La hora jazz: El vino de Batiz

. Javier Batiz sonaba duro, con un rock bien instrumentado, el no era una cara bonita que se podía vender, era un ritmin and blues sólido y lleno de soul, pocas empresas musicales se atrevían a invertir en este genero musical. Al “brujo”, como lo han nombrado, lo había absorbido “la buena onda” de aquella época. Este abuelo del rock, puede presumir de muchas cosas, sabe de sobra que el conoció antes que nadie a Santana, que según los críticos, es uno de los mejor guitarristas del mundo. Ha compartido amistad con grandes personalidades de la música como Frank Zappa pero, esa noche cuando lo conocí algo pasó, sinceramente esperaba algo mejor.

Por Jesús Ángeles / Desde Abajo

No sabía que a la gente le gustaba tanto Batiz, “el padre del rock en México. Tienen razón en decirle pionero, enaltecerlo como un hombre que se atrevió a tocar un rock verdadero en los años sesenta en este país, cuando lo más sonado en sus tiempos dentro de la televisión era Cesar Costa y Enrique Guzmán.

Javier Batiz sonaba duro, con un rock bien instrumentado, el no era una cara bonita que se podía vender, era un ritmin and blues sólido y lleno de soul, pocas empresas musicales se atrevían a invertir en este genero musical. Al “brujo”, como lo han nombrado, lo había absorbido “la buena onda” de aquella época. Este abuelo del rock, puede presumir de muchas cosas, sabe de sobra que el conoció antes que nadie a Santana, que según los críticos, es uno de los mejor guitarristas del mundo. Ha compartido amistad con grandes personalidades de la música como Frank Zappa pero, esa noche cuando lo conocí algo pasó, sinceramente esperaba algo mejor.

Llegué al concierto como eso de las once de la noche del 25 de julio al el prestigiado restaurante, Che Taco para dejar dudas. El lugar presumía de una gran entrada, no solo las mesas estaban llenas, también había gente parada en el fondo mezclada con reporteros y fotógrafos que cubrían el evento. Los músicos de Batiz salieron primero al escenario y comenzaron a probar que el audio estuviera en orden. Comenzaron a tocar, pero Batiz no aparecía. De pronto una guitarra se dejo escuchar, tenía que ser la guitarra del brujo, pero realmente nadie lo veía. Segundos después, Javier aparecía a espaladas de todos, sorprendía su entrada desde el fondo del lugar con su guitarra que la movía de un lado a otro para abrirse camino, poco a poco llegó al escenario recorriendo todas las mesas del lugar, y como requinto de un trío de boleros, se acercaba a cada uno de los invitados.

El atuendo que portaba el tijuanense esa noche era elegante, pero sin perder el estilo que tenía en los sesenta: esa cabellera china y esponjada que siempre lo ha caracterizado, acompañada de arrugas y una sonrisa rodeada de bigote y barba. Su entrada había sido triunfal, no cabía duda, era el padre, el abuelo del rock.

Me hubiera gustado verlo en otro lugar, en alguna bodega o explana sin sillas, ni mesas; con la gente de pie a punto de estallar con un buen rock and roll. Pero para ser más sinceros, me hubiera encantado escucharlo en 1969, cuando el también era un chavo y, no mirarlo como un maestro, como una leyenda, simplemente disfrutarlo como un músico y brincar con su música. Había que aceptar algo, Batíz se escuchaba mejor en los sesenta, porque era solo un músico, no una leyenda quizás le invadió la maldición de un dicho popular: No son lo mismo los tres mosqueteros, que diez años después.

Aun así sabía que pocas veces en mi ciudad, y como persona, tenía la oportunidad de tener frente a mi a una personalidad musical para escucharla. Decidí prestarle atención, mirar sus dedos, su técnica blusera y, sinceramente no me sorprendía, la mayoría de los temas que tocó eran solo escalas de blues que un buen maestro en una buena escuela de artes podía enseñar.

¿Por qué lo amaban? ¿Qué era lo genial que le encontraban a Batiz esa noche? ¿Por qué es un personaje para llenar un restaurante? Popular realmente no es, y creo que son de las cosas que me gustan de Batiz, que no es un músico presumido, que lo único que quería era fama, o al menos no lo era. Batiz es un músico que sobrevivió a las drogas de su tiempo, que sobrevivió a los escenarios, a pesar de que en la actualidad hay que hablarle duro al oído porque sino no escucha, y ponerle una iluminación moderada, ya que sus ojos también fueron lastimados por la escena.

Me alegra que Batiz no hubiera muerto en los setenta, que no se halla hecho famoso, que ya no toque con Santana, porque eso le ha permitido conservar, no precisamente esa técnica que con los años se vuelve un poco obsoleta; que más bien le ha dado permiso la vida de seguir tocando con el sentimiento, con la vibra de contagiar sus notas y de estar con la gente que en verdad quiere escuchar su música, los sonidos no precisamente excelentes, pero si llenos de soul, llenos de rock, una mezcla de música llena de historia y sinceridad.

Quizás por eso triunfó el viejo brujo en Pachuca, por un carisma que nunca ha perdido, por regalar cada una de las notas musicales a su público, por muy sencillas o complicadas que parezcan. Porque su guitarra no suena a Santana, ni a Hendrix, tampoco a maná o a Fobia. Tampoco suena al grupo Náhuatl, que también fue grande en aquellos tiempos y, mucho menos a la guitarra repetitiva de Alex Lora. Batiz sonó bien en Pachuca, porque este rockero no hace viejo con los años, pero tampoco se renueva. Se añeja en una guitarra, en un corazón que se muestra cuando su voz canta. Batiz triunfó en Pachuca, porque como un buen vino, como aquellos que están en la Cava de aquel restaurante, ha sabido conservarse, para que los años lo hagan un artista más preciado y deleitante de escuchar.

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