La SÚPER LIGA europea y el CRACK que viene (NO ES un artículo de FÚTBOL)


LOS DOCE EQUIPOS DE FÚTBOL MÁS RICOS DE EUROPA se unieron para crear un torneo sin regulaciones. Es decir, ya no serán regidos por organizaciones como la FIFA (y su filial europea, la UEFA), tanto para asuntos de disciplina deportiva y, sobre todo, económica. El nuevo dirigente de esa Súperliga, Florentino Pérez (presidente del Real Madrid y del monopolio de la construcción ACS), dijo que no están de acuerdo con la manera en la cual la FIFA y la UEFA manejan el dinero y por eso harán su propia competición. De tal modo, ahora las ganancias generadas por los torneos como la Champions League será repartido entre estos clubes, sin darle un centavo a los organismos reguladores, los cuales siempre se quedaban con una buena tajada por derechos comerciales, de transmisión televisiva y de inversiones de empresas externas.

Pero, los clubes no están solos. Detrás de esta decisión se encuentra el banco estadounidense J.P Morgan, el cual ha confirmado que está respaldando la creación de la Súperliga con una inversión de cuatro mil millones de dólares, mismos que serán repartidos a los socios fundadores. Dinero sólo para ellos y para nadie más. Este modelo no es nuevo. Así funciona la NBA. Sus treinta equipos son accionistas de la liga, se reparten el dinero entre ellos, ponen sus propias reglas como, por ejemplo, cuanto es el máximo que puede ganar un jugador, y no le rinden cuentas a la organización internacional de basquetbol que es la FIBA.

NO ES BASQUETBOL

El problema es que esta Súperliga no es la NBA por dos razones: la primera, no se circunscribe a un país. En ella participan clubes que tienen base e influencia sobre las ligas, competiciones, equipos y trabajadores de esos equipos y otros que laboran en comercios periféricos que dependen de ese mercado, en varios países europeos. A saber, España, Inglaterra e Italia que, junto a la alemana y la francesa, son las ligas más importantes de Europa. El segundo tiene qué ver con eso, y es que las repercusiones de la monopolización del mercado dependiente del fútbol, tendrá consecuencias económicas, sociales y culturales en esas naciones.

Como todos los monopolios, está Súperliga funciona sobre la base del acaparamiento. Se trata de un modelo que parece que es económico, pero en realidad es político, en el cual cierta empresa, poderosa de por sí, manipula las reglas para reducir tanto a su competencia que le obliga a desaparecer. Reglas por encima de las reglas, vacíos reglamentarios o de plano violaciones a las leyes, que le permiten quedarse con todas las ganancias de ese mercado. Y para decir las cosas de forma directa, eso es violencia. Eso es, en principio, una contradicción con el modelo capitalista que dicen defender, al creer que el libre mercado se regula a sí mismo. Lo menos que hay dentro de un sistema monopólico es libertad y la falta de libertad, es tiranía.

Pero hay una verdad irrefutable: los monopolios tienden a la crisis. Al acaparar el mercado, los monopolios dictan las reglas. Establecen los valores de las materias primas (jugadores, entrenadores, médicos, etc.), los valores de los productos (juegos, competiciones y mercadería) y el modelo de negocio, siempre, siempre, siempre, con el ánimo de ganar más dinero, cada vez más. Pero ese dinero tiene que salir de algún lado, ¿no? ¿Y de dónde? De donde siempre: de las personas que trabajan y producen la riqueza. En este caso, no son los jugadores de fútbol; ellos (y ellas), se cuentan como activos de los verdaderos productos que son tan variados como se pueda imaginar: desde camisetas hasta películas, pasando por perfumes y escuelas. Los clubes de fútbol, a ese nivel, funcionan como súper agencias de publicidad. Sobre su marca, otras marcas poderosas, obtienen beneficios a partir de la asociación. El fútbol sólo es un medio de exposición, como a pequeños niveles lo sería un espectacular sobre la carretera. Pero nadie se aficiona a los carteles como al fútbol; por eso es el medio publicitario más poderoso que existe. Y por eso, su mayor comprador es la televisión. Al ver un juego, estamos dentro de la matrix del marketing. Miramos anuncios (publicidad) sobre un medio (equipos y jugadores), anunciado a través de otro medio (televisión) que nos vende ese medio, que a su vez, nos vende otros productos, mientras anuncia otros productos en elementos alternos como las bardas, los estadios, la locución y los comerciales. Además de que los jugadores se están vendiendo al mercado del fútbol mientras juegan.

¡CRACK!

Volviendo al punto: ¿Quiénes compran esos productos sino tu y yo, simples mortales, quienes miramos fútbol y salimos a comprar la cerveza que anuncia nuestro equipo, sus camisetas y hasta la marca de rastrillos que venden los jugadores? (Aquí se asoma un tema para otra reflexión: el fútbol-negocio es un mercado masculino. Nadie quiere vender alcohol pensando en las mujeres, de la misma manera que pocos, muy pocos, productos “de mujeres” quieren anunciarse en el fútbol porque creen que pocas mujeres lo ven, creándose así un círculo vicioso en el cual no se fomenta el fútbol femenino porque no hay mercado y no hay mercado porque no se fomenta el fútbol femenino. De modo que, el día que las cervecerías superen el siglo XIX y se enteren que las mujeres beben la misma cantidad de cerveza que los hombres, ese día comenzará a entrar dinero a las ligas femeninas). ¿Y qué pasaría si un día no tenemos para comprar esos productos? Entonces el dinero publicitario en los clubes de fútbol no sería redituable y esos clubes perderían valor. Y eso ocurrirá por culpa de los monopolios.

