Ese no es Presidente ¿es una puta de cabaret?


 por Raquel Ramírez Salgado

He asistido a todas las marchas organizadas en el Distrito Federal con el fin, a grandes rasgos, de manifestarse en contra del cerco informativo y, en una primera etapa, por la candidatura a la presidencia de Enrique Peña Nieto y después, por las irregularidades y abusos durante el proceso electoral llevados a cabo para beneficiar al abanderado del PRI. Durante el desarrollo de estas concentraciones ciudadanas es común escuchar frases que denotan enojo, tristeza, preocupación, decepción y hasta esperanza, pero debo decir, muchas de éstas con contenido sexista y misógino, por ejemplo:

“Que lo vengan a ver, ¡ese no es candidato es una puta de cabaret!” (Recientemente, en esta frase se cambió la palabra candidato por la de presidente). “Se busca, se busca (a Peña Nieto) por puto y prostituto”.

Para denostar a Enrique Peña Nieto, buena parte de las y los manifestantes pensaron que sería apropiado compararlo con una puta, con la más transgresora y vil figura simbólica de las mujeres, por lo tanto, al compartir la condición de vileza con la puta, Enrique Peña Nieto es indigno de ocupar la presidencia de la República. En términos pragmáticos, y hasta el momento de escribir el presente texto, no encuentro razón alguna para comparar al ex gobernador del Estado de México con las prostitutas.

Para empezar, Enrique Peña Nieto es un hombre poderoso, cobijado por los privilegios que su condición de género le da, igual que a los otros hombres que conforman su clan político, en contraste, las putas son niñas y mujeres víctimas de explotación sexual y aunque la situación de cada una varía, TODAS son oprimidas por un sistema (patriarcal y capitalista) que expropia sus cuerpos, placer, libertad y en muchísimos casos, la vida misma. Las putas están muy lejos de poder ser comparadas con los patriarcas que ostentan el poder, ya que la cosificación de ellas está planeada para satisfacer los deseos de ellos (significados social y culturalmente como parte de la masculinidad hegemónica, de esa que lastima, escinde y destruye). Presento un pequeño ejemplo de la anterior aseveración.

“Todas las niñas son unas putitas”, decía Jean Succar Kuri, el pederasta de origen libanés quien violó y explotó sexualmente a cientos de niñas y que fue denunciado valientemente por la periodista Lydia Cacho; este delincuente llamaba así a sus víctimas para justificar y legitimar la violencia de género ejercida contra ellas. Entre los “clientes” de la red de trata de Succar Kuri se encontraban Camel Nacif, Miguel Ángel Yunes y Emilio Gamboa Patrón, patriarcas poderosos, políticos y empresarios, convencidos de su legítimo derecho de acceder sexualmente a todas las mujeres (incluidas las niñas) sin importar que fuera a través de la violencia misógina.

Hagamos algunos cambios de puntuación y en lugar de exclamar “¡ese no es presidente es una puta de cabaret!”, preguntémonos “ese no es presidente, ¿es una puta de cabaret?”, y vayamos más allá, ¿realmente constituye una acción democrática pronunciarnos en contra de la imposición de Peña Nieto si nuestras aseveraciones llevan una profunda carga misógina? Si queremos transformar nuestra realidad debemos comenzar por cuestionarnos la manera en la que nombramos al mundo, tenemos que iniciar, mujeres y hombres, con el rechazo y deconstrucción de la desigualdad e injusticia primarias, es decir, las de género.

Ojalá que en las próximas movilizaciones ciudadanas (tomando en cuenta que vendrán tiempos políticos más álgidos y complejos) estén presentes contenidos no sexistas y respetuosos de la dignidad de todas las personas.

raquelramisal17@gmail.com

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