La hora jazz: Una casualidad para seguir viviendo

. Yo no sé porque querían ocultármelo, de cualquier forma tenía que enterarme, y lo peor es que me enteré de la peor manera, cuando todo esta hundido en un final. Tenía que ser justamente en un velatorio, todos elegantemente vestidos para despedir a una persona que ya no existía, que era mi padre. Mi madre y familiares no permitieron acercarme al féretro, solo pude mirarlo de lejos, pero la verdad es que mi niñez nunca me permitió entender nada, mucho menos la verdad, solo sabía que mi padre estaba muerto, sin saber porque.

Por Jesús Ángeles / Desde Abajo

“Vivo justificándome por cosas que nunca he dicho”
Tom Jobim

Creí que mi padre se había suicidado, tenía tiempo que no lo veía, todos decían que mi padre estaba loco. Las pocas cosas que sabía de él, era que estaba internado en un manicomio. A mis ocho años no sabía que era ese lugar. Sabía que mi padre se llamaba Jorge de Oliveira Jobim y que había desaparecido, lo sabía porque alcanzaba a escuchar detrás de la puerta las pláticas de mi madre, ella me creía dormido.

Yo no sé porque querían ocultármelo, de cualquier forma tenía que enterarme, y lo peor es que me enteré de la peor manera, cuando todo esta hundido en un final. Tenía que ser justamente en un velatorio, todos elegantemente vestidos para despedir a una persona que ya no existía, que era mi padre. Mi madre y familiares no permitieron acercarme al féretro, solo pude mirarlo de lejos, pero la verdad es que mi niñez nunca me permitió entender nada, mucho menos la verdad, solo sabía que mi padre estaba muerto, sin saber porque.

Aquél velatorio tenía un patio, ahí jugaba con los pocos niños que se me acercaban, con los pocos que no me miraban feo. Aquellos juegos me hicieron olvidar que tenía que estar triste, que no podía sonreír, que no podía preguntar, hasta que un niño con su inocencia se acercó a mí para decirme lo que todos decían y me ocultaban: “…y ¿Por qué se suicidó tu papá? Dicen que se mató en el manicomio, ¿como lo hizo?

Cuando aquel niño me dijo esas palabras, inmediatamente se dejaron escuchar muchos reclamos hacía él. Le pedían que se callara, otro le susurró que no me preguntaran eso pero, su pregunta ya había salido al aire, y lo había escuchado perfectamente bien mis oídos como para quedarme inmóvil. ¿Cómo se pudo matar mi padre?, sabía que nadie me lo diría, y como muchos me lo tendría que seguir preguntando.

Después de unos días, recordé que mi padre me decía muy frecuentemente que tendría que ser como él, era un Jobim, y debía seguir su ejemplo. Pero eso quería decir que estaba destinado a crecer, vivir un poco, tener hijos, para después escribir mi final con un suicidio. Me parecía lógico, aunque realmente no lo fuera.

Así viví gran parte de mi infancia planeando como tendría que matarme, disfrutando de las calles de Tijuca, deseando estar algún día en las playas de Copacabana; sabía que sus playas eran tan hermosas como sus mujeres y, tendría que vivir y morir ahí aunque la renta saliera más cara que en Tijuca.

Cuando cumplí quince años tuve la oportunidad de conocer un piano en la escuela donde trabajaba mi madre y, aunque no lo crean, cuando escuché el sonido que producía una sola nota de aquel piano, fue suficiente para enamórame de él, de aprender a escucharlo para poder hablarle.

Al final logré tocar con éxito el piano, dejando atrás los pasos de un padre que no conocí, para seguir las teclas verticales mi instrumento musical y, comenzar a soñar, pensando que jamás se debe dejar de vivir si uno no quiere morir.

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