Temer al candidato

por Luis Frías 

Son ciertamente inexplicables. Sólo los psicólogos —particularmente los freudianos— alardean comprender sus motivos. Pero, por ejemplo, ¿cómo entender que una persona se ponga a temblar cuando ve acercársele un inocente conejo, como leí hace poco en un reportaje televisivo? Hay, desde luego, otro tipo de miedos, más razonables, como el miedo a las alturas, a los lugares cerrados, a las multitudes o miedo a la oscuridad. Estos temores se fundan en el hecho de que puede ocurrir un suceso peligroso. Dentro de estos miedos se ubica uno que no puede tener mayor pertinencia en estos momentos: la fobia a aquello en lo que podría terminar convirtiéndose el candidato por el que votemos, una vez que llegue a la silla presidencial.

Y es que, más allá de las razones que nos orillen a votar por uno u otro candidato, hay motivos fundados para temer por lo que puedan hacer una vez que lleguen a la presidencia.

Con todo y provenir de una familia de izquierda, tengo suficientes temores para votar por Andrés Manuel López Obrador. El primero está enraizado en su esencia populista. Lo peor de su populismo tiene menos que ver con sus encendidas arengas, que con el peligro real de que haga a un lado leyes e instituciones, argumentando que él sólo se guía por el sentimiento del pueblo —esa abstracción harto útil para enardecer las almas. Una de sus propuestas es muy inquietante: la ratificación del cargo presidencial cada 2 años, mediante referéndum. De aplicarse, es necesario pensar que precisaría de aplicar reformas no sé si constitucionales o simplemente legales, que pondrían en serio riesgo el principio de no reelección presidencial. Tal y como sucede en Venezuela. No es locura dar en imaginar que AMLO podría aplastar la estructura del IFE, esa institución de la que tanto desconfía y a la que tanto se ha dedicado a socavar.

Por su parte, más allá de que nunca me he identificado con ninguna ideología de derecha, Josefina Vázquez Mota me causa un temor fundado en lo que ha dicho sobre la estrategia de seguridad del presidente Calderón. Aunque, como se sabe, aunque no se identifica plenamente la corriente panista del presidente, ha mencionado en términos melifluos que continuará con la política asesina y sangrienta que estamos viviendo. Esto es escandaloso, porque lejos de ofrecer una reorientación de la política fascista del actual gobierno —centrada en legitimarse asesinando—, Vázquez Mota plantea continuar con una política fascista y violadora de derechos humanos, como se ha comprobado en el aumento de quejas contra el ejército ante la CNDH durante los años de la actual estrategia de seguridad nacional. Otra cosa que me da miedo de esta mujer conservadora es que está a favor de la vida desde la concepción. O sea que, por mucho que sus comerciales ofrezcan mejores condiciones de vida para las mujeres, su presidencia podría apoyar el encarcelamiento de las mujeres que, por ejemplo, decidan sobre su propio cuerpo al interrumpir su embarazo.

Finalmente, Enrique Peña Nieto despierta miedo por distintos motivos. Desde sus estrategias, que van de lo estrictamente publicitario a los acuerdos maquiavélicos con personajes impresentables, mediante las cuales ha llegado hasta donde está hoy en día, hay razones para pensar que gobernaría de manera absolutamente centralista, acumulando grandemente el poder y administrando para su bien los problemas, que no resolviéndolos. Pero quizá mi temor más grande consiste en que podría gobernar con ese machismo autoritario —harto gustado en el priismo— que ya demostró en el caso de San Salvador Atenco. Además, me pregunto, si el PRI regresa a Los Pinos, ¿cuándo permitiría nuevamente una alternancia? Para esta respuesta, hay que volver la vista a la historia nacional.

Acaso sea más por estos temores, que por sus plataformas políticas, que me encuentro en un dilema en torno a elegir por quién votar. Me consuela pensar que al menos he avanzado un poco. Sé que no votaría jamás por ese títere vergonzante de Gabriel Quadri.

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