DIEZ puntos sobre el lenguaje INCLUYENTE


Mucha controversia ha vuelto a desatar el llamado lenguaje incluyente, de ahí este texto que busca abordar el asunto con el fin de explicar, sumar e invitar a la reflexión. A continuación 10 puntos sobre el tema:

1.- El lenguaje incluyente, o lenguaje inclusivo, nació como una estrategia de intervención del idioma para visibilizar la desigualdad estructural entre hombres y mujeres y para incluir a las personas que no se ubican a sí mismas en el binarismo genérico. Es un posicionamiento político que se manifiesta en una dislocación intencional del idioma y que tiene el objetivo de visibilizar profundas inequidades sociales.

2.- Sí. Todos sabemos que en la lengua española el plural masculino abarca a ambos géneros gramaticales, eso es lo “correcto” según las reglas del idioma. Sí, gramaticalmente es lo correcto, pero ese es justo el punto. La sociedad está construida en torno al hombre. Cuando se dice, por ejemplo, que “El hombre es la medida de todas las cosas” o que la “Historia del hombre…” en realidad, se está hablando de la humanidad entera, hombres y mujeres incluidas, pero sólo se menciona al hombre. A esta problemática social responde la intervención. El lenguaje incluyente busca visibilizar precisamente esa desigualdad, busca señalar el hecho de que a las mujeres se les ha relegado históricamente a un papel secundario, o de plano se les omite o se les borra. Basta revisar cualquier libro de historia para darse cuenta que lo que se entiende por historia de la humanidad es (muy) mayormente la historia de los hombres, por los hombres y para los hombres. De ahí que el lenguaje incluyente busque, a través de una dislocación intencional de la lengua, visibilizar que incluso en la manera en la que configuramos nuestro idioma se filtró el dominio masculino. Eso es innegable. No es gratuito ni casual que en el español el plural universal sea masculino.

Por cierto, no todos los idiomas tienen el mismo problema porque sus pronombres o sustantivos no tienen género, pero en el español, sí, lo que de entrada es un ventaja y desventaja al mismo tiempo para el asunto que se está tratando.

3.- Desde luego que el lenguaje incluyente tiene sus falencias y limitaciones. A mí tampoco termina de convencerme y no suelo usarlo, pero lo considero valioso por lo que provoca y por lo que pone sobre la mesa.

Como bien se dice desde algunos sectores feministas, la terminación en “X” es impronunciable y si se opta por la terminación en “E” de los sustantivos y los pronombres plurales se cae exactamente en lo mismo que la regla general del español: no se nombra ni se identifica a las mujeres al momento de generalizar. Al ‘desmasculinizar’ el idioma con la terminación “E” en lugar de la “O” (masculino universal) se termina por generalizar o neutralizar la expresión, y eso al final, aunque práctico, sigue sin identificar y sin nombrar directamente a las mujeres.

Hay que recordar aquí que las palabras no son sólo palabras. El lenguaje no sólo es un medio para la comunicación, también es un mecanismo social que tiene una repercusión en el mundo material. Con las palabras también hacemos cosas e influimos en la realidad social. De ahí la importancia de nombrar a las mujeres y a todas las personas no sólo en los términos del plural masculino universal. 

“Lo que no se nombra, no existe” dice un viejo adagio que el feminismo ha hecho suyo precisamente para señalar la importancia de nombrar a las mujeres como seres existentes e importantes en la sociedad y en la historia. Por ello se hace hincapié en la importancia de nombrar al femenino. No basta con apegarse al idioma y decir “todos” cuando entre las personas referidas hay mujeres, por eso se opta (para nombrarlas y como acto político que se manifiesta en una intervención de las reglas del idioma) por decir “todas y todos”. Así, al evadir el masculino por defecto que el español tiene como universal y abarcador de todos los géneros, las mujeres por fin se nombran.

Imaginemos un ejemplo. Supongamos que en un grupo hay 20 personas, 19 son mujeres y un hay solo hombre. Para dirigirse a todas esas personas, la regla diría que al haber un solo hombre habría que referirse en el masculino universal “todos”, a pesar de que las mujeres son 19 y hay un solo hombre. El lenguaje incluyente busca precisamente señalar esos procesos asimétricos e inequitativos, en el que las mujeres son literalmente borradas a nivel lingüístico debido al masculino universal. No me parece fuera de lugar que pueda decirse “todas y todos” cuando se habla ante mujeres y hombres. Así se nombra a las mujeres y a nadie se le va a caer la lengua en el intento.

Si nos vamos a dirigir a un grupo compuesto por mujeres y hombres, yo prefiero decir, en lugar de “todes”, “todas y todos” o “chicos y chicas”, precisamente en atención al punto de nombrar a las mujeres. Cuando se trata de generalizar o universalizar creo que es preferible hablar, en medida de lo posible, en términos de “personas”, “seres humanos” o “humanidad” (al final todos somos personas, seres humanos, no sólo hombres, y eso es lo importante), “niñez” en lugar de “los niños”, “ciudadanía” en lugar de “los ciudadanos” y así. Creo que así se evade el masculino universal que tiene por defecto el español.

