La’ Yume’ Num T’ox Muk’ Il In Tial


(Supongo que tengo que comenzar por disculparme: apenas la semana pasada, firmaba un artículo titulado Nunca tengas ídolos, y hoy, tengo que aceptar que aún sigo teniéndolos: uno de ellos, es Óscar González Loyo, guionista y dibujante mexicano de cómics, creador de «Karmatrón y los Transformables» quien, este domingo 7 de febrero, falleció por complicaciones de salud a causa de un paro cardíaco… así que, de antemano, ustedes perdonarán la doble moral… pero no podía dejar de escribir al respecto de esto…)

Óscar González Loyo es un nombre fundamental para entender el noveno arte hecho en México… Aunque su trabajo comienza en los 70’s, su legado se forjó en 1986, cuando por fin logró publicar de manera independiente su magnum opus: con una industria llena de enormes competidores y siempre con un dejo de malinchismo entre sus consumidores del segmento superheroico, lanzó Karmatrón: un cómic de fantasía y ciencia ficción donde González Loyo hablaba de filosofía, ciencia, física, y esoterismo; pero sobre todo, combinaba magistralmente la mitología maya y la budista para representar la lucha existencial entre el bien y el mal… durante seis años, hasta 1991, publicó su saga contra viento y marea. Loyo afirmaba que, en su punto más popular, llegó a vender 100 mil unidades semanales… sin embargo, 298 ejemplares después, Karmatrón finalmente llegaría a su fin por problemas económicos, dejando la historia inconclusa…

No obstante, el talento y la carrera de Loyo aún lo mantendrían ocupado: llegó a ser director de animación de Plaza Sésamo Latinoamérica, y en el año 2000 llegó a EUA a formar parte del equipo de ilustradores del cómic de Los Simpsons, «Bart Simpson’s Treehouse of Horror» equipo con el cual se convirtió en el segundo mexicano en ganar un premio Eisner (el más prestigioso dentro del noveno arte), para finalmente, dedicarse de lleno a ¡Ka-Boom!, su propio estudio editorial durante estas últimas dos décadas.

Oscar González debería ser una leyenda de las industrias culturales en México. Sin embargo, hoy en día, somos una minoría quienes recordamos su nombre y el tamaño de su legado… algunos fanáticos en el mundo friki, incluso lo hacen de manera despectiva, acusándolo de plagiarle sus personajes a la popular saga de Transformers, y porque, en casi 300  números, una vez usó casi calcada una mítica portada de Dr. Strange (elemento que el autor siempre afirmó que era homenaje)… grupúsculos han arrastrado su nombre bajo estos dos argumentos, como si los grandes gigantes del cómic estadounidense no se hubieran abierto paso hacia la cima de la popularidad de la misma manera (¿Quién se quiere animar a hacer el recuento de todos los plagios, licencias creativas y adjudicaciones de créditos ajenos, en los que incurrió Stan Lee durante toda su carrera en Marvel?).

Karmatrón no solo luchó contra esa doble moral, contra el menosprecio que tuvo la industria del cómic hecho en México a partir de los ochenta (aunque, debido a la vulgarización en muchísimos de los subproductos que querían explotar públicos adultos, a veces dicha desestimación fue justificada, por doloroso que sea aceptarlo); más allá de ello, fue un proyecto admirable por cómo mantuvo el ritmo frenético de publicación semanal de forma independiente; por cómo, entre sus guiones filosóficos para niños y niñas, no dejaba de publicar con más frecuencia las dificultades que tenían para que les alcanzara para pagar el tiraje, y cómo se mantuvo en pie de guerra contra una competencia que estaba por aplastarlo con el arribo a México de las licencias superheroicas adquiridas por Editorial Vid en el mismo periodo de tiempo.

Pero, más allá de la lección de supervivencia en la industria, Karmatrón trascenderá por que tocó de manera profunda y emotiva, la niñez de toda una generación de frikis nacionales quienes, seguramente, compartimos historias y recuerdos muy similares:

Karmatrón está asociado a los momentos de felicidad de mi niñez: Karmatrón no solo fue mi primer cómic superheroico y mexicano: fue mi favorito… Karmatrón está en esos momentos en que mi tía me tomaba de su brazo y me llevaba con una sonrisa al puesto de revistas religiosamente cada 7 días… Karmatrón también me lleva a esos momentos en que mi madre llegaba en la noche de sus dos trabajos y aun así me dedicaba esos momentos de su triple jornada a coser mis títeres de cartón de los personajes que venían al final de cada número… Karmatrón me remonta a esos momentos donde jugaba luchas con mi papá y yo no dejaba de repetir las frases del Manual del Guerrero Kundalini para inspirarme valor antes de la férrea batalla y brincarle encima… Karmatrón forjó y reforzó mis valores, y me hizo consciente de lo hermosa que es la historia y cultura de México, la ciencia, la fuerza de la mente, la importancia del equilibrio emocional, del mal del negativismo en tu vida… o simplemente, me daba horas de diversión con una emocionante y reflexiva space opera llena de robots gigantes y viajes místicos…

Óscar se ha ido, pero mi conciencia de fan está tranquila… 20 años después de esos momentos, lo pude conocer: Una vez asistió como conferencista a la universidad donde soy catedrático. Me escapé de la clase de posgrado que estaba impartiendo (en plena evaluación final), para mostrarle aquel póster conmemorativo del número 200 que tenía casi dos décadas pegado en el que era mi cuarto en casa de mi madre, y quedó genuinamente sorprendido de ver que era el original del 1989… me sonrío y me dio la gracias… lo abracé y le di las gracias de vuelta, por hacer que, durante 5 años, cada 7 días, en 32 páginas, me llevara a otros mundos, y por ser el recuerdo fantástico más grande de mi niñez y uno de los que más me impactó positivamente.

Gracias por todo Óscar. Gracias por dejar una marca imborrable en mí…  incluso en tu muerte, has vuelto a tocar mi corazón: cuando comencé a escribir este texto, por un momento creí que contigo se había muerto una parte de mi niñez; en cambio, hiciste tu magia nuevamente, y lograste algo que, durante muchos, muchos años de mi juventud, me era imposible hacer: recordar mi infancia con una enorme sonrisa…

De todo corazón, deseo que la filosofía Kundalini que predicabas al final de cada número sea cierta, y que tu espíritu trascienda a las estrellas…

“Gracias Óscar, por concederme lo que has dicho, y repartir a todos tu energía, sin esperar recompensa a cambio…”

… La’ Yume’ Num T’ox Muk’ Il In Tial.

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