y, a la mitad del concierto, el intérprete deja el banquillo, toma un traje plateado y se viste con él para seguir tocando. Es entonces, cuando el músico toma un aspecto de astronauta o bombero intergaláctico y, comienza a sorprender.

Después de haberse puesto el traje, toma un bote que contenía gasolina y lo deja caer sobre su inseparable e inmortal amigo, y antes de tomar el banquillo, prende un cerillo para que las llamas se dejaran ver. Así, con el fuego entre los huesos, tomó nuevamente el banquillo y siguió con el concierto. La gente no lo creía, el músico tocaba con un piano en llamas, ¡que clase de música es esa! se escuchaba, pero el músico y su amigo, seguían haciendo sonidos en la arena. Y los murmullos cada vez eran más frecuentes, y le daban fondo a la música: ese tipo esta loco, si no lo quiere que me lo regale, que alguien pare esto, ¿será una nueva disciplina en el arte?

Con el piano encendido las notas iban quedando en cenizas, los acordes de aquel viejo piano ahora serían alimento para peces, arena de la playa o un recuerdo loco de un músico demente. Y mientras se extinguía, el piano comprendía su destino, y poco a poco se despedían. El intérprete, como si el piano estuviese intacto, siguió tocando hasta que las llamas quedaron en sus manos, y justamente ahí, cuando el fuego pudo más que la música, se levanto y finalizó la despedida de un viejo amigo.

A la memoria del piano de Yosuke Yamashita

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