El desafío a la bestia

La movilización anti Peña Nieto, el repudio generalizado al PRI y a todo lo que representa, es el segundo golpe a la mirada ingenua que insiste en sólo ver un país de folclor y sumisión. Ya las redes sociales y los medios alternativos han dado cuenta no sólo de este primero de diciembre que quedó plasmado en la memoria de la resistencia.

por Guadalupe Lizárraga

Hay un México que se resiste a vivir sin libertad. Pese a que a los ojos del mundo persiste todavía la idea falaz de un país de colores y sabores frutales, homogéneo y con aspiraciones de prosperidad construido por los medios, hay una conciencia política nacida de la pobreza y de la represión y es la que cobra fuerza ahora para enfrentar a la bestia, esa cultura del PRI que ha hundido este país.

El primer golpe a esa mirada ingenua fue en 1994 con la declaración de guerra al estado mexicano por parte del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Este mundo indígena quitó el velo a los fantasmas del pasado colonial para mostrar a las víctimas vivas del despotismo caciquil enmarcado en un sistema de partidos rancio y corrupto desde su origen. Pero los medios, con sus periodistas más prestigiados y “objetivos” fueron hábiles para correr el velo de nuevo.

Frente a aquella realidad, están por cumplirse 19 años el 1 de enero de 2013. Los mismo años que lleva Ciudad Juárez padeciendo los feminicidios de sus hijas, los mismos años que lleva la maquilarizaciónexplotadora de la frontera norte impuesta por Carlos Salinas de Gortari, los mismos años que lleva la legitimación del combate al narcotráfico, mientras sigue su libre paso hacia Estados Unidos. Los mismos años, pues, que el PRI y el PAN se aliaron para formar un solo equipo depredador, al que se le unieron los demás partidos pequeños y los denominados de izquierda para llamarse “clase política”.

La depredación sigue viviéndose como un principio inalterable. Los funcionarios públicos y políticos que han logrado engancharse al erario en todo este tiempo han acumulado insaciablemente esa vaga noción, despótica por lo demás, llamada poder. Ahora son los que están enfrentandoa los hijos de quienes nunca han visto ni luz ni democracia, sólo odio.

En todos estos años que llevan el sello “salinista” sin importar el partido en el gobierno, México no ha registrado un solo período de tranquilidad o de felicidad pública. La década de los noventa se vio afectada por crisis políticas y económicas continuas, masacres y violaciones de derechos humanos marcados por la impunidad y disimulados por los medios de comunicación. En los años siguientes, sólo se intensificó lo que ya se vivía.

Los problemas con los pueblos indígenas no han cesado. Siguen siendo azotados con la misma violencia institucional, y todavía tienen que hacer frente a los narcotraficantes de la región para defender a sus hijas o esconder a sus hijos a fin de que no sean reclutados. Tiene que enfrentar grupos de choque como Antorcha campesina, brazo armado del PRI, con seres voraces, ignorantes y despiadados. Todo ello ha empujado a las comunidades a crear sus propios cuerpos de seguridad pública, al margen del estado, como los ejemplos que nos da La Montaña, Guerrero, con la Policía Ciudadana y Popular.

La movilización anti Peña Nieto, el repudio generalizado al PRI y a todo lo que representa, es el segundo golpe a la mirada ingenua que insiste en sólo ver un país de folclor y sumisión. Ya las redes sociales y los medios alternativos han dado cuenta no sólo de este primero de diciembre que quedó plasmado en la memoria de la resistencia. Han sido ocho meses consecutivos de informar lo que es esta cultura de odio, corrupción y muerte para México, un monstruo que sostiene con una de sus garras el rostro ahora de otro pelele, el de Enrique Peña Nieto.

Los medios, simulando ser objetivos,se han visto obligados aregistraraunque sea parcialmente esa información para no perder su posicionamiento, pero no han cedido a la oportunidad de quedar bien con la bestia en cada hecho de represión, en cada desaparición forzada, en cada asesinato o ejecución de opositores y activistas de derechos humanos.

La revista Proceso llama “disturbios” a algunos de los hechos del primero de diciembre, por ejemplo, cuando se trata de una represión política y flagrante violación de derechos humanos injustificable. Otros medios se refieren a los manifestantessimplemente como “vándalos”, “delincuentes”, y la creatividad del lenguaje se esparce digital y televisamente para descalabrar otra vez a la ciudadanía activa. Y podemos analizar cada uno de los medios, esos distractores que dividen lo bueno y malo según de donde provengan sus ingresos y en los que confía la masa ciega e ingenua que ve todavía esperanza en el botín que se devora la bestia.

Lo rescatable no sólo para la memoria histórica, sino para vida en presente, es esa resistencia a no perder la libertad. Es ese México compuesto por los jóvenes y mayores que al salir de la cárcel por manifestarse contra la imposición de Peña Nieto se sienten orgullosos de su valentía, de sus marchas, de esas frases de lucha escritas en una cartulina, que a través de las redes hacemos nuestras. La organización de las comunidades indígenas, el registro de un acto contra la impunidad y la corrupción política, un video que informa al mundo de la realidad que manipulan los medios.Una voz que se alza para gritar ¡basta! Todas estas acciones, por minúsculas que parezcan son sintomáticas del futuro que ya estamos pisando. Todo esto es parte de la revolución que se desata paulatinamente en firme desafío a la bestia.

Ésta es nuestra lucha por preservar libertad. Sin armas, sin mentiras. Con herramientas digitales y solidaridades anónimas e incondicionales.

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