LETRAS

Creación, crítica y noticias literarias.

Una lluvia repentina bañó la losa de la Plaza Independencia y sobre de ella, el Reloj Monumental se refrescó también luego de una jornada de intenso sol. FOTO: Blanca Gutiérrez / DESDEABAJO.MX
Ni las nubes negras amilanaron al Reloj que estoico esperó chubasco. FOTO: Blanca Gutiérrez / DESDEABAJO.MX

El viento bajó con tradición pachuqueña para jugar con las banderas arcoíris, y el sol juarista bienvino con su histórico progresismo la Marcha del Orgullo Gay que, año tras año crece y se hace más grande, atiborrando de juventud sus contingentes.

Atrás quedaron esos primeros años de marcha, que apenas congregaban unas cuantas valientes. Quince, veinte libres y transgresoras, bajo la mirada envidiosa del resto de doble-moral.

Pero con los años de lucha, quedaron bajo sus tacones y suelas los resquicios de los cristianos anti-derechos; su paso hundió a la reacción católica-panista con los escombros de su hábitos viejos, polillosos y podridos, esos que salieron huyendo esta tarde, con su cara tapada pero la mirada asomándose entre los dedos piadosos para deleitarse con los pechos aceitados y la gracia de esas cinturitas oscilantes: «¡No que no, sí que sí, ya volvimos a salir»!

«¡Hidalgo es el nuevo polo del progresismo en México!», sentenció Gloria Davenport al micrófono, líder de Humana Nación Trans. Tras ella, el Reloj Monumental marcó la hora de la diversidad.

Karen Quintero, líder de Transgénero Hidalgo, resaltó que esta es la primera Marcha del Orgullo Gay que festeja dos Leyes a su favor: el matrimonio igualitario y la ley de identidad de género, aprobados en la actual Legislatura, claro, gracias a la multitud que aquí sigue alzando su bandera, con cada vez más manos.

Pachuca se puso alas de mariposa; su pelo multicolor se complace sobre los rosarios escandalizados de un puñado de blanquiazules. La niña vestida de verano, danza el hula-hula con ese pegajoso y arrogante reguetón de Thalía. Nadie detiene su Orgullo. Ella baila como si estuviera sola, en medio de un mar de libertad.

Un muchacho no puede contener la risa. Da brincos con sus piernas desnudas, y ríe con desparpajo tras el maquillaje tornasol. Ríe y se desborda. Abraza a su amante y lo besa tierno y vehemente. «Este día es para nosotros», susurra, y suelta su cabello púrpura al viento que lo acaricia suavemente. Esta es su ciudad; aquí el amor no cede.

Candy says I’ve come to hate my body

And all that it requires in this world

Candy says I’d like to know completely

What others so discretely talk about

I’m gonna watch the blue birds fly over my shoulder

I’m gonna watch them pass me by

Maybe when I’m older

What do you think I’d see

If I could walk away from me

Candy says I hate the quiet places

That cause the smallest taste of what will be

Candy says I hate the big decisions

That cause endless revisions in my mind

I’m gonna watch the blue birds fly over my shoulder

I’m gonna watch them pass me by

Maybe when I’m older

What do you think I’d see

If I could walk away from me

(“Candy dice”. Lou Reed. Velvet Underground)

He cumplido 53 años con la fantasma de Candy Darling cantando en mis oídos el poema musical que le dedicó Lou Reed con la Velvet Underground: “ What would You think I’d see If I could walk away from me” (Que piensas que yo pudiera ver, si me pudiera alejar de mi”.

¿Qué hace la dócil Candy Darling, la musa martirizado por el patriarcado Warholiano, rondando mis pensamientos imposibles de escuchar en medio de los ecos de mis propias carcajadas de Gata de Cheshire, ante los berrinches de espantapájaros arcoiris homonormados por haber llevado la bandera del Arcoiris a Palacio Nacional con mi amiga Brenda ReyRey
y haberla ondeado con el Presidente de México, con mi puño izquierdo en alto y mi cabello alborotado?

No quiero una muerte como la de Candy, la de la Diva rodeada de compasión y algodones, flores y lavados públicos de conciencias del androcentrismo gay, el mismo cobarde que destruyó a Valerie Solanas, despedazada psíquica y simbólicamente con toda la maldita crueldad del clasista y exquisito patriarcado arcoiris.

No quiero esas tiernas aves azules que añoraba Candy en la suave balada de Reed, cuando mi cielo siempre está en atardecer plagado de dragonas furiosas, águilas indignadas y cuervas Gritando partiendo las nubes de la inercia.

Si una canción me define esa es “Burn” fe Deep Purple, la bruja estigmatizada que con un gesto (mental o política en mi caso), puede poner a arder a todo un sistema con un solo gesto.

Ya tengo 53 años, casi 20 más que los 35 que nos calcula como promedio de vida la sumisa y simuladora Organización de Estados Americanos. Dieciocho que duelen con el recuerdo de ausencias y diálogos imaginarios repletos de promesas a los fragmentos de la luna en las madrugadas.

