Plaza Pública: se fue la voz, no el espíritu

Se asegura que en el largo acontecer de la vida colectiva nadie es indispensable, que no hay personaje insustituible. En general, este fragmento de sabiduría vieja es certero, pero también lo es que de tarde en tarde emergen figuras excepcionales, que cuando hacen mutis, su ausencia es tal peso que prácticamente adquieren la calidad de insustituibles.

por Lorenzo Meyer
REFORMA

·Insustituible

La muerte llega por igual para los mejores y para los peores, pero en un ámbito de lo público tan degradado como el nuestro, los peores abundan y cuando desaparecen sobran quienes les reemplacen. Los mejores, en cambio, son tan pocos que cuando uno solo de ellos muere nace un vacío que de tan grande sobrecoge porque da la medida exacta de lo delgada que es la línea de defensa de la moral republicana y lo formidable que son sus adversarios.

Se asegura que en el largo acontecer de la vida colectiva nadie es indispensable, que no hay personaje insustituible. En general, este fragmento de sabiduría vieja es certero, pero también lo es que de tarde en tarde emergen figuras excepcionales, que cuando hacen mutis, su ausencia es tal peso que prácticamente adquieren la calidad de insustituibles. Y ese pareciera ser hoy el caso de Miguel Ángel Granados Chapa y su Plaza Pública, ese espacio de análisis del acontecer político que por más de tres decenios estuvo presente en la prensa mexicana y cuya última entrega apareció apenas dos días antes de que se apagara la voz de quien lo animó.

Seis días de cada semana Plaza Pública proveía el ensayo periodístico que concentraba con eficacia el esfuerzo de observación, selección de datos, síntesis, explicación y buen juicio de Granados Chapa sobre algún hecho de los que conformaban el casi siempre desolado paisaje de la cosa pública mexicana. Como si esa columna de 34 años no fuera suficiente para desfogar toda su agenda -que era también la agenda nacional-, el singular periodista hacía uso de otros espacios para el mismo fin: el semanario Proceso, un programa de lunes a viernes en Radio Universidad o el que compartía con otros analistas en la mesa dominical de Encuentro en televisión por cable. Finalmente estaban sus crónicas parlamentarias y los libros: 16, publicados entre 1968 y 2004. La energía y la amplitud del abanico de temas abordados por Miguel Ángel resultaron asombrosos, pero quizá más asombrosa aún -y desconsoladora- fue la multiplicidad de asuntos críticos que la realidad acumuló cotidianamente en la mesa de disección del analista.

La idea central, la brújula que guiaba esa disección de la realidad mexicana por el periodista era la democracia o, más bien, su idea de lo que debía ser la vida democrática. Cada trozo examinado por él de la realidad mexicana -política, jurídica, económica, social, cultural- la exponía tal y como la encontraba para luego proceder a mostrar la distancia, a veces enorme, que había entre esa realidad y lo que la democracia -la defensa del interés de los demos, de la mayoría ciudadana- exigía que ocurriera. Granados Chapa era particularmente preciso en su medición y explicación del trecho que había entre lo que realmente acontecía en nuestro país y la norma.

· Cualidades

Quienes vieron al autor de Plaza Pública elaborar su discurso sobre la marcha, no pudieron menos que asombrarse de su extraordinaria memoria, de su capacidad para recordar y colocar en forma de explicación hechos, personajes, fechas, circunstancias y resultados. Quien dialogó con él, lo escuchó o lo leyó también pudo comprobar su cuidadoso manejo del lenguaje, en parte producto de su educación legal y sobre todo de las buenas lecturas bien asimiladas. Sin embargo, la buena memoria es un don de la naturaleza -abunda entre los políticos- y la buena educación legal y literaria no es tan excepcional pero en Granados Chapa había una tercera característica, la más importante, y que no la dan ni las neuronas ni las muchas horas de lectura y estudios de calidad: la honradez, el compromiso sin reservas e irrenunciable con una visión de lo justo, del deber ser. Esto último fue lo que le permitió combinar al periodista hidalguense conocimiento y manejo del lenguaje con lo que es muy raro en el medio en que se desempeñó: un análisis de la descompuesta realidad mexicana desde la altura de los valores de la democracia, el respeto a los demás y a sí mismo y el patriotismo.

