[OPINIÓN] El Closet Extendido

. Si los sitios gay surgieron como respuesta a la necesidad de un refugio, muchas veces clandestino, en donde se podía actuar libremente, sin miedo al rechazo, a la represión, en un ambiente seguro y protegido (por lo menos hasta que no hubiera invasiones), ahora ya no deben ser más que lugares dedicados a un público específico, en este caso el homosexual, así como hay tantos otros dirigidos a grupos de edad, sexo o gustos y preferencias de cualquier tipo, sin que eso implique la imposibilidad de asistir a más espacios diferentes o tener que hacerlo aparentando una incómoda integración.

Por Alejandro Ávila Huerta / Desde Abajo

Tal como se nos presentan las condiciones actuales de diversidad sexual en el país, pareciera que nos quieren hacer pensar que la comunidad LGBT mexicana no tiene motivo de queja, al menos en lo que concierne a las alternativas de diversión y entretenimiento que se le ofrecen, con tantos lugares focalizados de reunión y encuentro para todas las edades, sectores y ocasiones: discos, antros, cafés, bares, restaurantes, tiendas, hoteles, centros culturales… casi casi como si estuviéramos en San Francisco, Toronto o Ámsterdam. ¿Qué más se puede pedir?

Así, el Distrito Federal se convirtió desde hace dos años en una ciudad gay friendly a nivel internacional y pocos dudan en calificar a Puerto Vallarta como una de las nuevas capitales gay del mundo, aun con situaciones como la aplicación de leyes discriminatorias y restrictivas de los derechos humanos en este centro vacacional, que otorgan a la policía local la autoridad para arrestar a las parejas del mismo que sexo que muestren expresiones afectivas, y ni qué decir de los abusos que ocurren en la Ciudad de México.

¿Entonces no será que estas opciones, más allá de su función como espacios para conocer gente similar y pasar un buen rato, sirven más bien como la gran extensión de un closet, impuesto desde fuera, en el que se les ha obligado a vivir encerrados para evitar la ofensiva exhibición de sus desvaríos? Si después de tantos esfuerzos no se ha logrado exterminar a los homosexuales y, en tiempos de tolerancia, eso de discriminar tan abiertamente se ve mal, pues hay que mandarlos a todos a donde nadie los vea y problema resuelto.

Ya muy bien lo dijeron el presidente de la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Baja California Sur, Jordán Arrazola (“No estamos de acuerdo en agredir a las personas por su preferencia sexual, sin embargo deben ser más prudentes porque hay lugares donde conviven con familias y niños”), y el gobernador de Sonora, Eduardo Bours (“No tengo nada contra nadie ni mucho menos, cada quien puede hacer lo que quiera, pero me parece que hay ciertas cosas que se tienen que cuidar y sobre todo a un niño de 11 o 12 años, por el amor de Dios”).

Pero si alguien se lleva el más grande reconocimiento por su claridad al hablar del tema es el presidente de la Unión Nacional de Padres de Familia, Guillermo Bustamante: «Nosotros sabemos que las personas que tienen esa desviación sexual merecen respeto, pero teniendo este problema nos preocupa que, en vez de corregirlo, hagan gala y presuman por las calles; ¿entonces por qué no hacen lo mismo los narcotraficantes, los asaltantes o los secuestradores, que también realizan actividades antinaturales?», quien además pide “que se mantengan en el clóset y no contaminen”.

Si los sitios gay surgieron como respuesta a la necesidad de un refugio, muchas veces clandestino, en donde se podía actuar libremente, sin miedo al rechazo, a la represión, en un ambiente seguro y protegido (por lo menos hasta que no hubiera invasiones), ahora ya no deben ser más que lugares dedicados a un público específico, en este caso el homosexual, así como hay tantos otros dirigidos a grupos de edad, sexo o gustos y preferencias de cualquier tipo, sin que eso implique la imposibilidad de asistir a más espacios diferentes o tener que hacerlo aparentando una incómoda integración.

Lo que la comunidad LGBT de México necesita no es un closet más grande en el cual seguir guardando temores y frustraciones, sino un país abierto e incluyente en donde un edificio, una playa o ciertas áreas de una ciudad no necesiten banderas de colores para anunciar que ahí –y nada más ahí- se respeta a cada quien, en donde las manos no se tengan que soltar ni los cuerpos despegar al salir por una puerta o cruzar una calle.

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