No Candy querida, yo no soy Darling, soy de la estirpe de las voces llenas de cicatrices de Sylvia Rivera, Marsha P. Johnson y Agnes Torres.

Si el destino, quizás en una sobredosis de alucinógeno, me empujó un año mas, tendrá que registrar los excesos de la peor combinación que alguien de mi especie puede tener: Mujer, Transexual, Nativa del Asperger y para colmo de las más disfrutables venganzas, ser Géminis y Feminista.

No me interesa el fetichismo del Clasismo Académico que reduce la sabiduría de las Mujeres a una estratificacion patriarcal que legítima a la teoría, pero que borra con desprecio machista a la anciana sabía y consejera, que es la única explicación que puedo encontrar a mi bizarra longevidad.

Este año reventaré mis normalidades en estallidos de orgasmos y revoluciones, no dejaré pasar una sola invitación a rebelarme, con cualquier persona u hombre de plástico con baterías recargables, siempre y cuando sea de mi generación (Los dildos ni tienen edad ni Viagra), siempre y cuando las carcajadas vuelvan a ser contestarias.

Este año, querida Candy, te llevaré al catálogo de los miedos reducidos, ese que acompleta la desilusión de nuestra especie, y que purifica al nivel de angeles a las hormigas y a las hienas, incapaces de discriminarse por una honestidad salvaje.

Como tú, querida Candy, hubo un tiempo, cuando tú aún estabas viva dándote una caminata por el lado salvaje, y yo hacía lo mismo al irme de pinta al Parque Hundido a los 11 años cantando la versión de Donna Summer del “McArthur Park” , que tambien quería saber completamente de lo que les demás hablaban discretamente…

Ahora lo que me importa es que los demás sepan completamente lo que yo hablo sin discreción alguna.

A ti te decían Diva, a mí me dicen Rockstar.

… De alguna manera… ambas somos canciones…

“…Candy says I hate the big decisions

That cause endless revisions in my mind

I’m gonna watch the blue birds fly over my shoul. I’m gonna watch them pass me by

Maybe when I’m older…”

Cada noche de lunes a sábado mi celular suena después de las 11 de la noche:

—¿Hola, ya estás en casa?

La llamada mas conflictiva del día es esa… la de mi Madre.

No acostumbro dar reportes sobre qué hago con mi vida, por eso amo mi independencia.

Pero es ella, con su voz conteniendo apenas la preocupación mezclada con el enojo.

No puedo relacionar a mi madre con la canción sensibloide diezdemayera de Denisse de Kalaffe; ni con victimismos maternantes romantizados en una mercadotecnia patriarcal de emociones descafeinadas.

Si la señora Elvira Fentanes Cruz pudiera tener una canción, sería la baladita “Bubble gum” sesentera “Sugar Sugar” de The Archies, y eso porque me la cantaba en la infancia, sincronizándose con el disco de 45 RPM que me regaló:

“… Sugar, oh oh honey honey…”

Pero no era sólo melosidad.

Usualmente seguiría “In a Gadda da Vida” de Iron Butterfly, que tenía la ventaja de durar 17 minutos que me dejarían inmóvil frente al tocadiscos, mientras ella se podía concentrar en mis hermanas gemelas que eran bebés.

—Escucha a los dinosaurios—,
decía por el distorsionado solo de guitarra de Eric Brann (que sonaba como rugidos de leona).

Y yo la veía, sin saber que estaba ante una mariposa de hierro atrapada entre azúcar y miel.

***

— Soy yo, tu Mamá, contéstame–,
aparece en la pantalla del Whatsapp.

¿Contestarte? Tantos años sin marcarnos porque somos un par de necias con toda la testarudez Fentanes.

Tú te construiste como la cristiana que eres, y yo como la mujer incendiaria que soy.

¿Contestarte?

Si cuando te marqué orgullosa, cuando me retiraban los vendajes de la cirugía de vulvovaginoplastia te enojaste y me regañaste, cuando yo pensaba que compartirlas mi emoción de ser tu hija.

Si cuando te marqué orgullosa, cuando me retiraban los vendajes de la cirugía de vulvovaginoplastia, fui tan insensible que no me di cuenta que esa operación confirmó el inicio de tu luto por ese hijo que nunca tuviste, más allá de la farsa que ambas montamos, pero que solo una de las dos creyó.

Y notamos que había entre nosotras un muro de biblias como ladrillos y estrógeno artificial como cemento.

***

Y si, le contesté.

Lo hice en aquellos días en los que ella estuvo hospitalizada por una cirugía de cadera, cuando yo era una minúscula indocumentada aterrada, insultando con desesperación a los pretextos de sus cuatro cónsules de la normalidad, incapaces de acompañar a su Mamá en su momento más frágil.

Nos veíamos retadoras; tu desde tu cama y yo desde el pequeño sofá… y acabábamos riendo.

Te entendía. Fuimos ambas metáfora una de la otra. Tu acostada sin poderte mover por el implante metálico en tu cadera, como años antes yo inmóvil casi una semana para que no se desprendiera el implante de piel de mi muslo izquierdo, transplantado en el interior de mi vagina quirúrgica.

