Opinión: Bajo el signo del dragón

(el mundo está en chino)

. Su fortaleza actual es producto de casi cien años de revoluciones. Desde la caída de Puyi, el último emperador, y la creación de la República Popular China con la entrada del gobierno comunista y su posterior consolidación con Mao Zedong, la población y la forma de gobierno sufrieron grandes cambios que empezaron a rendir frutos.

Por Gustavo Godínez / Desde Abajo

Los Juegos Olímpicos de Beijing 2008 marcan una nueva era no sólo para China, sino también para todo el planeta. En esta ocasión, el evento no se queda únicamente en las canchas o en la gloria de la victoria, esta vez va más allá de lo deportivo.

A través de los juegos, el país del dragón entrega su gran tarjeta de presentación al mundo, aquella que busca gritar a los cuatro vientos su poderío y que pretende mostrar la nueva cara del gigante asiático, un país moderno adaptado a los cambios culturales del último siglo y a la economía mundial capitalista. Quieren dejar bien claro que el imperio chino está de regreso y lo demuestran a cada paso.

Entres las curiosidades que destacan de la organización china de los olímpicos está el gasto para edificar el impresionante Estadio Nacional –obra maestra de la arquitectura mejor conocido como ‘Nido de Pájaro’– en cual se invirtieron 485 millones de dólares, resaltan los 140 mil millones de yuans (20 mdd) que gastaron para intentar descontaminar al aire de la capital, sobresalen los aviones que esparcieron yoduro de plata por el cielo del Beijing para que evitar que lloviera el día de la ceremonia y los más de 30 mil micrófonos que fueron colocados en taxis, hoteles y restaurantes para escuchar las conversaciones y “garantizar la seguridad” durante las competencias.

La ceremonia de inauguración, sin duda la más espectacular a la fecha, fue vista en televisión por 4 mil millones de personas que atestiguaron el impresionante despliegue de coordinación, exactitud, tecnología y trabajo de equipo de los chinos que invirtieron 100 mdd sólo en esta fiesta de apertura.

También nos recordaron que su talento no es nuevo, nos rememoraron su historia milenaria: la Gran Muralla con sus más de 7 mil 300 kilómetros de longitud, su tradición de expertos navegantes –realizaron las primeras excursiones intercontinentales mucho antes que los europeos; las dinastías llegaron a África sin ánimos de conquista, sólo para hacerle saber al mundo de su poder naval que se reflejaba en sus colosales embarcaciones que en promedio eran diez veces más grandes que la Santa María, la más grande del viaje de Colón a América–, sus artes marciales como pináculo del dominio del cuerpo y la mente, la pólvora, la imprenta, el papel, la tinta y su enorme tradición de sabiduría proverbial.

Su fortaleza actual es producto de casi cien años de revoluciones. Desde la caída de Puyi, el último emperador, y la creación de la República Popular China con la entrada del gobierno comunista y su posterior consolidación con Mao Zedong, la población y la forma de gobierno sufrieron grandes cambios que empezaron a rendir frutos.

A diferencia de la costumbre de las dinastías y del primer periodo de la república, a finales de los 70 el gobierno comenzó a abrir las puertas de la nación a las inversiones y a la influencia cultural extranjeras, asimilaron las reglas del capitalismo y se sumergieron en la loca competencia internacional demostrando una increíble capacidad de adaptación. Desde la década de los 80 su economía crece en promedio un 10 por ciento anual.

Con más de mil 300 millones de habitantes, su fuerza de producción no tiene rival, ha hecho del dumping su forma de vida –no pocas veces han sido culpados de sofocar a sus contendientes y de practicar competencia desleal, baja los costos, produce a gran volumen para vender mucho y barato–. Poco menos del 80 por ciento de la población aún trabaja en el campo, pero la clase media crece más rápido que en cualquier parte del mundo, en estos momentos son más de 300 millones.

Las políticas de gobierno han consolidado un modelo de educación de excelencia; para adaptarse a las exigencias de los mercados internacionales, los pequeños comienzan a aprender inglés desde el primer año de enseñanza básica.

Para satisfacer su necesidad de crecimiento urbano, el país consume un tercio del acero y la mitad del hormigón que se producen en el mundo, cada año construyen 14 mil kilómetros de carreteras. Una muestra de su poder financiero está en la sede internacional del HSBC: la estructura es armable, se puede desensamblar por completo pieza por pieza si es necesario y llevarse a otra parte para ensamblarse otra vez.

Hoy, China tiene a la economía del mundo un sus manos, cualquier movimiento se refleja en las bolsas de valores de toda la orbe, como se vivió en los 90 con el ‘Efecto Dragón’ cuando hubo un desequilibrio mundial. Por primera vez desde la caía de la Unión Soviética, EU tiembla nuevamente ante el poderío de otra nación.

Aparte está el conflicto por la liberación del Tíbet, símbolo de la opresión del gobierno comunista.

Irónica es la situación de México, que ya fue desplazado como principal exportador a EU por la nación asiática, y más curioso aún, ahora que hay una nueva potencia, tarde o temprano habrá que adaptarse a ella y no será fácil, pues nunca terminamos de dominar el inglés cuando ya tenemos que aprender mandarín.

No cabe duda, el mundo está en chino.

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