La verdadera marcha del orgullo gay en el DF

Es mentira que este año habrá dos marchas del orgullo LGBTTTI en la Ciudad de México. Sí; habrá dos marchas de la diversidad sexual en junio –como seguramente más en el año-, pero la que se realizará hoy no merece ser llamada así por una sencilla razón: que el orgullo LGBTTTI no se conmemora cualquier día nada más porque sí.

 

 

por Alejandro Ávila Huerta

La madrugada del 28 de junio de 1969, en la Christopher Street de Nueva York, tuvo lugar la que el historiador estadunidense Byrne Fone considera la manifestación más espectacular de una nueva consciencia en el ambiente gay norteamericano hasta aquel entonces y de la que surge el activismo gay contemporáneo: la rebelión de Stonewall.

Tras muchos años de homofobia fortalecida por los gobiernos totalitarios durante y después de la Segunda Guerra Mundial, que dieron origen a esos grandes closets que son los bares gay y acostumbraron a sus clientes a respuestas dóciles ante el suceso cotidiano que eran las redadas policiales, la reacción esa vez fue diferente. Fone la relata así:

“La multitud fuera del Stonewall se hizo cada vez mayor, gritaba cada vez más alto y se volvía cada vez más desafiante. Las expresiones maliciosas se convirtieron en gritos de insulto, aumentó la hostilidad. Alguien lanzó una botella, rompieron un ventanal; llegó un vehículo policiaco, se intercambiaron golpes, se llevaron a cabo una serie de arrestos y de repente hizo explosión una sublevación.

Por primera vez que se recuerde en la historia de Estados Unidos, unos gays se habían negado a aceptar la ley que los enjuiciaba como ciudadanos de segunda clase, como enfermos, criminales pervertidos, que no merecían ser protegidos por la compasión de los rectos. En cambio, alguien gritó: “¡Quítame las manos de encima!””.

Los enfrentamientos se sucedieron por tres días. Al año siguiente se conmemoró el suceso con la realización las primeras marchas del orgullo gay de la historia en Nueva York (partiendo de Christopher Street y a lo largo de cincuenta y un calles), Los Ángeles y Chicago. Para 1971 ya se había extendido a varios países europeos.

Ocho años después, miembros del movimiento lésbico-gay mexicano –entonces conformado por el Frente Homosexual de Acción Revolucionario, el Grupo Lambda de Liberación Homosexual y Oikabeth- marcharon por primera vez en el Distrito Federal. Actualmente, el orgullo LGBTTTI se celebra en más de veinte países de los cinco continentes, tradicionalmente, el último sábado de junio.

Es obvio que lo que intenta recordarse del 28 de junio de 1969 es el hecho inusual y no el contexto. Que el grupo haya estado reunido en un bar (en el que, desde luego, se vendía música y alcohol) obedece a la cotidianidad impuesta por las condiciones sociales del momento. Si esto es lo que quisiera celebrarse, la fecha, sin duda, hubiera sido elegida al azar.

“(En los años veinte y treinta) la frontera entre el mundo gay y la ciudad heterosexual estaba menos marcada (…) Los años cincuenta y sesenta (y antes los años cuarenta y el periodo de la guerra) habían impulsado a la subcultura homosexual a una clandestinidad más rigurosa”, explica el sociólogo francés Dider Eribon.

Lo relevante, en cambio, fue la ruptura de esa cotidianidad. Señala el historiador norteamericano David Carter que el bar podía representar un centro comunitario, una casa, una oportunidad para la mafia para chantajear a sus propios clientes, un lugar de explotación y degradación, pero que el verdadero legado de la rebelión de Stonewall es la lucha por la igualdad de lesbianas, gays, bisexuales y transexuales.

Reducir el orgullo LGBTTTI a una cuestión consumista ha sido una estrategia del heterocentrismo para mantener débil al movimiento al permitir su integración limitada y condicionada, y ha sido tan lamentablemente bien lograda que incluso ha sido asumida por algunas personas LGBTTTI y aprovechada por otras.

Por eso el orgullo LGBTTTI ha sido tachado por la homofobia –interna y externa- de exhibicionismo, pero no se trata de estar orgulloso de ser LGBTTTI así nada más, sino de estar orgulloso a pesar de serlo en un ambiente que obliga a avergonzarse por ello. Y cada quien lo manifiesta de la manera que mejor le parece, porque aquí no hay representaciones más legítimas que otras mientras todas sean visibles. Pero hacerlo desde el desconocimiento de la historia es más que simplemente no hacerlo, es reforzar los estereotipos que tanto daño nos han hecho desde dentro de la misma población estereotipada.

No es necesario –tal vez ni siquiera deseable- que todas las voces se unieran en un mismo discurso, pero sí en el espacio que quizá sea el único cuya magnitud permite su coincidencia. Tampoco que se deje de lado el festejo por aquello que se ha logrado, pero sí que se recuerde lo mucho que falta por alcanzar. Entre la fiesta y la protesta, la situación en México todavía exige centrarse en lo segundo más que en lo primero.

