Tiene catorce años y LLORA por su BICICLETA


Tiene catorce años y está llorando. Pero no por haberse caído de la bicicleta, sino porque, al caerse, se rompió la cadena de esa vieja y oxidada bicicleta. Pero no llora porque se rompió la bicicleta, sino porque así no hay cómo terminar de repartir las tortillas que tiene encargadas. Tiene catorce años y trabaja porque en su casa no rinde el dinero. Su mamá es dependienta en una pollería en el mercado primero de mayo. Su papá es viene viene en un Soriana. Su hermano tiene diez años y nunca ha probado, nunca le han comprado, porque nunca se ha podido, una pizza, aunque sus amiguitos le cuentan. Llora, pero no por su rodilla hinchada ni los codos que le sangran. Llora y pregunta que en cuanto costaría reparar la bicicleta. No es suya, es de la vecina que se la presta para trabajar. Si fuera suya igual ahí la dejaría, pero no es suya sino que se la debe a la vecina que de buenas se la prestó, ¿y ahora?. Una vez tuvo la suya pero se la robaron. Quien sabe quién. Un vecino, alguien que no sacó ni cien pesos si es que la remató como fierro viejo. Era chiquita, más chiquita, y ahí andaba. Va en tercero de secundaria. Lleva nueve de calificaciones. Quiere ser maestra. De kinder, quiere ser. Dice que quiere inscribirse en el Cecyteh de Punta Azul. Por eso hay que trabajar. Hay que ayudar. Lo que gana va para su casa, en lo alto de Piracantos. Para su familia que no se rinde. Que trabaja y no sabe de edificios millonarios, concesiones millonarias, bardas millonarias ni compras de equipos de fútbol. Sólo trabaja y se forjan la vida con sus propias manos. Por eso llora, porque depende de sí misma y estudia sin beca y nadie le pagará lo que hoy dejó de repartir. Llora por su bicicleta. Llora porque quiere andar, seguir, y no puede. Tiene catorce años.

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