PARTO RESPETADO, un TEMA PENDIENTE en HIDALGO

Estamos en la Semana Mundial del Parto Respetado (14 al 20 de mayo), iniciativa que nació en 2004 gracias a la Asociación Francesa por el Parto Respetado (AFAR), que desde entonces se replica en distintos países con un objetivo principal: visibilizar el modo en que se atienden partos en todo el mundo y exigir el cumplimiento de derechos vinculados al nacimiento.

En Latinoamérica, el movimiento de parto respetado está encabezado por La Red Latinoamericana y del Caribe para la Humanización del Parto y el Nacimiento (RELACAHUPAN), constituida de redes nacionales, agrupaciones y personas que proponen mejorar la vivencia del parto y la forma de nacer.

Entre sus acciones promueven la posibilidad de dar a luz en la propia casa y valoran también los nacimientos respetados donde se consideren las necesidades emocionales de la madre y el bebé. Con esos objetivos en su agenda, cada año se abordan temas como la episiotomía (incisión quirúrgica que se hace en el perineo para acelerar la salida del bebé), las posiciones para parir, el tiempo para nacer, el entorno amoroso durante el parto, la inutilidad de la separación del bebé de su madre o padre, la disminución de las cesáreas innecesarias, el parto y la economía y el derecho de elegir dónde, cómo, cuándo y con quién parir  y nacer.

Aunque las propuestas de este movimiento representan los deseos de miles de mujeres, hay todo un grupo de médicos e instituciones que obstruyen la vivencia plena de un momento tan trascendente en la vida de quienes deciden ser madres y sus hijos(as).

Tan sólo en Hidalgo, en los últimos tres años y medio se iniciaron 15 quejas en contra del personal médico, una en contra de un director y dos en contra de especialistas, que laboran en la Secretaría de Salud de Hidalgo (SSH) y hospitales de la Secretaría de Secretaría de Salud federal. Sin embargo, existen aún muchas historias violentas que las mujeres no cuentan y mucho menos denuncian.

Sarai

Eran las 2:00 a.m. a finales de noviembre del 2019 y Sarai, de 32 años, desprendió el tapón mucoso, signo del comienzo de trabajo de parto. Llamó a su partera y quedaron de verse en una casa de partos, en Pachuca. Se encontraron a las 6:00 de la mañana y la partera la revisó. Tenía un centímetro de dilatación.

Tenía mucha ilusión de tener un parto natural.

El proceso fue lento; estuvo tres días en trabajo de parto. “Siendo primeriza me costó mucho trabajo llegar a nueve de dilatación. Había mucho estrés por todo lo que estaba pasando yo, pero a la vez tenía mucha ilusión de tener un parto natural, de que mis seres queridos, incluida mi pareja, me acompañaran en todo momento, de que yo no recibiera medicamentos ni estar en el hospital. Sin embargo empecé a perder ritmo en las contracciones, lo que comenzó a complicar las cosas”, cuenta Sarai.

Tras el espaciamiento de las contracciones, acudió dos veces al hospital para revisar sus signos y todo marchaba bien, así que decidió continuar con la partera. “De repente ya estaba muy cansada y comencé a dejar de tener contracciones, así que el equipo de parteras me recomendó acudir a un hospital. Esto me puso muy triste porque realmente quería un parto ahí”.

Primero fue con un médico particular, quien, al notar la dilatación, le sugirió ir a la Clínica 1 del IMSS, la que le correspondía. “Desde que llegué recibí un trato bastante inhumano. Puedo entender que tengan una cantidad de trabajo que los rebase; sin embargo, siento que no tienen la sensibilidad para lidiar con las mujeres en este proceso. Después de estar en casa, con un equipo y familia que me animaba a llevar adelante el parto, llegué y me enfrenté con que estaba sola. La doctora en turno me hizo el tacto, yo le conté que llevaba días con el trabajo de parto, que estaba muy cansada. Me pusieron una bata y me pasaron. Entré en una especie de trance con mi cuerpo y lo que ocurría. Había practicantes, enfermeras, médicos, todos pasaban y me hacían el tacto, ¡Fueron quizá unas seis veces!”, expresa Sarai.

Nadie revisaba si bajaba el bebé, si continuaban las contracciones. No se detenían a estar conmigo, parecía que con el tacto querían solucionar todo.

Sarai ya quería que naciera su bebé, sintió cómo rompió fuente y con las sábanas de la camilla hizo una especie de lazo para jalar sus rodillas hacia hacia su vientre y así acortar el canal vaginal. Un practicante pasó por ahí y se acercó a ella para decirle que iba muy bien, pero que debía pujar. Sarai le dijo que ya había roto fuente, entonces el pasante quiso volver a hacerle el tacto, ella se negó y él le explicó que no la pasarían a expulsivo hasta que coronara.

“Por fin pude coronar con ayuda de la sábana y de este pasante. Ya en la sala de expulsión, como tardé en tener una siguiente contracción para pujar, me pusieron oxitocina y presionaron mi vientre. Nació mi bebé. Yo estaba muy cansada, creí que había muerto”.

Había sufrido un desgarro a causa de la maniobra de Kristeller.

Sarai escuchó el llanto de su bebé, quien tuvo problemas respiratorios. Se lo llevaron sin decirle ninguna palabra de aliento. Tampoco le informaron que había sufrido un desgarro a causa de la maniobra de Kristeller que le fue practicada (misma que se considera violencia obstétrica); lo supo hasta que, a falta de anestesia, sintió que la cosían.

«Me quedé dormida del cansancio. No supe de mi hijo hasta el otro día. Tampoco mis familiares había recibido información, eso fue muy desesperante».

Al final, Sarai comenta que se siente tranquila del trabajo que hizo consigo misma, con su cuerpo y mente, para tener un parto vaginal a pesar de todo lo que ocurría a su alrededor. «Lo que nunca olvidaré es que, aunque había todo un cuerpo de médicos y enfermeras, me sentí sola y desprotegida. Tenía miedo. A pesar de todo eso, logré el parto vaginal, pero me hubiera gustado que las circunstancias fueran distintas».

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