30 años del SIDA

por Tania Meza Escorza / DESDE ABAJO

El sarkoma de Kaposi tenía 20 años sin presentarse en Estados Unidos, cuando el 5 de junio de 1981, el Centro de Control y Prevención de Enfermedades de Los Ángeles anunciaba que 26 hombres homosexuales de Nueva York y California habían sido diagnosticados con este inusual padecimiento cutáneo, consistente en la aparición de pústulas moradas. Lo raro del brote ochentero, era la rápida invasión del mal en todo el cuerpo de los pacientes y el fallecimiento de ocho de ellos.

La misma institución señalaba los casos de cinco enfermos de Pneumocystis carinii, una variante de neumonía atípica. Los cinco eran hombres, homosexuales, jóvenes, sin antecedentes médicos al respecto y ninguno de ellos conocía a los demás. Para agosto de ese año, el mismo Centro reportaba 108 casos de uno u otro padecimiento. La “cólera de Dios” como se le bautizaría meses más tarde, había comenzado.

Según el recuento de la Agencia Mexicana NotieSe, al final de aquel 1981 The New England Journal of Medicine, mencionaba en su editorial que en Estados Unidos se reportaban semanalmente cinco o seis nuevos casos de Sarcoma de Kaposi o Pneumocystis carini. A partir de estos reportes, dos años de incertidumbre acosarían a la comunidad científica internacional, a los gobiernos de distintas naciones y a la población en general. Se desconocían las causas de esa extraña enfermedad. Los términos acuñados eran inexactos. Uno de los primeros nombres asignados fue GRID (Gay Related Inmuno Deficency o Inmunodeficiencia Relacionada con lo Gay), debido a que la extraña enfermedad afectaba a la comunidad gay en su mayoría. Popularmente se le denominó Cáncer Rosa. La característica de este nuevo mal era la reducción del sistema inmunológico de las personas contrayentes.

Tras múltiples discusiones, en 1982, el Departamento de Salud de Estados Unidos y un grupo de expertos alrededor del mundo interesados en el tema acuñaron el término de Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida.

Un año más tarde, en 1983, el equipo francés de investigación encabezado por Luc Montagnier, logró aislar el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH), y un año después Robert Gallo de Estados Unidos (eterno competidor de Montagnier), confirmó que el VIH era el causante del SIDA.

Mientras se iniciaba la batalla por los créditos del descubrimiento del VIH, el SIDA llegaba a México al descubrirse a un hombre portador. n 1985, se detectaría a la primera enferma mexicana.

Hace treinta años, el SIDA nos dio una de las más grandes bofetadas que la humanidad haya recibido, sin embargo, dentro de lo poco rescatable ante la catástrofe, es que el origen del SIDA nos ayudó a conocer lo mejor y lo peor de cada persona.

Al mismo tiempo que el gobierno estadounidense aseguraba que no destinaría recursos adicionales para combatir “una rara epidemia de maricas”, hombres y mujeres de todo el mundo mostraban su solidaridad con quienes de la noche a la mañana se veían invadidos por el sarcoma de Kaposi o por la Pneumocystis, que en unas cuantas semanas les llevaban a la muerte.

La historia ha recopilado fechas y datos duros, pero mayoritariamente ha invisibilizado a mujeres y hombres de ciencia, de la medicina, de laboratorios y de enfermería, a personal voluntario, gobernantes, religiosas y religiosos de diferentes credos y nacionalidades, homosexuales, heterosexuales, de raza aria, afroamericana, judía, latina, hindú…

En el libro “Más grandes que el amor”, del francés Dominique Lapierre, se describen periodísticamente los orígenes del SIDA, desde una perspectiva humana. En el reportaje de Lapierre se conjugan múltiples historias de hombres y mujeres que en todo el mundo pelean entrañablemente contra “la gran plaga del siglo XX”, “la peste presente”, “la cólera de Dios”, el SIDA.

Durante los primeros años de combate a esta enfermedad, cuando los gobiernos se negaban a participar abiertamente en lo que consideraba un “castigo a la promiscuidad” y aún antes de que se supiera que este padecimiento no era exclusivo de la comunidad homosexual; un personaje emblemático en la historia contemporánea hizo su aparición: La madre Teresa de Calcuta.

Aunque su fama obedece principalmente a sus acciones para el bien morir de los desahuciados en India, el trabajo que la madre Teresa y sus compañeras de orden realizaron en contra del SIDA fue fundamental en los tiempos de total incertidumbre.

En los 80, algunas de las Misioneras de la Caridad se mudaron a Nueva York y establecieron ahí el mismo esquema de los morideros de Calcuta. Suena a poca cosa, pero en los años de mayor estigma, cuando ser portador de SIDA te llevaba a una mayor discriminación que hoy en día, cuando se creía que sólo los homosexuales contraían la enfermedad, lo cual acrecentaba el rechazo y el abandono de la familia, en el momento en que no existían los medicamentos para sobrellevar el padecimiento, en ese instante unas empíricas pero expertas tanatólogas recogían a las y los enfermos de la calle, les llevaban a un refugio, les alimentaban y les hacían decir todo lo que en su vida no se habían atrevido, y que tenían atorado en el inconsciente.

Hoy el SIDA ha cumplido 30 años entre nosotros y el compromiso de los gobiernos de todo el mundo sigue siendo insultantemente insuficiente. Por eso la solidaridad de la ciudadanía se necesita más que nunca, para atender no sólo a los millones de pacientes en tratamiento, sino a los 10 millones de personas que en el Planeta portan VIH, y no toman medicamento alguno.

@taniamezcor FB: Tania Mezcor
taniamezcor@hotmail.com

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