Columna: La opinión semanal de Leonardo Boff

. Es aquí donde tiene sentido la transparencia. Ésta afirma que la trascendencia se da dentro de la inmanencia sin perderse en ella; de lo contrario no sería realmente trascendencia. La inmanencia carga dentro de sí la trascendencia porque se presenta siempre como una realidad abierta a interminables referencias. Cuando eso ocurre, la realidad deja de ser trascendente o inmanente. Se hace transparente. Encierra dentro de sí la inmanencia y la trascendencia.

Por Leonardo Boff / Desde Abajo – Servicios Koinonía

Trascendencia-Inmanencia-Transparencia

No hay tradición cultural que no se refiera a un principio creador o a una Energía originaria o, simplemente, a Dios. La gran cuestión es cómo expresar esa Realidad. Aquí, más que los teólogos que hablan sobre Dios, cuentan los que hablan con Dios, como los místicos y los profetas, cuyo testimonio no puede ser negado. En la historia del pensamiento se delinean tres maneras de hablar con referencia a Dios.

La primera habla de trascendencia. Dios es tan otro que todo lo que decimos de él es más mentira que verdad. Lo mejor es callar o esbozar una leve sonrisa, como Buda.

La segunda habla de inmanencia. Dios es experimentado de forma tan intensa que se manifiesta en cada cosa. Así aparece enraizado dentro del mundo. Y se le llama con mil nombres.

La tercera habla de transparencia. Busca un camino intermedio. Dios no puede ser tan trascendente, pues si así fuese, ¿cómo sabríamos de él? Debe tener alguna relación con el mundo. Anunciar un Dios sin mundo lleva fatalmente a un mundo sin Dios. Tampoco puede estar tan mezclado con las cosas que acabe siendo una parte de este mundo. Si Dios existe como las cosas existen, entonces Dios no existe. Él es el fundamento del mundo, no una porción del mismo.

Es aquí donde tiene sentido la transparencia. Ésta afirma que la trascendencia se da dentro de la inmanencia sin perderse en ella; de lo contrario no sería realmente trascendencia. La inmanencia carga dentro de sí la trascendencia porque se presenta siempre como una realidad abierta a interminables referencias. Cuando eso ocurre, la realidad deja de ser trascendente o inmanente. Se hace transparente. Encierra dentro de sí la inmanencia y la trascendencia.

Tomemos el ejemplo del agua. El agua es agua que brota de la fuente (inmanente). Pero es más que agua. Simboliza también la vida y el frescor (transcendente). Al transformarse en símbolo de vida y de frescor, el agua se torna transparente para estas realidades. Y lo hace por ella misma y en ella misma.

Tal vez sea ésa la forma más sensata de hablar sobre Dios y a partir de Dios, en forma de paradoja. Por una parte debemos afirmar que todas nuestras palabras son vacías. De Dios no podemos hacer ninguna imagen. Por otro lado, no podemos decir que Dios es lo totalmente indeterminado, algo vago, un fondo sin fondo. La realidad de Dios (no su imagen) es un concreto concretísimo, el ser en plenitud; por tanto, una realidad concreta pero siempre más allá de cualquier concreción. Está representado por el agua pero no es el agua. Identificar agua y Dios es caer en la idolatría.

En esta paradoja la transparencia adquiere relevancia. Ella hace que lo inalcanzable (trascendencia) se vuelva alcanzable a través y dentro de algo concreto (inmanencia), pero transfigurándolo en símbolo (transparencia). Es lo que el cristianismo afirma de Jesús. Es un campesino/artesano mediterráneo (inmanente) pero que vivió de tal modo (transparente) que nos permitió entrever a Dios (trascendente). «Quien me ve a mi, ve a mi Padre». ¿Cómo? En la forma como se dirigía a Dios, llamándole Papá querido (Abba), lo que supone que se sentía su hijo. También, actuando de un modo tal que su existencia era una pro-existencia, una vida para los otros, especialmente los últimos y despreciados. Lo que dijo e hizo fue para inducirnos a tener la misma actitud que él tuvo. Así descubriremos que somos también hijos e hijas, en comunión con él.

El se hizo transparente para Dios, no rebajando a los que vinieron antes que él, sino radicalizando su dinamismo, volviéndose un punto referencial. Dios, entonces, está en el mundo, pero también más allá de él.

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