Zack Snyder’s Justice League: la comunión del arte y la industria


Antes que nada, es necesario aclarar algo: esto no es una mera crítica, ni un recuento de la historia del movimiento “#ReleaseTheSnyderCut” (ya hay muchos caracteres escritos al respecto y algunos muy completos y muy bien estructurados) esto, es una explicación del porqué, lo que vimos este 18 de marzo en servicios VOD alrededor del mundo es, más allá de si te gustó o no, un hito en la historia de la industria del cine:

Si alguna vez has leído las listas anuales que te presentamos aquí sobre lo esencial de cine de cada año, tal vez hayas notado que por muchos años hacíamos dos listas: una de cine más “comercial” y otra de cine “autoral” y de fines más artísticos.

Dicha decisión no era gratuita: no podemos juzgar de la misma manera todos los productos de cine. Sería injusto y eso haría que cada producción perdiera puntos al ser tratada bajo cánones básicos (y a veces enfrentados) para cada enfoque… para bien o para mal, el cine no debería juzgarse unilateralmente.

Para empezar, porque el cine (al igual que todas las artes que han requerido apoyarse de las industrias culturales para poder alcanzar a las grandes masas y dejar de ser solo “alta cultura”) no puede tampoco verse de manera universal: es preciso entender al cine como arte, y al cine como industria. Y hay que aprender a entender, valorar, respetar, y jugar dentro de cada uno de esos enfoques.

El cine como arte es una expresión, una postura y una declaración de principios apoyados en la estética audiovisual. No conlleva compromisos más allá de generar emociones y pasiones ante quienes lo miran… es muy, muy difícil conceptualizar el arte – qué lo es y qué no lo es – pero creo firmemente que sí hay una premisa para delimitarlo: aquello que no te mueve, que no te emociona, que no te genera una reacción, no es arte.

El cine como industria, es precisamente la entrada de la cinematografía en aquello que Theodore Adorno denominó la industrialización y reproducción masiva del arte, apoyado en los medios de comunicación, con la intención de alcanzar a las masas.

Purismos (o más bien puritanismos) aparte, los cierto es que ambos enfoques se necesitan. El arte no debe quedarse en círculos elitistas de pequeñas burguesías, porque entonces solo promueve el clasismo y la desigualdad social; mientras que las industrias cultuales necesitan del arte, porque sin éste, entonces sus productos se vuelven vacíos, sin significado alguno, lo cual se traduce en una perdía de valor comercial.

Así pues, el cine como arte, debe enviar un mensaje y tocar emociones sin mayores miramientos…   el cine de entretenimiento, aquel que se rige por los cánones de la industria, debe ser, ante todo, divertido y redituable.

No es que uno no pueda conllevar ciertos elementos del otro, pero nunca como prioridad: no debemos sorprendernos entonces que el primero se quede en nichos, no sea objeto de adoración de millones y muchas veces, suela pasar desapercibido para las grandes masas… Por ende, tampoco, debería sorprendernos que el segundo, se diseñe como un negocio ante todo, y que sus participantes tengan que estar conscientes, de que deberán sacrificar una visión artística ante “lo que les guste a las mayorías” porque el dinero es la piedra angular.

Pero, ¿qué tiene que ver el paradigma de los dos cines, con un tipo, tan odiado como alabado, dirigiendo una historia de cinco vatos y una morra repartiendo madrazos a diestra y siniestra?

Zack Snyder es un director forjado en las industrias culturales. Es innegable que su talento reside en la comercialidad y en el entretenimiento, en el espectáculo visual y su eficaz uso de efectos especiales… juzgarlo como juzgamos el trabajo de Ingmar Bergman, de Stanley Kubrick, o de los hijos del Dogma 95, sería francamente ridículo (a pesar de que sus críticos no le perdonan al estadounidense lo que obvian en el resto del cine)… pero, aun dentro de la inherente comercialidad de su trabajo, ha intentado construir un sello autoral, usando precisamente las herramientas de las industrias culturales, de ahí que su estilo visual recargado, una dirección de arte inmaculada y un soberbio uso del phantom, sean su principal sello; tal vez a mucha gente podría ya parecerle cansino, pero Snyder se ha ganado el derecho de usarlo, al ser quien lo masificó y perfeccionó desde su segunda producción, 300… pero nada de esto parece importarle a la gente que lo lapida: a Snyder se le ha atacado y juzgado desde una perspectiva injustamente universal (juicio que no recibe el resto del subgénero superheroico, por ejemplo).

Todo nos lleva a este 18 de marzo: el estreno mundial de la “Zack Snyder’s Justice League”, un hecho que hoy podemos clasificar como un hito histórico dentro de la industria del cine… ¿Por qué?  Simplemente, porque esta producción significa la consolidación del gran derrumbe del paradigma de “los dos cines”:

Cuatro horas de metraje, donde Snyder, libre de las exigencias, inseguridades y preocupaciones meramente financieras de los ejecutivos de estudios que creen que sus audiencias son “estúpidas”, dio rienda suelta a sus sueños más salvajes y delirantes, para plasmar su visión sobre los dioses entre nosotros, la santísima trinidad del noveno arte, y el grupo de defensores de la tierra que se reunieron por primera vez hace 60 años bajo la pluma de Gardner Fox. Una visión completamente autoral, y con una historia que combina magistralmente muchísimas influencias e historias de los personajes que representan iconos de cultura de masas; con un perfil excelentemente ejecutado de sus protagonistas y borrando de golpe los chistes forzados y primeros planos a los traseros que el estudio demandó en 2017 para vender más.

