El héroe que comía carne humana

Mientras los periódicos vendidos escribían párrafos interminables como el anterior, la famosa “Bola suriana sobre la muerte de Emiliano Zapata” rodaba y rodaba por el territorio nacional, contando que “ya murió Zapata, y era Zapata un valiente”, sin que el gobierno carrancista pudiera evitarlo.

 Por  Tania Meza Escorza

En el México de hace 94 años, cuando la comunicación clandestina tenía en los corridos revolucionarios a uno de los más potentes abuelitos de las redes sociales, Emiliano Zapata, el máximo caudillo de la revolución, fue asesinado el 10 de abril de 1919 en una emboscada planeada durante meses por el gobierno de Venustiano Carranza. Pablo González dirigió en Chinameca la acción que ultimó a Zapata y a varios de sus generales.

Su muerte fue ampliamente comentada por la prensa al servicio del gobierno, quien se refirió al hecho de esta manera: “Cuando cae un héroe un hálito de tristeza recorre el territorio nacional; cuando cae un bandido un suspiro de satisfacción se escapa de todos los pechos, aún de sus propios cómplices que se ven librados de la tiranía del que los manda. ¿Quién siente ahora la muerte de Emiliano Zapata?, nadie, pues no hizo el menor bien, ni dejó la semilla de la gratitud en ningún pecho de mexicano”.

Mientras los periódicos vendidos escribían párrafos interminables como el anterior, la famosa “Bola suriana sobre la muerte de Emiliano Zapata” rodaba y rodaba por el territorio nacional, contando que “ya murió Zapata, y era Zapata un valiente”, sin que el gobierno carrancista pudiera evitarlo.

La máxima que aún rige a muchos medios de comunicación sobre “quien paga, manda”, se dejaba ver al extremo en el periódico “El demócrata”, en abril de 1919: “La prensa de todos los matices y colores, ha desparramado la noticia de la muerte, en acción de guerra, de ese Moloch sombrío y taciturno, de ese temible santón que, como las divinidades aztecas, desde las oscuras estrías de una húmeda cueva, o en las más intrincadas espeluncas (sic) de la sierra, se alimentaba de carne humana, recibiendo con júbilo salvaje las noticias que le llevaban sus secuaces, de un pueblo incendiado, de un ingenio de azúcar destruido, de un tren volado con dinamita…”

Más aún, resultaba común que la prensa de la capital se refiriera a Zapata como “El hombre-bestia” (de acuerdo con el libro “Emiliano Zapata”, elaborado y editado por la Comisión Nacional para las celebraciones del 172 aniversario de la Independencia Nacional y 75 aniversario de la Revolución Mexicana).

Aunque en 1919 casi todos los diarios y semanarios mexicanos hicieron escarnio del asesinato del General Zapata, “El demócrata” es una referencia obligada debido a la saña vertida en sus páginas: “El sempiterno revolucionario del estado de Morelos, el descontento de todos los regímenes gobernativos, el eterno cabecilla que infundió pavor por su ferocidad y se hizo temible por su sagacidad, ha sido la nota culminante en la larga y tenebrosa historia del zapatismo y el epílogo natural de una vida llevada en perpetua agitación y rebeldía aún contra los actos más rudimentarios de agitación y de orden. La historia del zapatismo, que trasciende a leyenda, por lo espeluznante de las hazañas que la componen; que parece irreal por la enorme magnitud de su salvajismo; que resulta inaceptable por los cerebros normales y para las rectas conciencias que no alcanzan a concebir cómo pudieron suceder tantos atentados a la vida y a la civilización, ha tenido su tradicional epílogo –repetimos– en la trágica muerte del ‘dueño y señor’ de las montañas surianas; del ‘amo y dueño’ del rico estado de Morelos. Zapata con la personalidad y representación que durante sus propias hazañas; con la historia de todos sus crímenes; con la cauda de ferocidad y salvajismo que fue prolongación de su vida, adquirió tanto relieve y revistió tal importancia en el país, que su trágico fin es por ahora, la noticia del día.

“Emiliano Zapata, ‘Atila del Sur’, semejante por sus crímenes al rey de los Hunos que saqueó a Roma; Zapata, el errante merodeador que desde1910 conmoviera a la República en las montañas de Morelos y llenara de luto tantos hogares; Emiliano Zapata, superior en sus atentados al Atila legendario; Zapata, el destructor de Morelos, el volador de trenes, el sanguinario que bebía en copas de oro, por su idiosincrática cobardía personal, a quien tantas veces ha matado la crónica periodística, pagó ya su tributo a la Naturaleza”.

Por aquellos años, sólo el periódico independiente “Omega” lo calificó más que como un hombre o caudillo, como un símbolo, pero otros medios al servicio del gobierno carrancista participaron deliberadamente en el linchamiento de la imagen del recién asesinado Emiliano Zapata. Algunos titulares sobre la noticia de su muerte fueron: “El sanguinario cabecilla cayó en un ardid sabiamente preparado por el General Don Pablo González”, “Para los hombres de orden y trabajo: protección y garantías; para los transtornadores y rebeldes: inflexible y ejemplar castigo”.

Sin embargo, esta situación no bastó para que apenas 12 años más tarde, el 2 de octubre de 1931, la Cámara de Diputados aprobara una iniciativa para que su nombre se inscribiera en letras de oro en el recinto del Congreso.

Por más que el gobierno y la prensa a su servicio se esmeraron, nunca lograron convencer a la gente de a pie (sobre todo a pobres e indígenas) de que Zapata era “El hombre-bestia” que comía carne humana. Para 1931, el antiguo bandido era ya un caudillo revolucionario, pilar fundamental de los contenidos agrarios en la Constitución de 1917. Una vez más, la prensa corrupta se había cubierto de vergüenza y debió rendirse ante el nombre del Jefe Zapata.

@taniamezcor

FB: Tania Mezcor

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