Día mundial para salir del closet

por Alejandro Ávila Huerta

¿Quién se escondería en un lugar apretado, oscuro y sin ventilación sólo porque a alguien le incomoda su presencia? Nadie: la respuesta primera, que repensada no es tan fácil. Si afuera se despliega una cacería en su contra se está menos mal adentro, aunque siempre molesto. ¿Y si esa persecución no tuviera para cuando acabar y el encierro no hiciera más que fortalecerla y lo estrecho del refugio llegara a la asfixia? Así vive mucha gente homo, bi y transexual: metida en un closet con su vergüenza y su miedo para bienestar de los ofendidos con su existencia, vacilando entre darse gusto o dárselo a otros, o simplemente decidida a lo último.

En términos de diversidad sexual, el concepto closet –explica el filósofo francés Didier Eribon- designa el espacio social y psicológico en el que algunas personas LGBTTTI ocultan su orientación sexual o identidad de género. Si la definición es más o menos nueva, su significado debe ser tan antiguo como la homofobia, imperante en toda la historia de la humanidad. En unas épocas y regiones, el costo de abrir la puerta es la vida o la libertad, como hace doscientos veinte años en todo el mundo o ahora en setenta y seis países por cobro del Estado o en más por cobro de la sociedad (con permiso del Estado); en otros –el resto de las naciones en la actualidad, en mayor o menor grado-, la integridad, el trabajo, la vida social, la familia, la amistad.

Por eso, la población sexualmente diversa de todos los periodos históricos ha sabido adaptarse a las distintas homofobias de las religiones, los gobiernos, las ciencias y las personas, para ejercer su libertad de elección de afectos y sobre sus cuerpos, desde los actos más clandestinos hasta los más subversivos, principalmente a partir del Renacimiento (aún en pleno apogeo de las ejecuciones en la hoguera, la horca o por lapidación), cuando se gesta un movimiento literario que en el anonimato celebra el amor entre personas del mismo sexo; quizá, origen del que en los siguientes siglos propiciaría la creación de lugares de encuentro exclusivo de ellas con cierta seguridad.

Dichos sitios perduran a la fecha, sobre todo con la forma de discos y bares (incluso las grandes ciudades, con sus posibilidades de discreción y socialización, funcionan bien y por sí mismas como tales para quienes habitan zonas más pequeñas y complicadas). Esta mención es importante para el tema, ya que si su surgimiento fue un acto de resistencia –aun de orgullo- a la opresión en un momento en que una mayor audacia hubiera sido una insensatez, ahora es efectivamente –y esto no quiere decir que el peligro sea ya mínimo- una colaboración con la homofobia para el mantenimiento de la invisibilidad de la población LGBTTTI, como lo denunció hace más de veinte años el activista Vito Russo.

Cada 11 de octubre desde hace veintidós años se conmemora en Estados Unidos el Coming Out Day (algo así como Día para salir del closet), comenzando como un evento nacional durante la Segunda Marcha por los Derechos de Gays y Lesbianas en Washington, D.C., impulsado por los activistas Robert Eichberg y Jean O’Leary, con la intención de fomentar las discusiones sobre la importancia de la visibilización y la concientización de la existencia de este sector en todos los grupos sociales. Actualmente es organizado por la asociación Human Rights Campaign (HRC) y lentamente ha salido de aquel país a otros como Suiza, Alemania y el Reino Unido, hasta alcanzar el carácter de internacional. En México, la fecha pasa prácticamente desapercibida para la sociedad en general y la de la diversidad sexual también.

Aun en las condiciones de hoy, se sigue pensando en el closet como una circunstancia ineludible, al menos en algún momento de la vida de toda persona homo, bi o transexual, como si se naciera –se asumiera la identidad diversa- con él y luego, tal vez, se eligiera salir; es al contrario (“Salí del útero y del closet al mismo tiempo”, dice el flautista mexicano Horacio Franco). Es cierto que la sociedad lo impone al dar por hecho que todo el mundo es heterosexual (hasta demostrar no serlo), pero la ignorancia de alguien es sólo su problema; aceptar la exigencia y meterse al closet –y salirse de él- es siempre un derecho y una decisión.

Asumir públicamente la propia orientación diversa no es, como lo percibe el heterosexismo, un acto desafiante o perturbador, no es enorgullecerse de ser diferente nada más porque sí, es enorgullecerse a pesar de ser diferente en una sociedad que nos dice que eso está mal. Sí es, en cambio, en primer lugar, un proceso personal de identificación e integración, pero además uno social de soporte al reconocimiento de la diversidad, que ya a finales de la década de 1970 en el país todavía era invisible para la mayoría más allá de los estereotipos (se consideraba un deber moral y cívico el evitar atraer la atención pública a un asunto incómodo). La homofobia pide a los grupos y personas LGBTTTI mantenerse en el closet mientras la gente se acostumbra; haciendo de lado que el derecho a la libertad no está sometido a las costumbres, ¿cómo es que se alguien se puede acostumbrar a algo que no ve y no conoce?

Posible consecuencia del fenómeno del coming out (salir del closet), se desarrolla desde los ochentas del siglo XX el del outing: el gesto político que consiste en la revelación pública de la homosexualidad de alguien en el closet, por lo regular célebre y sin su consentimiento. Su antecedente más inmediato aparece diez años antes, con un proyecto de elaboración y divulgación de listas de personalidades destacadas de la historia mundial con la intención ideológica de reivindicar la causa del movimiento de liberación gay y promover la revisión de percepciones acerca de la diversidad para ayudar a la eliminación de prejuicios.

Ha sido un recurso muy utilizado por activistas estadunidenses y británicos, como Michael Rogers, para evidenciar –con razón- a políticos y clérigos homosexuales de closet que votan leyes o dictan discursos en contra de los derechos humanos de las personas de la diversidad sexual. Resulta una herramienta deplorable cuando periodistas rosas la usan para generar morbo y obtener ganancias económicas exhibiendo a figuras del corazón, los espectáculos u otros ámbitos, o con el pretexto de que deben solidarizarse con su comunidad y contribuir a su aceptación, como afirma el activista Michelangelo Signorile.

Es cierto –a pesar de no haber justificación para entrometerse en la vida privada- que la unión de la población con orientaciones e identidades diversas en una verdadera comunidad le daría al movimiento una fuerza que nunca ha tenido y que tanta falta le hace. Tan sólo con imaginar lo que podría pasar un día en que todas, todas las personas homosexuales, bisexuales y trans juntas se pusieran de acuerdo para una masiva y simultánea salida del closet, que redujera para cada una y en conjunto los riesgos de agresiones y exclusiones al enfrentar al mismo tiempo a tantas familias, empresas, gobiernos, religiones, a la pérdida del mejor empleado, del primo consentido, del ciudadano ejemplar, del amigo más fiel, del cliente más asiduo, del feligrés más devoto.

Frente a todos los inconvenientes de salir del closet (“Papá, mamá, soy gay” de Rinna Riesenfeld o “Guía de recursos para salir del closet” de HRC –disponible en línea- son una buena orientación para quien desea hacerlo), la psicoterapeuta mexicana Marina Castañeda hace una compilación de estudios que demuestran las ventajas de dicha acción en la salud física y mental: menos ansiedad y depresión, más autoestima, madurez, seguridad y capacidad de relacionarse, y todo mejora cuanto antes se asuma plenamente la propia identidad, porque después de un tiempo guardadas en un closet, las cosas terminan muy arrugadas, llenas de humedad y oliendo mal.

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