Snyder, entrega una trama desarrollada parsimoniosamente, con un nivel de construcción de personajes que no se logra casi nunca en el cine comercial; con secuencias de acción imposibles y sin tener que requerir ediciones para el PG-13 (que siendo honesto, la edición siempre ha sido la gran debilidad de Snyder: todas sus películas son mejores en sus versiones extendidas, porque no parece tener la capacidad de contar una historia en menos de 120 min… de si esto es un defecto o no, depende una vez más del ángulo: lo mismo podríamos reclamarle a muchos grandes del cine autoral / de arte).

Contrario a lo que sus haters dicen de que “no conoce a su material de origen”, este trabajo demuestra que no podían estar más equivocados: este corte exhibe influencias en la construcción de personajes, escenarios, tramas y hasta de viñetas convertidas en tomas, que homenajean, respetan y están inspirados en trabajos de Grant Morrison, Geoff Johns (sí, el mismo que le puso el pie en el corte original), Dan Jurgens, Frank Miller, Gail Simone, Brian Azzarello, George Perez, Marv Wolfman, Tom Taylor, John Byrne, Jack Kirby, y un inmenso etc..

Su corte es todo lo que podrías esperar de un producto nostálgico que te remonta a tu niñez y te toca para reactivar tu inocencia perdida en la vida adulta prediseñada; es inmensuradamente épico y emotivo hasta las lágrimas (nadie que no esté muerto por dentro puede dejar de emocionarse con la secuencia de las amazonas, con los paralelismos del first flight de Superman, o las escenas en el clímax de Flash y Cyborg); perfectamente ejecutada, intensa, divertida, profunda, visualmente abrumadora, reflexiva y que, 242 minutos después, increíblemente te deja queriendo más…

Hoy, aquellos ejecutivos inseguros y codiciosos que negaron una visión artística, están en un predicamento y con sus trabajos en riesgo: los primeros 40 minutos del filme son suficientes para que no quepa en la lógica de nadie, que alguien pueda creer que lo que sucede en nuestras pantallas no merecía aparecer en cines…

Sobre si es ésta la mejor película de DC o de superhéroes en general jamás hecha, aún no lo sé (la película no es perfecta: sí existen un par de subtramas que pudieron agilizarse, y los últimos 20 minutos son puro fanservice – aunque uno muy, muy bueno –): en el momento, sí me parece insuperable… pero entonces, vuelvo la vista y ahí está, en su eterno pedestal, esa obra maestra atemporal llamada Watchmen (adivinen quién es el director de ésta, por cierto)… pero lo indudable, es que fue una espera de 4 años que valió cada maldito segundo y que, sin lamentaciones, tuvo el camino que tenía que tener: si no hubiera sido por todo el drama, manoseo comercial y tragedia del 2016 y 2017, nunca hubiéramos tenido en formato libre y sin concesiones, esta épica cinematográfica.

Pero al final, si te emociona tanto como lo hizo conmigo, si te gusta o no, será, como todo el arte, totalmente subjetivo… pero lo cierto, es que más allá de si lo amas o lo odias, este filme ha terminado por romper un paradigma: Snyder ha consolidado un movimiento que ha decidido borrar la línea del entretenimiento y el arte; ha establecido que ambos conceptos No están peleados, que se puede crear algo maravilloso y pasional, y aun así, puede seguir siendo un muy buen negocio…

En la última década, pudimos ver algunos ejemplos de quienes comenzaron a patear la puerta que hoy Snyder ha terminado de derribar:  The Shape of Water de Guillermo Del Toro, The Revenant de Alejandro González Iñárritu, The Irishman de Martin Scorsese, The Witch de Robert Eggers, el nivel de libertad narrativa que han logrado en sus últimas producciones Fincher, Nolan y Villeneuve, son solo algunos ejemplos de productos tan cinematográficamente hermosos, como redituables. Pero hoy, esta comunión ha alcanzado lo imposible, ha llegado y triunfado sobre el lado más puramente “superficial” y fríamente comercial de la industria: el cine de superhéroes.

No hay nada de malo en quienes quieren solo divertirse. No hay tampoco nada de malo en quienes esperan que el cine, debe ser un postulado artístico pasional que rechace la comercialidad… pero hay un mérito enorme y un paso más lejos de lo establecido, en quienes crean algo que logra quedar bien con dios y con el diablo.

Hoy, los y las cineastas deben entender que no importa de qué lado juegues, ya sea del arte puro o de la industria total, no necesitas perder tus valores, ni sentir que te traicionas; que está bien divertirse, pero que está mejor si logras hacer algo profundo, y que siempre debes defender con pasión tu obra…

La Liga de la Justicia de Snyder es un triunfo de quien sigue viendo arte aun en el negocio. Un triunfo de las y los creadores sobre los emporios. Un triunfo de un grupo de fans que sabían que había algo mejor que el producto que nos entregaron y deciden que no pueden conformarse con las viejas prácticas de que “el mercado sabe más que tú lo que quieres”.

Nos ha comprobado que la visión autoral / artística, también “vende”, que la industria debe respetar a sus creadores y creadoras, debe abrazar la diversificación de ideas, de formatos, de gustos, de sociedades y cosmovisiones, e incluso, de formas de ver el cine.

El arte también puede ser redituable, y la visión de negocios No tiene que carecer de ética y corazón… El cine, hoy al igual que siempre, No debe tener límites…

“Make your own future. Make your own past. It’s all right now”:
Bienvenid@s al futuro del séptimo arte…

#RestoreTheSynderVerse

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