Visita del Papa, política y elecciones

Dicen los que saben que en política no hay coincidencias. Por el contrario, en política lo que se hace y lo que se deja de hacer tiene una direccionalidad, es decir para influir en el poder “todo se vale”. Esto viene a cuento, por la visita del papa Benedicto XVI quién trae en sus maletas mensajes religiosos pero también una agenda política para defender intereses, no precisamente de Dios.

El papa Benedicto XVI viene en su doble carácter, por una parte de representante de la iglesia católica, pero también como jefe del Estado Vaticano, es decir por un lado trae un mensaje apostólico, que ojala sea pertinente para el momento actual y para los problemas que hoy tienen las comunidades de base eclesial, los fieles que padecen serios problemas no solo de pobreza sino de asuntos de fe, de credibilidad, cada vez más menguada.

Pero también viene con intenciones de posicionar temas que son evidentemente políticos. Los temas fundamentales de la iglesia católica son la familia, y las relaciones sexuales y el aborto, que se han tratado desde hace siglos como aspectos inmutables. En la realidad mexicana, son temas que han pasado por una evolución que ha costado esfuerzos, “sangre, sudor y lagrimas”, por sensibilizar al poder y los sectores de la sociedad, en decenas de años, por apenas transitar hacia el reconocimiento de los derechos fundamentales de mujeres y hombres.

El papa Benedicto XVI llega en pleno proceso político para renovar los poderes de la Unión. En este momento político, no se puede eludir el peso que tiene la presencia religiosa en grandes sectores de la población. Aun prevalece la orientación religiosa, entre vastos conglomerados como parte de una conducta que se expresa en lo político. Incluso, los ministros religiosos y sacerdotes se han encargado de posicionar.

Los jerarcas de la iglesia católica mexicana han dirigido sus baterías contra iniciativas que atentan contra la institución religiosa, con una beligerancia parecida a medidas inquisitoriales, lo que representa un choque de intereses, donde la iglesia se opone a los cambios, que sobre todo benefician a sectores de la sociedad.

Por ejemplo, la decisión de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal en 2007 de aprobar la interrupción legal del embarazo, antes de la décima segunda semana. Ello generó una movilización en más de quince entidades federativas, lanzando una auténtica “contra reforma” avalada por distintos partidos, que llegaron inclusive a modificar las constituciones locales, para “proteger la vida desde la concepción”.

Así mismo desde el púlpito se han lanzado con tal hostilidad contra el matrimonio entre personas del mismo sexo, con todos los derechos que ello implica, incluyendo los derechos individuales de adopción de hijos, que para un país con gran machismo y discriminación contra las personas de la diversidad sexual (LGBTTI).

Pero en el contexto nacional, la influencia de la iglesia católica está enderezada hacía la reforma del Artículo 24 constitucional, con la idea de que señale la “libertad de conciencia” lo que abriría una presencia cada vez mayor en la vida pública, con riesgos a reducir el Estado Laico, que implica una sana separación entre los asuntos del Estado y los actos de conciencia y fe de los individuos. El proyecto que está a punto de ser aprobado permitiría que se dieran actos religiosos en las escuelas y en los medios de comunicación, entre otros espacios públicos.

Esta es la moneda de cambio de la visita de Benedicto XVI, quién viene a subir los índices de las encuestas de los gobernantes afines y beneficiarios de su viaje. Es una reforma que es restrictiva para el conjunto de las iglesias, y es parcial y facciosa.

Es necesario que no se pierda la idea del Estado Laico. Este es un estado que centra su concepción democrática en los derechos humanos y que por tanto, se opone a toda pretensión de hacer del derecho vehículo para promover una sola moral, un solo estilo de vida, una única concepción de la persona, una única cultura. Hoy más que nunca es necesario refrendar su carácter incluyente, el componente laico del estado de derecho garantiza que todas las personas adscriban sus comportamientos al estilo de vida y a los códigos morales y culturales que sea su convicción seguir, con el único requisito de hacerlo en los márgenes del respeto a los derechos fundamentales. “A Dios lo que es dios, al César lo que es del César”.

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