Lector@s al megáfono: Teatro de la Calle

. El teatro callejero es una tentativa para ejercer la libertad a partir del juego perpetuo de la comunicación creadora. Ha existido desde siempre, desde antes de la fundación de la primera calle. Su esencia remota transgredir los términos. Teatro y Calle son palabras recientes. Pero su significado nos aproxima a la noción del espectáculo abierto, a la tradición del círculo sagrado, a los primeros gestos y a las pantomimas primordiales

Por Fando

La historia del Teatro Calle se remonta al Siglo VI (a.c.), cuando un poeta llamado Tespis, detuvo su carromato a la entrada de Atenas y empezó a contar las cosas que le habían ocurrido durante sus viajes. Los habitantes de la ciudad acudieron a ver sus representaciones, que no tenían ningún parecido con las expresiones monstruosas de los dioses de entonces. Tespis, el oficiante que ponía en comunicación al poeta dramático con el público mediante el recitado de un texto que “representaba a otros mediante convenciones establecidas, se hizo tan famoso que su fama atravesó las fronteras de Grecia.

Con el paso del tiempo esta forma de representación se fue perdiendo en medio de aparatosos juegos de circo, pero al llegar a Roma la iglesia le dio nueva vida y nuevos sentidos, utilizando para ello la liturgia, la cual a la luz del drama, dio nacimiento a la tragedia. Después de varios siglos de silencio, el arte teatral renace definitivamente en el siglo XV, y aunque no representó obras de gran valor (Milagros, misterios y farsas), sentó las bases del nuevo teatro, sin cuya evolución no existiría como hoy lo conocemos. Florencia, por razones de protagonismo social y político de los Médicis, da nacimiento al Teatro Italiano con un estilo propio, el cual se ha perpetuado hasta nuestros días. El arte se va integrando a la vida pública, pero la clase dominante impone a los artistas –generalmente mediante mecenazgo- formas que reflejan su ideología.

Mientras se desarrolla ese teatro de corte, con reminiscencias de antiguos clásicos, no cesa de multiplicarse y perfeccionarse con gran protagonismo de actores, supervivientes de los cómicos de la legua que actuaban en compañías ambulantes de una ciudad a otra. La Comedia del Arte, donde todas las posibilidades del juego escénico, dominado por la libertad y el genio del actor estaban permitidas, le devolvió su valor al espectáculo, el cual le exigía al actor creación de sentimientos y de pensamientos por medio de la mímica, la danza, la música y la acrobacia, al igual que sucede con las tendencias imperantes en el teatro moderno hoy en día.

El teatro calle tomó arraigo en Europa, dadas las condiciones de desarrollo económico y cultural y a la gran acogida del espectador común hacia estas manifestaciones teatrales, pero principalmente al derrumbe de viejos patrones sociales imperantes, a la conquista del espacio individual, la música, los movimientos vanguardistas, la lucha contra el desarme y los conflictos bélico-políticos, que de algún modo contribuyeron en gran medida para que la masa amorfa de las calles, encausara sus vertientes creativas hacia espectáculos que, por breves instantes, hacen posibles los sueños de libertad de todos los hombres del mundo.

El teatro callejero es una tentativa para ejercer la libertad a partir del juego perpetuo de la comunicación creadora. Ha existido desde siempre, desde antes de la fundación de la primera calle. Su esencia remota transgredir los términos. Teatro y Calle son palabras recientes. Pero su significado nos aproxima a la noción del espectáculo abierto, a la tradición del círculo sagrado, a los primeros gestos y a las pantomimas primordiales. No se puede entender la estética del teatro callejero sino se involucran estos criterios. Lo ritual unía, permitía relaciones de convergencia, hacia trascendente lo efímero y temporal lo eterno. Le otorgaba fuerza indescriptible a los actos humanos: era el rito que potenciaba visiones y enfrentaba a los hombres con la imagen de sus propios símbolos. La comunicación se daba natural, humana y sagradamente. El juego imponía las reglas. Lo ritual y lo lúcido se juntaban en un solo fenómeno de participación y expectativa.