Por eso es tan grave lo que el Gobierno del Distrito Federal, el PRD y algunos empresarios dirigidos a consumidores LGBTTTI hacen este año: usurpar un evento que por treinta y cuatro años ha pertenecido a la ciudadanía de la diversidad sexual mexicana, despojarlo de su significado y aprovecharlo con fines electoreros y comerciales.

Con los pretextos insulsos de la veda electoral y la ley seca –con motivo de las elecciones del 1 de julio, ya que la marcha este año se llevará a cabo un día antes, el 30 de junio-, Gilberto Ángeles (funcionario de la Secretaría de Turismo del DF), Jaime López Vela (fundador de Morena LGBT) y Jorge de la Rosa (dueño de antros LGBTTTI) se impusieron, a principios de año, como convocantes de un comité simulado que decidió, sin consultar, el abrupto cambio de fecha.

¿Pero qué tienen que ver las votaciones y el alcohol? Con la marcha, nada; pero con los intereses de estos tres personajes, mucho. Los dos primeros, cercanos a López Obrador y preocupados por el inminente rechazo de una buena parte de la población LGBTTTI al homofóbico candidato desde las elecciones pasadas, usarán el espacio para promoverlo con propuestas insustanciales. De la Rosa, y con él un puñado de comerciantes, se suman, además de por la ventaja de mantener buenas relaciones con el gobierno en turno, por la conveniencia económica de no perder ganancias debido a la restricción en la venta de alcohol.

Si bien en sus comienzos, la marcha mexicana del orgullo y el activismo LGBTTTI en general tenían un sesgo evidentemente socialista (que de acuerdo con el antropólogo mexicano Rodrigo Laguarda ahuyentó más posibles simpatizantes que los que congregó), el respeto a la afiliación de las personas LGBTTTI a diferentes partidos o a ninguno llevó a la apartidización de ésta y a delimitar la participación de éstos, situándolos al final del contingente, para escuchar propuestas, hacer campaña, pero no intervenir en la realización.

Que este año eso no sea posible es una cuestión circunstancial que no debe afectar a la conmemoración histórica, objetivo principal del evento. “Es hora de que respeten nuestras tradiciones”, dijo el coordinador de la marcha, Alonso Hernández, para referirse a los políticos. No estaría de más agregar en la sentencia a los comerciantes. E, incluso, a aquellos LGBTTTI que minimizan la lucha social (a la que, desde luego, no tienen que unirse si no quieren).

Esta mezcla de mitin electorero con fiesta empresarial será, seguramente, un éxito, gracias al apoyo discrecional e impune que la Sectur ha otorgado a esta movilización fantasma (según denuncia de la coordinadora de eventos de la marcha, Miranda Salman), así como a la gravísima ignorancia histórica del colectivo LGBTTTI mexicano, pues si a la población en general, los partidos la acarrean con tortas, gorras y delantales, a la LGBTTTI la acarrean con alcohol, conciertos y antros. Y siempre están los que caen.

Hay quien ni siquiera sabe de la existencia de la marcha legítima; hay quien sabe de ella y aun así comenta: “si la marcha se hubiera hecho el 30…”, dando por muerto el movimiento de quienes han decidido apostar por la historia y no por la diversión. No está mal que exista esta última, pero sí que se privilegie sobre la primera. No está mal que exista una fiesta –incluso si es electorera- de la diversidad sexual, pero sí que se le dé validez de manera engañosa con un nombre que no le corresponde. No está mal que no todos los LGBTTTI sean activistas, pero sí que desdeñen la labor que otros hacen por derechos que a ellos también les benefician.

En 1987, hablando de la rebelión de Stonewall, el historiador canadiense Barry D. Adam lanzó una frase que hoy, a cuarenta y tres años del suceso, sigue tan lamentablemente aplicable al caso mexicano como entonces al estadunidense: “Todo movimiento social debe elegir en algún momento qué debe mantener y qué debe rechazar de su pasado. ¿Qué características son resultado de la opresión y cuáles son auténticas y saludables?».

“Llegó el momento de que la comunidad decida en lo que cree”, parece que coincide De la Rosa, en una frase que, dada la situación, no puede entenderse más que burlona, pero con la que no se puede estar más de acuerdo. Sí, que lo decida, pero que lo haga no a partir del discurso del oportunismo y del tráfico de influencias, sino del conocimiento, de la información y de la educación, pero de una verdadera y no de ésa que se pregona en las postales que se reparten en sus antros, que parece aspirar a lo contrario: al desconocimiento, a la ignorancia y al mantenimiento de la violencia contra la población LGBTTTI desde la población LGBTTTI.

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