[VIDEO] Cayetano Cabrera no ha de morir

. En huelga de hambre desde el 25 de abril, el ingeniero Cayetano Cabrera Esteva se ha convertido en el símbolo de más de 40 mil trabajadores electricistas que fueron echados a la calle por el gobierno de Felipe Calderón luego del decreto de extinción de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro. Desde el Zócalo de la Ciudad de México, corazón político del país, su vida corre peligro.

Nombre: Cayetano Cabrera Esteva

En huelga de hambre desde: 25 de Abril

Edad: 46 años

Puesto enLyFC: Ingeniería eléctrica – proyectista

Me acerco a Cayetano sorteando hileras de catres vacíos. De un día para otro pareciera que el campamento ha sido barrido por el huracán de las ausencias. Los huelguistas se levantan cada vez menos para conservar su energía y permanecen acurrucados en sus catres, los ojos cerrados, los brazos sobre el vientre para resguardarlo de los espasmos, las manos frías, la vida que irremediablemente se les escapa en un goteo continuo de minutos y horas. Solo diez huelguistas permanecen en la primera carpa, la grande, la que más he frecuentado, donde un día hubo treinta y seis hombres. Son tal vez los más fuertes, los más determinados. O los más afortunados, los que han escapado, de momento, a las infecciones y malestares graves. ¿Afortunados? Cayetano se pregunta conmigo si es un hombre afortunado, o si, por el contrario, está marcado por la mala estrella. Ya le tocó la privatización de los ferrocarriles hace más de diez años. Ahora, y aunque parezca imposible, vuelve a enfrentarse a lo mismo: otra privatización por sorpresa. Con la diferencia de que esta vez el líder sindical no está vendido: esta vez sí podemos, dice. No sé por qué, me viene a la mente una frase que leí en el único libro de Pablo Coehlo que me gusta, El Alquimista: que lo que acontece una vez, seguramente no se repita nunca, pero lo que ocurre dos veces ocurrirá con casi total seguridad una tercera.

Cayetano se ve muy solo en su catre. Lo rodean los catres vacíos de todos los compañeros que entraron el 25 de Abril y ya tuvieron que irse. Solo dos huelguistas del primer día permanecen en pie: Cayetano es uno de ellos. La segunda fila, la del día 26, está vacía, y la del 27 presenta cada vez más huecos. Solo la fila del 28 resiste, compactada y sin bajas entre los suyos. Observo que cuando una ausencia divide una fila el resto de huelguistas es más susceptible a marcharse. No son inmunes a la desesperación ni a la soledad. Una fila de amigos, en cambio, resiste más tiempo. Ahora, con tantos huecos, hay más espacio para sentarse y hacer entrevistas. Cayetano me ofrece la estructura metálica del catre contiguo –vacío ya, sin ocupante ni colchón-, sobre el que ha colocado unas toallas para “sus visitas”.

Cayetano es un hombre ordenado. Tiene todas sus pertenencias cuidadosamente agrupadas en una cubeta de plástico. Sus libros están forrados para que no se estropeen. En su cartera hay un papel que indica a qué hospital debe ser llevado cuando tenga que salir del campamento. Al igual que el resto de sus compañeros, tiene su ropa cuidadosamente agrupada para facilitar los trámites a los familiares si por lo que sea debe salir de urgencias. Antes, la ropa colgaba alegremente del techo, de manera más o menos improvisada, mezclada con las camisetas de los otros compañeros. Ahora reposa pulcramente apilada en las bolsas de cada quién. Es el miedo secreto a la partida imprevista, la angustia de una temporalidad cada vez más presente.

Cayetano es ingeniero electricista. Originario de Ixtepec, Oaxaca, le pidió permiso a su padre para realizar sus estudios en Oaxaca capital. A su padre no solo le pareció buen sino que decidió, además, enviarlo al distrito federal en vez de a Oaxaca. Aquí cursó la vocacional y más tarde Ingeniería Eléctrica. Su novia de toda la vida, una mujer delgada y de aspecto firme y decidido, lo siguió a la capital. Forman un buen equipo. Me los encontraré más tarde, agarrados de la mano, compartiendo confidencias. Ella lo contempla orgullosa: me recuerda un poco a un junco, flexible y resistente. Habla zapoteco, desde luego, el bello idioma de las nubes. Cayetano me cuenta de sus dos hijas. Lo embarga un tremendo orgullo al hablar de ellas. Me habla de su hija mayor, recién licenciada en ingeniería eléctrica en el IPN, donde él es profesor titular por las tardes. Se licenció con excelentes calificaciones y el último día del curso, Cayetano la presentó a sus colegas: no habían sabido hasta entonces que se trataba de su hija. Me habla de su hija menor, que le confesó hace poco que prefería abandonar las ciencias para dedicarse al arte, que toca la el piano, el chelo y la batería, que tiene una banda de rock japonés y quiere estudiar literatura dramática y teatro en la UNAM. La científica y la artista ¡qué orgulloso está, cómo le brillan los ojos al pensar en ellas!

Es un hombre fuerte y moderado. Mide sus palabras y me mide a mí: desconfía de la prensa. Sé que le han hecho otras entrevistas –de hecho, acabo de leer una en Proceso- pero eso no lo ha hecho menos precavido. Sabe que las palabras pueden ser desvirtuadas fácilmente, y por ello las calibra con cuidado. Insiste en explicarme cómo se escribe la fórmula del hexafluoruro de azufre, SF₆, el seis va abajito, puntualiza, muy serio, como un profesor acostumbrado a corregir barbaridades en los exámenes de sus alumnos. Entró a LyFC hace cinco años tras aprobar el examen de una convocatoria pública, y desde entonces combinó dos trabajos: por las mañanas, de 7 a 3, delineando y proyectando subestaciones para LyFC, y por las tardes, de 4 a 10, enseñando teoría de circuitos en el Instituto Politécnico Nacional. Está acostumbrado a dormir cuatro horas y media al día. Ahora, confiesa, se levanta ya muy tarde: a las seis de la mañana. Se asea y se sienta a asolearse unos treinta minutos, y luego regresa a sus lecturas en la carpa: libros de autoayuda –tan populares entre los huelguistas-, la autobiografía de Gandhi. Ya plantó su árbol y tuvo a sus hijas. Dice que le falta tan solo construir su casa y escribir un libro –un libro de “lo suyo”, de circuitos eléctricos-. Que tal vez lo haga este verano. Pidió dos meses de licencia sin sueldo al IPN para acudir a la huelga de hambre. Podría estar trabajando y ganando dinero. Pero prefiere estar aquí, pasándola mal, con el estómago acalambrado y fuertes dolores musculares. Porque no va a volver a ocurrir: ya le robaron su trabajo una vez. Sabe que el tiempo se le acaba y que tal vez no resista muchos días más. Pero está tranquilo. Como profesor, siempre le gustó poder enseñarle a sus alumnos –muchos de los cuales, por cierto, han pasado a visitarlo- la teoría combinada con la práctica. Sabe que así se aprende más y mejor. Al alejarme, dejo tras de mí a un hombre valiente. No alardea de nada, pero se mantiene firme como una esfinge en la tormenta. Yo me voy, él se queda. Los buenos profesores predican sus teorías con la práctica.

Video: Cancioneroweb
Texto: historiadeuntrabajador.blogspot.com

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