El Teatro Callejero se ha desarrollado sin uniformidad, mimetizado en las variantes y en los contrastes de un desarrollo histórico que, por demás, nunca ha sido rectilíneo. Durante milenios y silencios el teatro, como acto a los cuatro vientos, ha logrado la alquimia de los sentidos y el pensamiento: el equilibrio imperfecto entre la vida y el devenir del universo, en un espacio imaginario, en un tiempo paralelo, sustancialmente teatral. Ha estado asociado al humor y a la tragedia en épocas diversas, como si fuera lo único capaz de iluminar las oscuras entretelas del alma humana. En todas las civilizaciones se han dado roles para aquellos que conservan el fuego de la risa, el aire de lo encantado y legendario, la dicha de los sueños y el hechizo de cantos, sagas, cuentos y mitos. Han sido chamanes, poetas, funámbulos, bufones, alucinados, saltimbanquis, trovadores, juglares, cómicos de la legua o simplemente actores ambulantes; dependiendo del contexto cultural, del desarrollo de cada sociedad, de cosmologías particulares, jerarquías socio-políticas relativas y funciones no siempre iguales. Tuvo su época de oro en los andurriales secretos del medioevo, junto a los alquimistas y a los embriones preclaros de la ciencia experimental. Fueron la risa y la reflexión de aquella parte luminosa de la escolástica, cuando el feroz oscurantismo de la iglesia católica romana, se oponía a los avances del mundo. Cobraron importancia en las aldeas, en los caminos, en las posadas, en los puertos, en los bosques para leprosos, en las cavernas habitadas por proscritos y en todo lugar donde fuera posible conspirar contra el puritanismo idiota y el poder asolador de la casta poderosa. Miles de ellos fueron asados en carriladas de escarmiento, en nombre de la sacrosanta razón de los déspotas, bajo la marca de la herejía, con el fuego de una cruz de ceniza, violenta y asesina. Otros, sobrevivientes tercos, antecedieron y conservaron lo que siglos más tarde los asombrados románticos llamarían La Comedia del Arte. (La circunstancia estética del teatro callejero. Juan Carlos Moyano. Revista Scapino, 1985).

El teatro calle contemporáneo intensifica su protagonismo escénico a partir de los años 50s, en calles, parques, esquinas, suburbios, barriadas, estaciones de la ciudades del mundo, creando a su paso grupos tan importantes como The Theatre en Roed, de París, Arena Stage de Washington, Pequeño teatro de san Erasmo de Milán, Theatre in the Round y el Agitprop de Londres, el teatro ambulante de Jacques Bosson; Fireshause Theater –que intentó el Teatro Weekend, inclinándose después hacia el teatro político; el San Francisco Mime Troupe creadores del teatro guerrilla, ampliamente difundido en América Latina–; el Teatro Campesino del chicano Luís Valdés; el Bread and Puppet, fundado por el escultor y bailarín Peter Schumman a partir de la idea de un teatro tan básico como el pan»; el Odin Teatre de Dinamarca, el más importante teatro calle contemporáneo, con actores profesionales de varios países; la Tartana de Madrid, Els Comediantes, El Teatro del sol, etc. Hoy es común encontrar en casi todas las capitales del mundo, grupos callejeros que representan dramas y obras clásicas al ritmo vertiginoso de las ciudades: funambuleros, saltimbanquis, comediantes, malabaristas, cuenta historias y algunos muy peculiares representadores que cantan, bailan y narra al son de cítaras y laúdes.

El teatro calle, que en un comienzo fue una modesta construcción de madera instalada sobre un carromato al aire libre, continúa ampliando sus lenguajes, dándole color y sentido a la vida: “La acción puede desarrollarse sobre la cabeza de un espectador o en el siento contiguo. A veces deberá comer pan cocido durante la representación, aspirar el sándalo a la entrada del ritual; tendrá que convivir con los actores de una pieza teatral durante 24 horas seguidas, hacer conjuntamente los ritmos del sueño, la vigilia, la comida, la diversión Ya no se trata de ser el convidado de piedra que hemos sido durante años, ni tampoco recibir imágenes o enterarnos de la oratoria del actor. Se trata de ser participante del rito, de una magia cuya interpretación si bien es difícil, obliga al espectador a aguzar los sentidos en medio de la baraúnda diaria.

Pese a sus desdoblamientos, desapariciones y renacimientos, la historia del teatro de la calle es la más dilatada; sus integrantes son los únicos que han sabido adaptarse a las exigencias del cambio. Su permanente búsqueda los hace siempre jóvenes, que ven con ojos nuevos y renovadas fuerzas, los permanentes cambios del teatro contemporáneo: “De la improvisación al texto, de la representación a la participación. De la casa a la calle y también a la inversa. Del pacifismos a la lucha; de la comunión a la participación del rito. Evolución continua, perfección constante.

El carromato de Tespis, más que una leyenda, precede grandes áreas dramáticas, aún en proceso de experimentación. “Al Teatro callejero le importa el grado de expansividad que sus elementos y el espectáculo puedan lograr. Cada elemento debe poseer su dimensión propia, pluridimensional, viva, natural, sin retóricas. Integración humana, completa moldeabilidad con el espectador, perfecta sintonización actoral para dominar el lenguaje de los símbolos, imágenes y alegorías. ¡La calle exige imaginismo!

En México estas agrupaciones han ido en aumento y en la actualidad, mimos, actores ambulantes, trashumantes, investigadores, soñadores, imagineros, contadores de historias y hasta poetas, han ido ocupando su espacio vital en las calles

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