Columna: Espiritualidad de la Cuarta República

El respeto a las instituciones

. Una institución se corrompe cuando sus cuadros en vez de cumplir los fines de dicha institución, que siempre es algún aspecto de la vida de la comunidad, se tornan autorreferentes; es decir, comienzan a usar a la propia institución en beneficio de la misma burocracia. En vez de servir a la vida común, usan la vida y la riqueza de la comunidad para acrecentar ilícitamente la vida corrompida de los que deberían ser servidores de los demás.

Por diácono Alvaro Sierra Mayer / Desde Abajo

Este texto del gran Enrique Dussel me parece hoy necesario e imprescindible en las reflexiones en torno a nuestra Resistencia y en torno a la construcción de la IV República. Por eso lo comparto gustosamente:

¿Cómo se honran las instituciones?

Los anarquistas, con noble sentido ético, desconfían con razón de las instituciones, porque las temen en su momento de decadencia, cuando se vuelven represoras. Los conservadores, por el contrario, las sacralizan, y decretan y dan instrucciones para que haya que respetarlas siempre. El ciudadano y político realista y crítico sabe que las instituciones son necesarias para la reproducción de la vida, pero que inevitablemente (porque están roídas por la finitud humana) llega el momento en que por una entropía propia de sus burocracias se envejecen, y en vez de desarrollar la vida la oprimen y matan. Es cuando llega el momento de transformarlas, y si no se puede habrá que contar con otras (es decir, hay que remplazarlas por otras nuevas), para que la historia siga su curso de progreso cualitativo (como progreso ético).

Cuando una institución se encuentra en su momento clásico, es decir, cuando es útil para el desarrollo de la vida humana de la comunidad, es justo y conveniente afirmar sus mecanismos para cumplir de forma adecuada sus fines. Para ello la institución debe ocuparse de que «aceitadamente» -diría el vulgo- funcionen ajustadamente sus mediaciones. La disciplina interna es una ventaja en la eficacia y la gobernabilidad. Honrar a una institución es ser en extremo exigente con sus miembros, con los que cumplen funciones internas, con sus burocracias (que en sus épocas clásicas y creativas son disciplinadas y no están corruptas).

Una institución se corrompe cuando sus cuadros en vez de cumplir los fines de dicha institución, que siempre es algún aspecto de la vida de la comunidad, se tornan autorreferentes; es decir, comienzan a usar a la propia institución en beneficio de la misma burocracia. En vez de servir a la vida común, usan la vida y la riqueza de la comunidad para acrecentar ilícitamente la vida corrompida de los que deberían ser servidores de los demás. En esto consiste el «fetichismo»: en vez de ejercer delegadamente el poder de la comunidad se creen sede del poder en beneficio propio -véase la Tesis cinco de mi librito Veinte tesis de política. La corrupción de las instituciones puede disfrazarse o aparecer de muchas maneras. Pongamos algunos ejemplos concretos.

Si una institución tiene miembros que violan a una campesina indígena, honesta y en su edad tercera, los responsables de la institución (aunque sea militar) deberían ser los primeros en juzgar a sus subordinados para ganar honra ante el pueblo, y al mismo tiempo indicar a sus miembros la exigencia de una moralidad ejemplar. Se dice del gran estratega militar chino Sun Tzu, autor de El arte de la guerra (Bing Fa), que cuando sitiaba una gran ciudad del reino Chou, ante el hecho de que un capitán había matado a una campesina enemiga (y por motivos estratégicos muy razonables), el gran estratega decidió ultimarlo en presencia de todo el pueblo enemigo (al que pertenecía la viejecita muerta por su capitán). Y lo hizo por dos motivos: el primero, para mostrar a los adversarios que era más disciplinado y justo que sus propias autoridades, que eran despóticas; el segundo, para disciplinar a sus propios soldados. Lo cierto es que ante tal medida se le rindieron muchas otras ciudades sin necesidad de sitiarlas. Su gesto de extrema justicia ganó el corazón del pueblo rival, y le «cortó» las alas a los mismos ejércitos contrincantes, que ya no tuvieron apoyo popular. Esos generales chinos sí que eran ¡grandes estrategas y amaban su institución!

