Sandoval y el Estado laico

por Otilia G. Sánchez Castillo / desdeabajo

El debate sobre la resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación en torno a los matrimonios de personas homosexuales y que se suscitó a raíz de las declaraciones del Cardenal Juan Sandoval Íñiguez, arzobispo de Guadalajara, quien señaló que “Marcelo Ebrard, junto con organismos internacionales, maiceó a los magistrados de la Suprema Corte, recibieron dádivas; por ello, no dudo que el asunto de las adopciones vaya en el mismo sentido”, quien además agregó “¿quien en su sano juicio va a permitir que se entreguen en adopción niños a parejas de maricones y lesbianas?”, ha resaltado la importancia de que el Senado dictamine la iniciativa para elevara a rango constitucional, en el artículo 40, el carácter laico del estado mexicano aprobada en la Cámara de Diputados, en febrero de este año.

Este asunto no es menor, ya que a pesar de la separación entre la Iglesia y el Estado desde las Leyes de Reforma desde mediados del siglo XIX, la laicidad del Estado se ha venido construyendo de manera paulatina.

En ese sentido, la iglesia es muy libre de tener sus propias opiniones sobre diversos temas que nos atañen como sociedad, pero no puede imponerlas al Estado como dogmas de fe que éste debe acatar. Hay que recordar que a partir de 1859, con la Ley del Matrimonio Civil emitida por Benito Juárez, “por la independencia declarada de los negocios civiles del Estado respecto de los eclesiásticos, ha cesado la delegación que el soberano había hecho al clero para que con su sola intervención en el matrimonio, este contrato surtiera todos sus efectos civiles. Que reasumiendo todo el ejercicio del poder en el soberano, éste debe cuidar de que un contrato tan importante como el matrimonio, se celebre con todas las solemnidades que juzgue convenientes a su validez y firmeza, y que el cumplimiento de éstas le conste de un modo directo y auténtico…”. Y esto mismo es lo que ha sucedido con las reformas en el Distrito Federal sobre el matrimonio de personas homosexuales, y la resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Lo mismo aplica en cuanto a las adopciones.

De acuerdo con Roberto Blancarte, “el Estado laico es el que garantiza que todos puedan expresar sus opiniones y que lo hagan desde la perspectiva religiosa o ciudadana que se desee; el único requisito es entender la muy relativa representatividad que tienen los jerarcas eclesiales y ministros de culto: Cuando un líder religioso se expresa como líder espiritual puede pretender una cierta autoridad entre los feligreses, aunque depende del contexto de su propia Iglesia y de las relaciones entre fieles y ministros de culto. Pero cuando un líder religioso habla en términos políticos, habla por sí mismo…”

Y no cabe la menor duda que en las declaraciones de las que he hecho referencia, el Cardenal Sandoval habló por sí mismo, ya que no toda su feligresía opina lo mismo. Además estas declaraciones son ofensivas, discriminatorias y violatorias de los derechos humanos y del Estado laico. Por ello las quejas de diversos grupos ante la Secretaría de Gobernación, y la denuncia legal en su contra presentada por el Jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard.

Sin duda el reto que hoy tenemos como sociedad es, además de mantener esta la separación, distinguir el laicismo como una práctica democrática, como una doctrina de la libertad civil, que conlleva la igualdad de las y los integrantes de la sociedad, como bien dijera la exdiputada perredista Rosario Magallón.

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