Y te enojabas cuando lo platicaba con las enfermeras que te iban a cuidar, pero no perdías detalle de las pláticas.

Esas noches en el hospital fueron la cirugía que arregló nuestra relación de madre e hija.

***

— Avísame… quiero saber qué estás bien.

Cada 9 de enero compro tu pastel de tres leches favorito y tú celebras conmigo mi cumpleaños quirúrgico.

Vemos películas en tu casa, mientras llamas nietas a Bufffy y a la Perrita Apocalipsis.

Cada domingo dejo de lado el mediodía en la lagunilla y las micheladas caguamas de Clamato viendo antigüedades o comprando discos de vinilo y voy por ti en la Citation de 1982 que te regalé, para pasar la tarde en el restaurante coreano en el que están tus camarones favoritos.

Y mientras les quitó las cáscaras me acuerdo cuando tú, rodeada de niñas llenas de arena y mar, nos preparadas cócteles de camarón en las vacaciones en Veracruz.

***

— Avísame… quiero saber qué estás bien.

— Si Mamá, estoy bien, no te contesté porque iba en el metro y no quería sacar el celular.

—Ya comieron las “cosillas”, mis nietas?

— Si Mamá.

— ¿Ya le diste su diálisis Sir Pussywillow?

— Ya Mamá.

— Hija, No se te olvide dar las Gracias a Jesús por todo lo bueno que te da.

— Si Mamá, lo estoy haciendo ahora.

¡Es que tú, hasta el pelo tienes rebelde!, me decía mi mamá cuando, al veinte para las ocho, al fin lograba durante unos minutos mantenerme quieta en la silla para peinarme, antes de salir volando a la primaria que estaba a unas cuadras de la casa. Rebelde me quedé, peinada, más o menos.

Luego, ante la amenaza de ¡ya lo pagarás cuando tengas hijos!, eso de tener un huracán a escala a quien tendría que coartar, terminó de convencerme de que el “instinto” ni de lejos me pasó.

Nunca me ha molestado mi decisión, a pesar de que, en éste sistema hegemónico, es malo que una mujer decida no ser madre; pero, peor aún que se arrepienta de serlo.

Durante el terremoto de 1985 perdimos nuestra casa. En ése momento trabajaba en Canal 13. El sindicato y la empresa me liberaron mis papeles del INFONAVIT, para que –dijeron–, tuviera donde llevar a mi familia. Hasta con mi último examen de historia me fui corriendo a las oficinas.

–Ehm… ¿es usted casada?-

–No.

–Ehm… ¿Tiene hijos?-

–No.

–¡Lo sentimos mucho, pero no damos créditos a mujeres solteras!

Así es queridas y queridos lectores, en 1985 el INFONAVIT no daba créditos a mujeres como yo.

Ya acá en Pachuca, hace algunos años en una reunión con mis vecinas, a una de ellas se le ocurrió comentar que, si pudiera regresar el tiempo, no habría tenido hijos. ¡Ups! Ni siquiera terminó de dar sus argumentos, literal, se le fueron a la yugular. El resto de la reunión fue muy incómoda, por decir lo menos. No le volvieron a hablar y ella jamás volvió a mencionar nada.

Social y culturalmente hay una imposición de la maternidad, pero no cualquiera. Se exige la abnegación total y el amor incondicional, que las madres den todo a cambio de nada. En ocasiones me chocan los mensajes que algunas mujeres suben a la red, donde expresan que sin sus hijos no son nada.

Pero resulta que hay muchas maneras de ser madres. Hace un año, Ale Guerrero me invitó a un conversatorio sobre maternidad, ahí se presentaron mujeres que la ejercen de otras maneras, fue muy interesante.

Una de las participantes se presentó así: ¡Hola soy Elvira y nunca quise a mi hija! Contó su historia: jamás sintió apego por la niña, su madre se la crió. En varias ocasiones han intentado acercarse y simplemente la relación no se da, ni siquiera ahora que la hija es adulta; lo tienen claro las dos, no hay rencores.

Social y culturalmente hay una imposición de la maternidad, Se exige la abnegación total y el amor incondicional, que las madres den todo a cambio de nada.

Por otra parte, y en evidente contradicción del sistema con respecto a la maternidad, en Estados Unidos, una mujer que había hecho una donación a favor de una niña con cáncer, la retiró luego de enterarse que es hija de madres lesbianas.

Si lee la nota se podrá dar cuenta de la abnegación y el amor que éstas mujeres tienen por su hija enferma, no habría nada que reprocharles.

Hay muchas, muchas maneras de ser madre. Sólo se trata de respetar y de entender que poniendo un pie afuera de tu casa las cosas son totalmente distintas.

Empecé la columna hablando de mi mamá. Mucho antes de que muriera, durante varios 10 de mayo acompañé su regalo con el mismo verso de José Martí, se lo vuelvo a enviar:

“Mírame madre, y por tú amor no llores, si esclava de mi edad y mis doctrinas tu mártir corazón llené de espinas, piensa que nacen entre espinas flores”.

botellalmar2017@gmail.com