Amores discriminados

Por Alejandro Ávila Huerta / Desde Abajo

“Es mejor un amor prohibido que odiar con permiso, digo yo”. Gloria Trevi (El curita, la niña y la loca).

El fin de semana pasado, cuando la industrialización cultural de los sentimientos rebasó su ya patético tope y todo se atiborró de flores y tarjetas al doble del precio normal, de corazoncitos y cupidos rojos y corrientes, y de películas y canciones bobas y ridículas, hubo quienes salieron a comer o cenar o tomar un café con su pareja, quienes se deprimieron porque no la tienen, quienes refunfuñaron por la mercantilización y la banalización de las emociones, quienes no notaron o no les importó –o hicieron como que no- tan peculiar día, y también hubo quienes lo pasaron solos, con las personas equivocadas o separados –no por la distancia ni por la intención-, quienes se ocultaron para festejarlo o quienes se arriesgaron al salir a hacerlo.

Porque el día del amor –de este peligroso remedo de amor- es selectivo con quien puede y no celebrarlo. Si hay corazones cuyos actos de amor resultan para algunos risibles e inferiores (los muy viejos, los muy jóvenes, los gordos, los feos…) hay otros que, cuando menos, resultan inexistentes, si no repulsivos. El cariño de un hombre por otro, de una mujer por otra, visto por aquellos incapacitados para identificarlo hasta por sí mismos, será siempre de segunda, de jueguito, ocasionando en ellos inferioridad, temor y el convencimiento de que es mejor no sentirlo, corregirlo o guardarlo en la casa (con las persianas cerradas y sin hacer ruido, claro) o en alguno de esos tantos idénticos lugares con banderas de colores afuera y música electrónica adentro, adonde se mandan a encerrar –para bien de decentes y prudentes- las expresiones afectivas que avergüenzan, desasosiegan, enrabian, apanican.

Pues, en nuestra sociedad que privilegia el ejercicio de la violencia heterosexual por encima del amor homosexual, que una pareja de éstas se aventure a mostrar su afecto en público origina en ella, por lo menos, el miedo de hacerlo pensando: “¿Y ahora en dónde será que alguien crea tener que decirnos a quién podemos y no tomar de la mano?”, y en los otros la responsabilidad de detener lo que debe ser detenido; con un grito o hasta un golpe, por lo menos con una mirada, todo por el bien de sus prejuicios que tanta paz mental les dan. ¿Cuántas personas se han levantado en un restaurante para detener una pelea entre un hombre y una mujer? Es su problema, dirán, y a lo mucho los verán feo. ¿Y cuántas lo han hecho para impedir un beso entre dos hombres? Eso, para muchos, no merece ni el privilegio de la indiferencia.

¿Cuántos padres y madres que protegen a sus hijos de visiones de amores “perversos” les enseñan con el ejemplo a agredirse hasta la muerte? ¿Cuántos preferirán las relaciones dañinas de sus hijos heterosexuales antes que aceptar una sana y estable de su hijo homosexual? ¿Cuántas televisoras que trasmiten mensajes de amor eterno han hecho con su poder algo efectivo para defender el de las personas que no son heterosexuales? ¿Cuántos sacerdotes que repiten como sonsonete eso del amor al prójimo tendrán la valentía de reconocerlo en dos mujeres? ¿Cuántos gobiernos que mantienen desesperados la ilegalidad de las relaciones entre personas del mismo sexo no han sido capaces de terminar con la violencia al interior de esas parejas “modelo” a las que tanto resguardan?

Si para unos, las relaciones amorosas de las personas homosexuales se caracterizan por su inestabilidad (asumiendo que fuera cierto) –aspecto estudiado por la psicoterapeuta especializada en diversidad sexual Marina Castañeda-, se debe a la educación sentimental y sexual heterocentrista que, con base en una inventada y supuestamente inalterable complementariedad de los sexos distintos, no prepara a la gente con una orientación afectiva no heterosexual para construir una relación de pareja con alguien de su mismo sexo, generando inseguridad, egoísmo, consecuencia de la homofobia internalizada por años y no de una naturaleza desequilibrada, como se argumenta ahora igual que hace milenio y medio. En otros casos, la obligada libertad con la que se establecen estas parejas ha llevado a un necesario compromiso de conservar sus relaciones sin el soporte social de papeles ni bendiciones, que tanto necesitan a veces algunas personas heterosexuales.

Los actos de amor entre dos hombres o entre dos mujeres podrán ser reprimidos de muchas maneras, pero el amor, el amor no, ni siquiera por el que lo siente. Y aunque religiones, ciencias, estados y personas atrapadas en el año quinientos clamen y supliquen por el regreso de las hogueras, y aunque leyes y normas quieran invalidar con su exclusión las relaciones que no sirven para mantener el orden social que han considerado conveniente imponer, los sentimientos no preguntan ni piden opiniones ni autorizaciones, y los amores diversos ahora saben bien –deben saber- que ya no habrá más disfraces de amigo, que ya no habrá más escondidillas, que ya no habrá más te-quieros en susurros, y que a pesar de que puedan seguir siendo discriminados –porque prohibidos, nunca más- las ganas de amar a quien uno quiera –y exigir el reconocimiento de ello– serán siempre más fuertes que las de odiar a quien se nos ha enseñado.

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