Domingo para una esperanza

. Crónica

Cada domingo, toma un poco de dinero del sobre destinado a los gastos de la despensa para ir al mercado 1 de mayo a comprar frutas, verduras y algún otro producto que ayude en la manutención de su pequeña casa de interés social, que logró gracias a esas prestaciones que le dio su labor en aquella empresa de pinturas de la cual la corrieron, justo cuando descubrieron que estaba embarazada de su segundo hijo.

Todo transcurría normal este domingo 20. Pero saliendo del mercado, la sorprendió el ruido de las bocinas que un grupo de manifestantes en la plaza de la Constitución

Por Luis Alberto Rodríguez / Desde Abajo

Pachuca.- Estela es una profesora de medio tiempo de una preparatoria particular. Desde que ganó su juicio de divorcio hace 4 años, mantiene, educa y protege a sus dos hijos con un salario menor a los 4 mil pesos mensuales. Cada domingo, toma un poco de dinero del sobre destinado a los gastos de la despensa para ir al mercado 1 de mayo a comprar frutas, verduras y algún otro producto que ayude en la manutención de su pequeña casa de interés social, que logró gracias a esas prestaciones que le dio su labor en aquella empresa de pinturas de la cual la corrieron, justo cuando descubrieron que estaba embarazada de su segundo hijo.

Todo transcurría normal este domingo 20. Pero saliendo del mercado, la sorprendió el ruido de las bocinas que un grupo de manifestantes hacia en la plaza de la Constitución, ubicada justo frente al pequeño puesto de verduras del cual se surte. A ese ruido de esas bocinas le siguió la invitación que un hombre hacía a los marchantes y locatarios para que se acercaran a lo que allí era un mitin en defensa del petróleo.

Reservada como es –quizá por la violencia a la que ha sido expuesta o su timidez innata-, tuvo que atravesar la calle, entre los automóviles que circulan sin precaución hasta la plaza, para poder acercarse a la parada de microbuses que la llevaría hasta su colonia. Pero justo en el trayecto, su hijo pequeño, de ahora cuatro años, la detuvo para mirar unos dibujos plasmados en vinilona que colgaban de una carpa, adentro de la cual, se transmitía un video del mensaje que pronunció Andrés Manuel López Obrador el pasado domingo 13 para defender la soberanía nacional.

En tanto apuraba a su hijo con gritos que se perdían entre las voces a su alrededor y el calor que hacia estragos en su frente y manos, una mujer brigadista se le acercó pausadamente para proporcionarle un volante con información que enseguida notó. Entre la confusión, de pronto se descubrió cubierta por la lona de la carpa y se detuvo a leer un momento:

“Dicha situación (la privatización de Pemex) pone en riesgo el presente y el futuro de nuestros hijos y de nuestra Patria. De privatizarse la industria petrolera dejaríamos de contar con el 50 por ciento del presupuesto nacional que aporta Pemex y subiría el costo del gas, de la gasolina y demás derivados del petróleo, con la consiguiente escalada de aumento de precios”,

Quizá fue la molestia que unos minutos atrás le había causado el que no pudiera comprar sus habituales 10 pesos de chocolates a granel para sus hijos (“o chocolates o acompleto para el cilantro”, fue la condicionante que le suspendió tal gusto) o los recientes años de privaciones fruto de su divorcio y segundo embarazo, pero el mensaje allí leído, logró que decidiera quedarse a escuchar. Total, sus hijos ya estaban entretenidos con la fiesta multicolor de la Convención Nacional Democrática que se transmitía en video, bajo la carpa que ya le estaba protegiendo del sol.

Se acomodó en una caja de cartón que contenía basura de papeles y dividió su atención entre vigilar a sus hijos y atender los mensajes que ahí se daban, En tanto, otras gentes le regalaban más volantes y más información y más indignación.

Miró la hora. Ya era tiempo de irse. Llamó a sus hijos, quienes a pesar de levantarse enseguida, caminaron despacio mirando las caricaturas agigantadas de las otras carpas entre las que se visualizaba a un diminuto Felipe Calderón con atuendo militar, saludando con la palma en la frente las órdenes que le dicta la bandera de los Estados Unidos. Estela sonrió de pronto. Paso por las mesas de inscripción a las Brigadas Hidalguenses en Defensa del Petróleo y de credencialización al Gobierno Legitimo de México, e hizo lo propio, recordando que, a final de cuentas, “el peje siempre me ha caído bien. Ha sido el único, así, gente importante que una vez se detuvo para saludarme”.

Aún no terminaba el evento, pero ella tomó rumbo hacia el microbús. Subió por delante a sus hijos y luego ella, que, en carrera los alcanzo hasta los asientos finales. El transporte arrancó y Estela, con un semblante más aliviado, iba señalando hacia las carpas mientras le platicaba a sus predilectos palabras que a la distancia sólo se presentían esperanzadoras.

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