Y de repente, los POLÍTICOS crearon FUNDACIONES y se volvieron altruistas…


Con la primera gran crisis del neoliberalismo en México en 1982, luego la de 1994, luego la del 2008 y así sucesivamente, emergió la noción de que la sociedad civil podía y debía resolver los problemas que el Estado no podía. En efecto, las tesis capitalistas de “dejar pasar, dejar hacer” implementadas con violencia por la Escuela de Chicago tras el golpe en Chile de 1973 y, posteriormente, en los Estados Unidos bajo la era Reagan, se propusieron reducir en todo lo posible la presencia del Gobierno sobre la vida pública para que, las entidades privadas, se hicieran cargo de las necesidades de salud, educación, vivienda, seguridad social, pensiones y hasta acceso al agua. Entonces se esforzaron por erradicar el concepto de “derechos”, para que dejáramos de pensar que el transporte es un derecho, por ejemplo, y convertirlo todo en un bien de mercado. De modo que, si queríamos teléfono, debíamos pagarlo.

Con el paso de los años se evidenciaron las lamentables consecuencias del abandono del Estado sobre los mínimos sociales que debía garantizarnos. Quienes se apropiaron de las industrias que permitían el acceso a los bienes públicos —es decir, quienes se beneficiaron de las privatizaciones—, se convirtieron en los más ricos de México: Carlos Slim, Alberto Bailleres, Ricardo Salinas Pliego, Roberto Hernández y una larga lista de etcéteras. Entonces surgieron los ricos de México y las diferencias de clase se ahondaron. Los ricos se hicieron muy ricos, y los pobres nos hicimos muy pobres. Mientras tanto, a algunos les vendieron el cuento de la “clase media” y les regalaron tarjetas de crédito, junto con una ideología: «el gobierno atenta contra el individuo» y «el pobre es pobre porque quiere». Pero ese es un tema para otro texto.

Así piensan los adoradores del «neoliberalismo», a partir del pensamiento de su creador, Milton Friedman:

Más, considerando lo anterior, emergió la “sociedad civil organizada” y se hicieron las reformas pertinentes para oficializar a las asociaciones civiles para que, el pueblo con buenas intenciones también pagara impuestos. Ahí estuvimos (sí, yo fundé una asociación civil), picando piedra, convencidos de lo que entonces se llamo “tercer sector”. Su base ideológica fue la teoría de Francis Fukuyama sobre el fin de la historia y, por tanto, de la lucha de clases, por lo que debíamos dar paso a la convivencia con el capitalismo. Las organizaciones de derechos humanos debíamos, pues, trabajar por regular los abusos de poder de ese sistema, pero sin proponerse derrocar a ese sistema de por sí abusivo. Para contrarrestar eso, tuvieron auge las tesis económicas de John Maynard Keynes, donde se proponía una rara conciliación entre capitalismo y socialismo: la tercera vía, donde se afirmaba que podía existir un híbrido entre “lo mejor” de los dos sistemas.

Pronto acudimos a crear asociaciones civiles por todos lados y para todo tipo de asuntos. Ecología, feminismo, indigenismo, periodismo, desarrollo social, economía comunitaria… de todo, hasta derechos humanos. Pronto, el capital le encontró el negocio. Se hicieron reformas para que, las empresas de todo tipo que apoyaran estas iniciativas pudieran deducir impuestos. En Estados Unidos —ajá, porque este modelo es importado de Washington—, el Gobierno comenzó a premiar a los millonarios que estuvieran financiando proyectos sociales a cambio de deducirles el impuesto a la herencia. O sea, en ese país, los ricos no pueden dejarle su fortuna por completo a sus hijos, sino es pagando un impuesto cercano al noventa por ciento. De tal manera, esas familias prefirieron crear fundaciones para seguir administrando “su” dinero, con la fachada de ayudar a los demás. Así surgieron las fundaciones de las familias Rockefeller, Gates, Ford o Bloomberg; y luego las de Pepsi, Starbucks, Mastercard, Kellogg’s, lo cual les sirvió también para lavarse la cara. Así, por ejemplo, Coca-Cola, uno de los mayores depredadores de agua en el mundo, les da dinero a las asociaciones civiles que procuran conservar el medio ambiente… ¿Si se nota el doble juego aquí?

