La familia obsoleta

Por Alejandro Ávila Huerta / Desde Abajo

Se ha hablado hasta el hartazgo y la ridiculez de los peligros de la legalización de las construcciones familiares diversas. ¿Por qué no hablar de “la” familia, la tradicional? La que fantasiosamente se alude como si no tuviera ya comprobada su disfuncionalidad, su desorganización, su malestar, su ficción.

Consolidada como unidad social con la civilización moderna (es decir, que no es natural) para regular las relaciones sexuales y crear estructuras de solidaridad, esta familia tiene su primera crisis en el siglo XIX, cuando las condiciones de vida de las personas les hacen descubrir su capacidad para satisfacer estas necesidades sin la intervención de ninguna asociación, para llegar a los setentas del siglo XX en México con una decidida actividad laboral de las mujeres y un avanzado desarrollo en las técnicas anticonceptivas, que repercuten en el promedio de hijos y el número de divorcios, modificando la sustancia de las relaciones familiares como eran conocidas (o sea, que sí pueden cambiar).

Para las personas homosexuales, este núcleo de protección y seguridad es el primer espacio de discriminación y violencia, en el que los comentarios y chistes homofóbicos –aunque no dirigidos contra ellas- les enseñan desde la infancia lo “desagradable” de su condición. A diferencia de otros sectores marginados (raciales, religiosos…) la población LGBTTTI, además de recibir ataques en la escuela, el trabajo o la calle, encuentra en su hogar no apoyo ni a sus pares sino a más posibles agresores.

En México, setenta por ciento de las personas con una orientación afectiva no heterosexual ha sentido en algún momento que por esta condición avergonzaba o lastimaba a su familia. Sesenta y cuatro por ciento ha elegido fingir ser heterosexual frente a ella para no ser rechazado. Veintinueve por ciento ha tenido que alejarse de ella –obligado o por decisión propia- para evitar esta situación.

Un estudio elaborado por la Universidad Autónoma Metropolitana – Xochimilco informa que, durante su infancia y adolescencia, treinta por ciento de los homosexuales recibió, por serlo, insultos, burlas y humillaciones, y ocho por ciento sufrió violencia física en la misma etapa, identificando a los hermanos como los atacantes en veintiún por ciento de los casos (después de personas desconocidas, compañeros de escuela y vecinos).

Otras investigaciones revelan que sesenta y seis por ciento de la población mexicana no estaría dispuesta a vivir con una persona homosexual (y tal vez ya lo hagan, sin saberlo, con un hijo, hermano, primo…), y recopilan testimonios de padres que afirman preferir a sus hijos muertos que homosexuales. En Estados Unidos, dieciséis por ciento de estudiantes preparatorianos reconocieron tener un pariente homosexual (y a pesar de ello, sesenta y seis por ciento admitió haber utilizado lenguaje homófobo alguna vez). En Francia, treinta y nueve por ciento de la sociedad no aceptaría que su hijo o hija fuera homosexual.

Es ésta la familia feliz –dice la derecha-, la gran familia mexicana, la que –más acertadamente- el sociólogo mexicano Gabriel Careaga define como institución obsoleta origen de neurosis, agresiones, graves crisis de personalidad y verdaderas situaciones demenciales; herramienta burguesa de legitimación y control social compuesta por padres frustrados formando hijos inseguros que un día cumplirán el mismo rol (pero en una relación heterosexual, eso sí). Qué bonita familia.

En el mundo, únicamente ocho países, seis entidades de Estados Unidos y una de México permiten el matrimonio legal entre personas del mismo sexo. A pesar de ello, un millonario número no identificado de parejas homosexuales (seiscientas mil ya constituidas, tan sólo en Estados Unidos) siguen conformando familias alternativas que, ante la imposibilidad de obtener reconocimiento social, formalizar un contrato amoroso u obtener garantías económicas, tienen una sola razón de ser: el amor.

Y si bien no están exentas de la repetición de patrones culturales, el trabajo de construir un proyecto sin la obligación del “para toda la vida” pero con el compromiso (hay algunas que llevan varias decenas de relación cuando pueden acceder al derecho de casarse), es algo para considerarse cuando se hable de violentas naturalidades y normalidades permitidas que ya gritan urgentes por un replanteamiento de propósitos y significados dejados a medio camino.

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