Si en una comunidad religiosa se comete el agravio de que uno de sus pastores cumpla un acto de corrupción sexual con algún menor, es de la autoridad de esa institución, pensando primero en las víctimas, acusar al culpable ante los órganos de justicia correspondientes, para que sea castigado. Si se pretendiera encubrir al subordinado para pretendidamente salvar el honor de la institución, lo que haría sería justamente lo contrario: la deshonraría. Sería un escándalo, porque comete un acto inmoral del que se espera sea ejemplo de moralidad. El fundador del cristianismo indicó que en este caso, el que escandaliza a «uno de estos pequeños», mejor que se ate una piedra de molino a su cuello y se arroje al mar -era tal el juicio negativo sobre la gravedad de la falta moral de aquel que deshonra a una institución que se pretende sagrada, al menos para el propio miembro de esa comunidad.

Por ello, una vez cometida la falta moral, lo mejor que puede hacer la autoridad institucional que quiere salvarla de la deshonra es reconocer públicamente su «pecado», y no en cambio encubrirlo. Bien dice la tradición popular: «¡Pecar es humano, perdonar es divino!», y el que «peca» y reconoce su pecado es digno de respeto (cumpliendo, claro está, el castigo correspondiente).

Si una entidad responsable de la defensa de los derechos humanos del pueblo deja de lado el derecho conculcado de algún ciudadano para rendirse ante autoridades superiores, no honra a la institución respectiva, sino la deshonra porque contradice los fines de la entidad de la que es titular. Nuevamente, la honraría si reconoce su error. Dice la tradición popular: «Más vale tarde que nunca».

Si una autoridad de un Estado se atreve, para salvar a otra institución que es esencial para su mandato, y sin tomar nuevamente a la víctima como punto de partida de su juicio y el testimonio de sus próximos familiares y vecinos (junto a la versión vertida por el responsable médico forense en primera instancia), y se atreve a no juzgar a los culpables de un acto ignominioso sin tener pruebas fehacientes, no honra a la institución en la que ejerce delegadamente el poder, sino la deshonra.

Si supremos jueces de un sistema de derecho fijan sus salarios, se reparten al final de su mandato regalías desproporcionadas (que pueden llegar a 7 millones de pesos) en un pueblo donde 50 por ciento de la población está debajo de la línea de la pobreza de Amartya Sen, no honran su institución, sino la deshonran.

Cuando un partido político desvía cientos de millones de pesos de una empresa estatal para pagar la propaganda del propio partido, y no castiga al responsable cuando se lo descubre -por una pretendida solidaridad con el miembro corrompido-, no honra al partido, sino lo deshonra. Si por el contrario, un miembro de un partido recibe 6 millones de pesos para tareas proselitistas fuera de la ley, y es descubierto, y es entregado a la justicia por las autoridades del partido, el que lo entrega (contra la mal entendida solidaridad con el correligionario) a la justicia para ser juzgado, manifiesta que se equivocó en confiar en la honestidad del subordinado («el que no tenga pecado que arroje la primera piedra»), pero rectifica su error al enfrentarlo a la justicia, y entonces sí honra a la institución.

Es tal la confusión de los principios éticos y la ignorancia de su aplicación que pasan justos por pecadores y viceversa. La corrupción es mucho más profunda de lo aparente, porque hasta las instituciones responsables de la educación, de la moralidad y de impartir la justicia al pueblo se han corrompido. Es como la enfermedad que ataca el mismo sistema inmunológico. No hay ya quien pueda defender al organismo de la enfermedad por pequeña que sea, porque el sistema responsable de atacar los virus patógenos, creando anticuerpos, ya no son detectados. ¡Qué titánica tarea habrá que realizar en el futuro, y cuánto sufrimiento deberá soportar todavía el pueblo de los pobres para enderezar los caminos torcidos de la corrupción y la impunidad! Pero que no se nos venga con el argumento de que hay que honrar a las instituciones y las leyes… deshonrándolas. Eso debería denominarse bajo la denominación cotidiana (no técnica) de cinismo, hipocresía, de «sepulcros blanqueados por fuera y podridos por dentro».

Enrique D. Dussel (Filósofo)

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