Adiós, ‘góber precioso’

Mario Marín Torres hizo una carrera exclusivamente burocrática, en funciones de medio pelo, en que se había mostrado austero y discreto hasta que, llegado a la gubernatura dio cauce a su avidez por los placeres mundanos y por el dinero. Pero no se puede repasar la gestión de Marín sin colocar en el sitio principal que le corresponde la conspiración urdida por él personalmente contra la periodista Lydia Cacho.

por Miguel Ángel Granados Chapa

Mario Marín, gobernador saliente de Puebla. Foto: Internet

México, DF (REFORMA).- Hoy concluye el gobierno de Mario Marín Torres, que merecidamente ganó un lugar en la picaresca política al ser llamado «góber precioso» por su mecenas, cómplice y adulador Kamel Nacif, en la célebre conversación telefónica en que decidieron «dar un coscorrón», es decir agredir gravemente a la periodista Lydia Cacho, en diciembre de 2005.

Marín Torres hizo una carrera exclusivamente burocrática, en funciones de medio pelo, en que se había mostrado austero y discreto hasta que, llegado a la gubernatura dio cauce a su avidez por los placeres mundanos y por el dinero.

Nacido en el seno de una familia pobre en un poblado de la misma condición (Nativitas, municipio de Cuautempan), estudió derecho en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y al graduarse ingresó en el Poder Judicial local y en el gobierno del estado. Nunca salió de esa entidad en tareas políticas (no fue delegado del PRI ni legislador federal), y a cambio conoció puntualmente los recovecos del poder local. Secretario particular de cinco directores y secretarios de gobernación locales, ascendió al gabinete con el gobernador Manuel Bartlett, entre 1993 y 1999, etapa en que fue subsecretario y secretario del ramo a cuyos titulares había servido. Bartlett mismo lo hizo alcalde de la capital poblana. En ese su primer cargo de elección, donde permaneció de 1999 a 2002, empezó a mostrarse como era, tras abandonar la opacidad de su trayectoria previa, donde el único rasgo de inmodestia que se permitía era ruborizarse cuando el servilismo de sus subordinados lo comparaba con Benito Juárez.

Siempre viviendo de la política, dirigió el PRI estatal cuando terminó su gestión en la Angelópolis, y su conocimiento del aparato le permitió superar la rala simpatía que le profesaba el gobernador Melquiades Morales, e imponerse como candidato a la gubernatura. La ganó en las elecciones de noviembre de 2004 con holgura (una diferencia de casi 14 puntos frente al candidato panista Francisco Frayle). Pero quedó claro que la tradicional hegemonía priista en Puebla tocaba a su fin, cuando fueron muy semejantes las cifras de quienes eligieron a Marín y de sus oponentes. Esa declinación del tricolor se acentuó en los comicios federales de 2006, en los que triunfó Felipe Calderón y los candidatos panistas al Senado, uno de ellos Rafael Moreno Valle Rosas, cuyo tenue priismo había quedado oculto por una capa de pintura blanquiazul, y que mañana reemplazará a Marín.

Un hábil manejo del presupuesto (el de desarrollo social sobre todo) le permitió revertir esa tendencia en los comicios locales de 2007 y los federales de 2009. Pero la oposición se unió el año pasado y el gobernador saliente cometió varios errores, entre ellos designar a un candidato impopular, Javier López Zavala, que cayó abatido por esa su condición personal a la que se sumó el hartazgo causado por los modos de Marín y su ambición personal, que lo condujo a reunir una fortuna (la visible en ostentosos inmuebles y automóviles) que no pudo pagar con su remuneración de 153 mil pesos al mes.

Situó a miembros de su familia en posiciones clave. Javier García Ramírez, secretario de Desarrollo Urbano y Obras Públicas (quien me parece que es su cuñado) fue determinante en el enriquecimiento del gobernador. Los presupuestos de los proyectos en ese ámbito fueron generalmente rebasados, y con escándalo. El Centro expositor, donde el jueves pasado Marín dirigió su último mensaje, es simbólico de esa conducta: iba a costar 800 millones de pesos y al final se pagó lo doble. El secretario de Obras Públicas fue denunciado en noviembre pasado ante la PGR por un grupo de empresarios por lavado de dinero, descomunal según sus cuentas: 2 mil millones de pesos.

Sería imposible en este espacio enumerar los muchos rasgos de autoritarismo perpetrados por Marín, que en cambio fue ineficaz en la garantizar a los poblanos su seguridad: los secuestros crecieron hasta sumar 83 en los seis años de su gobierno (19 el año pasado y 27 el anterior fueron las cifras más altas).

Pero no se puede repasar la gestión de Marín sin colocar en el sitio principal que le corresponde la conspiración urdida por él personalmente contra la periodista Lydia Cacho. En su libro Los demonios del edén, esa valiosa escritora y activista de derechos humanos denunció la pederastia de Jean Succar Kuri, un protegido de Kamel Nacif. No sólo para castigarla e intimidarla por esa osadía sino, como se comprobó después, para ocultar la red nacional e internacional de abuso sexual y pornografía infantiles, el empresario textil pidió a Marín, a cuya campaña había contribuido con sumas determinantes, organizar un sesgado y parcialísimo juicio penal por difamación contra la periodista, que virtualmente fue secuestrada en Cancún, donde reside, para ser procesada en Puebla.

A la postre el caso se revirtió y quedó en claro la vil maniobra a cuya cabeza actuó Marín. El ahora presidente de la Suprema Corte, el ministro Juan N. Silva Meza, no vaciló en concluir en su voto particular, que el gobernador «propició que se diera una acción concertada entre diversas autoridades y funcionarios… para que el proceso penal instruido contra la periodista… se desarrollara de tal manera que para favorecer el ánimo vengativo (de Nacif) impidiera a la inculpada el adecuado ejercicio de (sus) derechos constitucionales», lo que dicho en la parla propia de Marín consistió, según dio cuenta a su cómplice, en «darle un coscorrón» a la periodista, porque «nos ha estado jode y jode».

Cajón de Sastre

Hoy se cumple un año del asesinato (ocurrido en Salvárcar, un barrio marginal de Ciudad Juárez), de 15 personas, la mayoría adolescentes, estudiantes con buenas notas, que fueron ultimados por equivocación, según detenidos como presuntos responsables, y a los que también por equivocación (y por el apresuramiento de descalificar a las víctimas de la violencia que impera en México, como si merecieran serlo) el presidente Calderón consideró delincuentes. Ese desliz lo forzó a ir semanas después a esa ciudad a inaugurar un nuevo modo de enfrentar a la criminalidad. Si ese programa resultó exitoso, sus avances palidecen por el avance de la inseguridad. Cinco muchachos, como los de hace un año, acaban de ser asesinados en un parque público de esa localidad. Y las fallas de la Policía Federal obligaron una nueva, la cuarta, estrategia contra el mal.

miguelangel@granadoschapa.com

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