Pero como en México todo se puede y de todo se hace política…

La creación de asociaciones civiles se puso de moda en México con la llegada al poder de Vicente Fox en el año 2000. ¿Quería ese infame presidente darle legítimo aprovechamiento a la sociedad civil? Pues no; o sí, pero con un objetivo perverso. Por cierto, Vicente Fox fue gerente de Coca-Cola en este país. Y lo que hizo este sujeto fue sacarle mucho provecho económico y político a este tema. Hay un libro, se llama “Las manos sucias del PAN”, escrito por un notable periodista de nombre José Reveles, en donde se expone cómo, el gobierno foxista y el Partido Acción Nacional, fraguaron un notable negocio de clientelismo electoral y apropiación de recursos públicos a través de las organizaciones de la sociedad civil. ¿Cómo operaba? Muy sencillo. Hicieron una copia del modelo gringo y crearon las leyes de “fomento a las organizaciones de la sociedad civil” y una oficina encargada de atenderlas, el Instituto Nacional de Desarrollo Social, Indesol.

En fin, a través del Indesol, el gobierno de Fox emitía convocatorias para financiar con recursos públicos a las asociaciones civiles. Quienes formábamos parte de alguna, debíamos presentar un proyecto de acuerdo con los requisitos y participar en una licitación para obtener, o no, esos dineros. Mucha, mucha gente participó de esos concursos. Y no mentiré: se crearon grandes iniciativas; pero de eso opinaré más adelante. El asunto es que una caterva de funcionarios se dedicó a crear asociaciones por todos lados… ¿Para qué? Exactamente: para apropiarse de los recursos. De modo que el Ejecutivo seguía la premisa neoliberal de no hacer su trabajo para que lo hicieran otros, pero, con el dinero del erario a través de las organizaciones creadas por ellos mismos, por supuesto, con su buena tajada de ganancia a través de conceptos como “gastos administrativos” u “honorarios”. Y no hablaré de cómo entre ellos se aprobaban sus proyectos, porque no me consta, pero uno puede imaginarse el nivel de corrupción y tráfico de influencias.

Mira esta entrevista con José Reveles donde explica detalles de su libro:

En el libro “Las manos sucias del PAN”, José Reveles sostiene que una de las principales operadoras de este negociazo fue quien entonces era la titular de la Secretaría de Desarrollo Social, Josefina Vázquez Mota. Desde su puesto, esta sujeta se encargó de crear severa cantidad de organizaciones sociales para bajar los recursos del Gobierno. Pero, con la fachada de “hacer proyectos”, tramó una red de operación electoral a favor de su partido, el PAN. Así, con cada iniciativa, fuimos descubriendo que quienes dirigían estas asociaciones eran activos militantes de Acción Nacional. Y los había de todo tipo: desde funcionarios federales, pasando por diputados y hasta sus empleados. Entonces, llegado el momento, coaccionaban el voto a favor de su Partido, a cambio de “beneficiar” a las comunidades con el dinero de sus iniciativas.

Josefina Vázquez Mota —exsecretaria de Educación Pública y excandidata del PAN a la Presidencia de la República en 2012—, le aprendió bien al negocio. La panista recibió 900 millones de pesos del gobierno de Enrique Peña Nieto para un proyecto de “apoyo a migrantes” a través de su asociación Juntos Podemos. Política y asociacionismo: negocio redondo. Esto demuestra que no existe “fundación” que viva de proyectos. O los recursos provienen de un mecenas, o dependen de sus relaciones con un Gobierno. No es casualidad que buena cantidad de políticos creen fundaciones con fines electorales. Sus “ayudas” son una fachada. Lo que consiguen es gracias a los favores que cobran o que coaccionan. Su presunta labor altruista tiene un doble fondo; por eso, ni bien fracasan en sus intenciones políticas, o si es que consiguen su objetivo electoral, esas asociaciones desaparecen. Se puede ver todo el tiempo.

Pero no todo es malo.

Dicho todo lo anterior, debo reconocer que hay fundaciones que de verdad lo han intentado. Son asociaciones de noblísima causa, no de ahorita, sino de muchos años atrás, como las que ayudan a niños con alguna enfermedad crítica, asilos, casas de día y hasta organizaciones culturales. Gente que no tiene tiempo para preguntar de qué Partido proviene la ayuda, pues es tanto su afán y tanta su urgencia de recursos, que van por ellos. No pueden esperar a que sean elecciones porque tienen gente real con problemas reales qué atender. A todas esas personas, mis respetos.

Y por eso debe revertirse lo que el neoliberalismo intentó. En vez de precarizar al Estado, hay que robustecerlo como una herramienta de supresión de todas las desigualdades. Que cada niño y niña con alguna enfermedad, sea atendido en hospitales públicos, gratuitos y de calidad. Que cada artista encuentre financiamiento público a sus proyectos, suficientes para una vida digna. Que cada persona tenga garantizados sus derechos, en todos los ámbitos, sin menoscabo. Que todo el pueblo tenga pan, techo, trabajo, educación y salud. Entonces no harían falta las asociaciones, ni todo el chisme que le he dedicado en este texto.

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