Yo no uso el lenguaje incluyente de terminación “X” (porque ya se dijo, es impronunciable), pero a veces recurro a la terminación “E”, que me parece especialmente valiosa para incluir a las personas que no se identifican en el binarismo genérico, por ejemplo, con la inclusión del nuevo pronombre “Elle”.

Hay que decir también que dentro de las reglas actuales del español ya hay pronombres y sustantivos plurales que generalizan de manera neutral mediante el uso de la terminación “E”, como el caso de las palabras “ustedes” o “adolescente”. Ahí está una ruta ya usada en el idioma. Tampoco es que cueste tanto decir “las y los adolescentes”, por ejemplo. Todo esto son sólo propuestas, no son ni pretenden ser ley ni tampoco un proceso acabado ni definitivo, ya veremos por qué en los puntos 5 y 7.

4.- Todo este debate se trata no sólo de inclusión social, también de empatía. Si no la tienen, probablemente nunca entenderán el fondo del asunto y seguirán arguyendo ad infinitum que las reglas del idioma español son así y que no pueden o no deben cambiarse (por cierto, una idea muy equivocada que se tratará en el siguiente punto). Creo que no cuesta nada decirle a alguien “compañere” si así lo pide, o que se diga “todas y todos” cuando hay mujeres y hombres involucrados, sin importar si todo eso rompe con las reglas del español. Les prometo que su lengua no se cansará por las palabras extra, nada cuesta.

Al parecer, todo este debate resurgió a raíz un video viral en el que una chica rompe en llanto porque, en una clase virtual, no se refirieron a ella como “compañere”. Se puede discutir la pertinencia o la lógica de la petición y del berrinche, pero ¿alguna vez se cuestionaron qué historia tiene detrás esa chica como para que le afecte tanto algo tan aparentemente trivial como el hecho de que no se dirigieran a ella como “compañere”? Seguramente no, por eso sólo se burlan.

Si usted es de las personas que para burlarse de algo que ni si quiera entiende por completo o sólo no está de acuerdo y comienza a cambiar todas las terminaciones de las palabras sin ton ni son diciendo cosas como “pásame el refresque porque sine le señorite se va a enojer”, entonces probablemente usted no esté realmente preocupado por la pureza del idioma, más bien lo que usted tiene es un problema de entendimiento y/o de empatía.

5.- Ya hace más de cien años que el lingüista Ferndinand de Saussure identificó la mutabilidad del signo lingüístico: los idiomas siempre cambian en forma y en fondo. Las lenguas no son nunca inamovibles o incólumes. Este proceso de cambio permanente es inherente a todos los idiomas del mundo y explica por qué la lengua que hablamos hoy no es igual a la que se habló hace 100, 200, 300 o mil años.

El español es una evolución del latín. El latín vulgar, en diferentes regiones de Europa, se transformó en lo que hoy conocemos como las lenguas romances. El español, como lengua romance, se extendió en América como producto de la colonia, y aunque todavía podemos hablar de un mismo idioma con diversas variantes, el español que se habla en México o en el resto de América Latina es ya diferente del que se habla en España.

Este proceso de transformación a veces pasa desapercibido porque las lenguas no se modifican de un día para otro, los cambios llevan años, décadas, siglos, milenios enteros, pero estos sutiles cambios son constantes y diversos, a veces hasta el punto de convertirse en nuevas lenguas con el paso del tiempo.

Los mexicanos intervenimos al idioma español en todo momento. Nuestro pasado precolonial sumó a esta lengua un sinfín de palabras propias de los idiomas de las culturas mesoamericanas originarias y todo el tiempo estamos inventando nuevos términos y expresiones coloquiales que terminan por volverse parte del idioma. Todo el tiempo estamos “deformando”, más bien transformando, al español “original” y nadie está haciendo un escándalo por ello. Si viajáramos 2 mil años al futuro probablemente encontraríamos un nuevo idioma llamado “mexicano”, ya bastante diferente al español que le dio origen, con sus propias reglas y particularidades.

Todas las lenguas del mundo están en constante cambio. Al usarse, los idiomas cambian inevitablemente, porque en su uso se van modificando en forma y significado con base en las necesidades del hablante: El lenguaje es el que se adapta a las necesidades sociales y no al revés. Si hoy surge una necesidad política de visibilizar a las mujeres y a las personas no binarias, me parece válida una intervención intencional del idioma. El lenguaje también se interviene y cambia a través de la negociación, el diálogo, la política, eso es lo que está ocurriendo en este momento.

El argumento de que el lenguaje inclusivo no es correcto bajo las reglas del español actual y por tanto no debe usarse, se cae, porque las reglas del idioma están cambiado todo el tiempo y si la sociedad comienza a utilizarlo, las reglas se modifican, cambian, evolucionan. Sólo el tiempo y el uso dirán si el lenguaje inclusivo se va o se queda, y eso no lo sabremos porque la vida no nos va alcanzar para verlo y porque, a pesar de los corajes de los más conservadores, el español no es propiedad de la RAE ni ésta tiene el poder de gobernarlo.