Al no haber competencia, los monopolios ordenan la cantidad de riqueza que obtendrán a costa de lo que sus trabajadores producen. En ese sentido, imponen el valor a ese trabajo en forma de salarios. De tal modo, no importa que un trabajador produzca mil dólares de riqueza con ocho horas de trabajo. Si el monopolio determina que por esas ocho horas de trabajo sólo le pagará cincuenta dólares, los novecientos cincuenta restantes se los queda el empresario. Claro que con esos cincuenta dólares, el trabajador debe vivir, pagar sus cuentas y, si le queda dinero, entretenerse y disfrutar de su equipo favorito. Pero si una camiseta de fútbol le cuesta quinientos dólares, no podrá comprarla sino hasta después de mucho tiempo de ahorro, si es que puede. Entonces ese club de fútbol, no tiene a quien venderle sus productos porque el empleado gana mucho menos de lo que puede gastar. La empresa acumula más productos de los que puede vender y si no puede vender, no puede obtener ganancias, y sin ganancias, no puede existir. Entonces debe cerrar y, como siempre ocurre, todos los trabajadores son echados a la calle. Hay desempleo. No hay dinero. No hay renta. No hay impuestos. Sólo miseria.

Esto puede leerse exagerado, pero el mundo ya pasó por eso en 1929 y en el 2008. Los monopolios produjeron más de lo que lo que se podía consumir y las deudas contraídas no se podían pagar. Y todo esto se jodió mucho más cuando se involucraron las bolsas de valores. En la Gran Depresión fueron los productos agrícolas y armados. En el crack del 2008, la gente hipotecó sus casas y los bancos vendieron esas propiedades a precios que luego no pudieron comprarse, explotando así la burbuja inmobiliaria.

De hecho, uno de los culpables de la gran crisis de 2008 fue el banco J.P Morgan, el mismo que está financiando la Súperliga europea. En ese entonces, vendió los bonos de las hipotecas a precios que luego no pudo pagar. Es decir, consiguió inversores, quienes compraron los bonos de esas hipotecas, a quienes ya no pudo pagarles sus ganancias por la simple razón de que la gente no tenía dinero pagar esas deudas. Entonces todo se vino abajo y los bancos tuvieron que ser rescatados por los Gobiernos; es decir, con el dinero de nosotros, el pueblo, que no teníamos dinero para empezar.

En el caso de la Súperliga, el banco J.P Morgan está actuando de la misma manera. Los cuatro mil millones de dólares que ha invertido en ese proyecto no es dinero real; es crédito, el cual busca cobrar con intereses cuando los equipos consigan las rentas que, se supone, ganan a través de derechos de televisión y ventas de mercadeo. El problema es que estos doce equipos ricos están actuando en contra de los consumidores de los que se nutren. Al apartarse de las competiciones oficiales, están apartando su dinero, dinero sumado a otros con el cual subsisten el resto de los clubes y torneos, por ejemplo, la Liga de Campeones de Europa, la Eurocopa y la Copa Mundial. Sin esos recursos, estas ligas y competencias tendrán muchas dificultades para realizarse, lo que implica una baja considerable en sus ingresos, lo cual tendrá un impacto directo en el comercio que depende de ese negocio. Es una reacción en cadena cuyo resultado final será la poca capacidad de compra de las personas, en un mercado donde, el fútbol es un medio, pero el fin es la cantidad de industrias de todo tipo, desde la manufacturera hasta la turística y muchas más, que sufrirán una crisis de acumulación de capital, por lo que deberán prescindir de los trabajadores. Por su parte, el banco no tendrá como pagarse el crédito que dio, el cual, claro, organizó con el dinero de sus deudores… Y la burbuja estallará.

TE LO JURO POR DIEGUITO MARADONA

Según Florentino Pérez, la Súperliga comenzará en agosto. Por su parte, la FIFA y la UEFA han amenazado con prohibir que esos equipos jueguen en los torneos oficiales (aún no se sabe si también en sus ligas), y que los jugadores de esos clubes jueguen en los torneos de selecciones, incluida la Eurocopa de este año y el Mundial del 2022. Pero todo puede acabar en una negociación en la cual los organismos cedan ante los equipos ricos y les den todo el dinero que dicen merecer. Esto, si no fuera porque el banco J.P Morgan ha anunciado que sí, ellos están involucrados. Eso le pone un tono muy serio a esto.

Como sea, la pelota no se mancha. Así lo dijo Diego Armando Maradona queriendo decir que, con equipos o sin ellos, con FIFA o sin ella, seguirá habiendo fútbol para quien lo quiera jugar. El problema es la crisis. Está claro que jugaremos con botes como en la niñez, pero habiendo convertido el fútbol en mucho más que un deporte, la pelota es lo de menos. Son los ricos otra vez provocando una crisis. Cuando la burbuja del fútbol estalle, o sea, cuando revienten esos salarios de cien o ciento cincuenta millones de dólares que le pagan a pequeñas bestias de veinte años, acabará una industria y el impacto lo sentirás tú, lo sentiré yo, donde sea que estemos. Y chance a ti ni te gusta el fútbol.

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