· Las dos formas de hacer política

Miguel Ángel tenía pasión por la política pero no necesariamente por practicarla cuando había que asumir el poder. Sólo una vez intentó pasar del análisis a la práctica de la política del poder: cuando en 1998 aceptó ser candidato a gobernador de su maltratado Hidalgo. El proyecto era encabezar una coalición PRD-PAN para enfrentar con posibilidades de éxito a la arraigada maquinaria caciquil y corrupta del PRI en ese estado, pero en el momento decisivo el dirigente del PAN -Felipe Calderón- prefirió a un candidato perdedor pero propio -«un cantante menos que mediocre»- que ver triunfar a un hombre de izquierda e independiente y dejó a Granados sólo con el PRD. Granados siguió adelante a sabiendas de que esa dispersión de fuerzas aunadas y falta de recursos le llevaría a la derrota (Humberto Musacchio, Granados Chapa [México: Planeta, 2010], pp. 188-189). La pérdida de los hidalguenses fue la ganancia del otro México, el de los lectores.

Finalmente, la política que hizo Granados fue siempre la política no del poder sino de los principios. Como gobernador hubiera sido incorruptible pero hubiera tenido que jugar con las reglas de los otros -de la burocracia, del gobierno federal, de los partidos y de los poderes fácticos- y quién sabe cómo hubiera concluido su encomienda. En contraste, como actor plenamente independiente de la Plaza Pública no ejerció el poder pero dio voz a la parte más vigorosa y demandante de la ciudadanía mexicana y de esa manera atacó el flanco más débil de la clase política y forzó al poder a oírlo. Y ese poder no siempre aguantó los puyazos; Gerardo Sosa, parte de la estructura caciquil de Hidalgo, demandó a Granados por haber prologado el libro de denuncia de Alfredo Rivera -también demandado- contra el porrismo en Hidalgo titulado La sosa nostra (México: Porrúa, 2004). En este caso, y en este campo -su campo-, Miguel Ángel, ya enfermo pero defendido por alguien que reconocía plenamente sus méritos -la doctora Perla Gómez- derrotó a la (mala) política del poder. Mientras, desde otra orilla de ese poder, la del Legislativo, se le rindieron honores y Felipe Calderón tuvo que atestiguar la entrega de la medalla «Belisario Domínguez» a quien le había regateado el apoyo en Hidalgo.

· Pesimismo y esperanza

Justamente en la entrega de la «Belisario Domínguez» en octubre de 2008, Granados Chapa usó la tribuna del Senado para hacer este diagnóstico: «El poder del dinero y el poder criminal de las armas sustraen ya ahora con marcas crecientes de la vida en común al imperio de la ley y la capacidad rectora del Estado. El ímpetu feroz de la delincuencia organizada parece no reconocer límites, los rompe todos… Los poderes fácticos, los que gobiernan sin haber sido elegidos, los que buscan y obtienen ganancia de negocios que atentan contra el interés general gobiernan en mayor medida que los gobiernos; la lucha de unos y otros poderes ilegítimos contra la sociedad, su éxito en el propósito de dominarla es favorecida por una situación económica, material cada vez más adversa, menos propiciatoria que la prosperidad y la expansión de la potencialidad humana». El resultado de este conjunto de males ha producido en México «enfermedades del espíritu colectivo» que de no sanarse nos llevarán a la desgracia.

En su última entrega, con la que cerró Plaza Pública, el gran observador y juzgador de nuestra política, literalmente al borde de la muerte, caracterizó así la situación de nuestro país, envuelto por una masa maloliente resultado de «la inequidad social, la pobreza, la incontenible violencia criminal, la corrupción que tantos beneficios genera, la lenidad recíproca, unos peores que otros, la desesperanza social».

En el Senado había llamado a reconstruir o a erigir, pues a lo mejor nunca la habíamos tenido «la casa que nos albergue a todos» y antes de morir confió en que el país pudiera escapar de «la pudrición» pues ésta no era un «destino inexorable». Se podía escapar de él. Sin embargo, simplemente expresó esto como un deseo «ingenuo» pues ya no tuvo tiempo de decirnos de qué manera podemos mutar. Sin embargo, en el discurso de 2008 ante los senadores se refirió a la movilización social, a la presencia de los ciudadanos en las plazas y las calles como la energía primaria de la que podría surgir, en estas horas sombrías, la mutación que regenere a nuestra República.

Ojalá el futuro inmediato le dé la razón a quien de hoy en adelante será referencia obligada para entender al México de fines del siglo pasado e inicios del actual.

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