6.- Puedo entender que no les guste el lenguaje incluyente, que no estén de acuerdo con él, que no entiendan que es un posicionamiento político para señalar una desigualdad social de fondo, pero que pongan el grito en el cielo arguyendo que es una inaceptable deformación del idioma cuando no saben acentuar, cuando sus estados en redes sociales están llenos de faltas de ortografía y de redacción, cuando utilizan un montón de innecesarios anglicismos para darse un aire de superioridad, pues resulta que su preocupación por el idioma no es creíble.

Curiosamente, algunas de esas personas tan indignadas y de plano enojadas, según ellas, porque el lenguaje incluyente atenta contra la pureza del idioma, proponen, en tono de sorna, que utilicemos “güey” o “wey” para referirnos universalmente sin detalles de género. Ahí sí no se enojan ni se indignan porque la palabra “buey” en nuestro español mexicanizado evolucionó primero en “guey” y luego en “güey” y que en algunos contextos incluso cambia su significado. Ahí sí nadie solicitó horrorizado la ayuda de la sacrosanta RAE. Todos usamos esa deformación del idioma y nadie ha protestado por ello. ¡La mutabilidad del signo lo hizo de nuevo! 

7.- El lenguaje incluyente no es a fuerzas. No hay una ley en curso que vaya a penalizar a quien no lo use ni se están promoviendo castigos para quien no quiera usarlo (lo digo por los que ahorita se sienten oprimidos o violentados, porque, ah, como andan preocupados con tanta “opresión”). El reciente exabrupto de la chica en la videollamada que rompe en llanto porque no le dijeron “compañere”, es eso, un exabrupto, es desde luego un caso que no representa ni debe representar el eje de la discusión, ella misma reconoce que tuvo en colapso nervioso, como todos podemos tenerlo, pero fuera de eso, nadie los va a perseguir ni castigar por seguir diciendo “todos” cuando hay mujeres o por decir “niños” cuando hay niñas presentes, están en total libertad de seguir hablando como mejor les parezca y mejor crean que pueden ser escuchados y entendidos. Sólo se trata de una invitación, que, desde luego, pueden rechazar.

8.- Creo que en el fondo quienes impulsan al lenguaje incluyente no aspiran a modificar realmente el lenguaje cotidiano ni a cambiar las reglas del idioma (al menos no en el corto plazo), ni mucho menos a que la RAE les dé su visto bueno. Como ya se dijo, es un acto político para señalar una desigualdad social. Que incomode es justo el objetivo, porque eso nos lleva a reflexionar sobre todo aquello que en lo social creemos que es una regla inmutable, nos conduce a cuestionar lo que creemos “natural”, pero que realmente no lo es. Las sociedades cambian. Todas y todos somos protagonistas del cambio. Si ahora estamos hablando o dialogando en torno a todo este asunto, ¡es que al acto político está funcionando!

9.- No sobra decir que mucha de la resistencia al lenguaje incluyente viene precisamente del machismo imperante aún en amplios sectores de la sociedad. A esos sectores no les gusta que las viejas estructuras patriarcales estén siendo señaladas, confrontadas, cuestionadas, derrumbadas y sustituidas, por eso defienden a capa y espada al masculino universal bajo el disfraz de la defensa del idioma. Nunca lo reconocerán (incluso puede tratarse de una expresión subconsciente, producto de la alienación del sistema social), pero en el fondo se trata de una anquilosada y absurda defensa del modelo social que pone al hombre como el centro de todo y excluye a las mujeres por defecto.

Basta una prueba sencilla para develar el asunto. Descarten la terminación universal “E” y propónganles en cambio la terminación universal “A”. Ahí es donde pierden la cabeza, porque, claro, desde su punto de vista, qué tonto, qué inferior es lo femenino. Ellas sí deben aceptar al masculino universal por defecto, pero no al revés. ¡Qué indigno que digan “todas” cuando hay hombres! ¡Qué humillación tan grande que como hombre te hablen en femenino! (“corres como niña”, dixit).

Otra prueba surge bajo el mismo planteamiento de la sustitución del universal “E” por la “A”. Les resulta inaceptable decir “la presidenta” porque debería ser “la presidente”, pero no tienen ningún reclamo ni inconformidad cuando se dice “la sirvienta” en lugar de “la sirviente”. En el fondo, lo que quieren es sobajar y mantener a raya a la figura femenina. El lenguaje también es una cuestión de poder.

10.- Si usted es de las personas que dicen que si de verdad les importara la inclusión, las personas que están a favor del lenguaje incluyente estarían haciendo menús en braille o aprenderían lenguaje de señas o estarían haciendo rampas para las personas con discapacidad, pues sepa que está confundiendo la gimnasia con la magnesia, porque el hecho de que esas luchas sean tan importantes no cancela a las demás, y son parte de lo mismo, la búsqueda de una sociedad más justa y equitativa… y al final, la gran mayoría de esas personas tampoco están haciendo menús en braille ni saben lenguaje de señas ni hacen rampas para las personas con discapacidad, nomás quieren estar jorobando.

Por su atención, gracias.

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