Opinión: Pablo Vargas, el triunfo de la razón

. La autocrítica duele, no es fácil de realizar. Muchas personas apenas empiezan el proceso y ya quieren detenerlo, pero es necesario hacer un balance de actitudes para seguir hacia adelante y no sólo para continuar cayendo en la autocomplacencia, que en el caso de la UAEH se resume en la pregunta “espejito, espejito: ¿quién es la universidad más abierta, tolerante y progresista del mundo?”

Por Tania Meza Escorza / Desde Abajo

El pasado 15 de abril, la justicia federal tuvo la sensatez que las autoridades estatales fueron incapaces de mostrar durante más de dos años: El Vigésimo Noveno Tribunal Colegiado de Circuito, dictaminó que el doctor Pablo Vargas González debía ser restituido en su cargo de profesor investigador en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH)

Pablo Vargas es el único hidalguense que tiene registro en el Nivel II del Sistema Nacional de Investigadores, dos doctorados y dos posdoctorados en ciencia política, con 25 años de trayectoria en la investigación, casi todos ellos al servicio de la UAEH. Una persona así merecería reconocimiento por su labor, sin embargo, el resentimiento y envidia de algunos funcionarios universitarios le llevaron a ser despedido, bajo el contundente argumento de “comunista” (el epíteto zahiriente, diría el maestro Carlos Marx)

Luego de varios meses de difamaciones, alteración de pruebas, amenazas y hasta agresiones físicas contra el doctor Vargas y académicos que le acompañamos en esta lucha, la Junta Local de Conciliación y Arbitraje (JLCA) llamó a la integración de la Junta Especial de Conciliación y Arbitraje, para que resolviera legalmente el caso concreto de Pablo Vargas.

El problema fue que esta junta especial, por normatividad, se integró por un representante de la JLCA, por uno de la UAEH y por otro más del sindicato de personal académico de la universidad (o sea, la misma gata) Así pues, aún cuando las autoridades estatales, a través de la Junta Local, pudieron votar en favor del doctor Vargas, las otras dos partes “mayoritearon” y el académico perdió en la instancia local.

Entonces, Pablo Vargas apeló federalmente y se le dio la razón, pero la UAEH apeló este resultado, por lo que hubo que ir a una segunda y última instancia, también federal, quien finalmente determinó la victoria del doctor, que hoy es celebrada por la sociedad civil hidalguense.

A lo largo de estos dos años, tanto las protestas por el hecho como las irregularidades en el caso fueron creciendo. Si bien lo menos que el doctor Vargas merece es su reinstalación, o bien una liquidación conforme a lo que la ley señala por todos sus años de servicio, la principal beneficiada con la victoria de Pablo Vargas, es la propia universidad.

Resulta perfectamente comprensible que los altos mandos universitarios que han llegado hasta ahí gracias a su servilismo con Sosa, y que carecen de otra clase de méritos, no desean cambios en un sistema universitario que ¡hasta a ellos! les permitió subir. Pero ellos no son los dueños de la UAEH, ni son la universidad misma.

La opción de cambio en beneficio de la UAEH parece estar en los cuadros de investigación, en donde hay gente con muchos estudios y con deseos de contribuir al conocimiento, aún con las condiciones adversas en que el totalitarismo porril les obliga a trabajar.

Otra alternativa pudiera ser el alumnado, pero muchos de ellos ven la situación dictatorial de la universidad como un mero trámite para seguir con sus vidas, y prefieren pasar el trago amargo sin arriesgarse.

La autocrítica duele, no es fácil de realizar. Muchas personas apenas empiezan el proceso y ya quieren detenerlo, pero es necesario hacer un balance de actitudes para seguir hacia adelante y no sólo para continuar cayendo en la autocomplacencia, que en el caso de la UAEH se resume en la pregunta “espejito, espejito: ¿quién es la universidad más abierta, tolerante y progresista del mundo?”

La siempre querida Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo no merece que un grupo de gente iletrada, que ostenta el poder debido a la ley del garrote, siga expulsando a sus mejores cuadros, sólo por mantener una actitud crítica ante las anacrónicas formas de operación en la UAEH.

La victoria de Pablo Vargas es un duro golpe contra el grupillo de ignorantes que mantienen secuestrada a nuestra máxima casa de estudios, pero es un importante avance de la UAEH hacia su democratización.

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