Opinión: Sindicalismo

. Hace mucho que, para beneplácito del patrón, la conciencia de gremio se perdió. Los cotos sindicales están quedando lejos de ser espacios de beneficio para sus representados, antes bien, líderes y base parecen haber dejado de identificarse y buscar un fin cada uno por su lado: los primeros en una lucha del poder para servirse a sí mismos y los segundos en una defensa personal, sin cabeza y sin tino.

Por Mónica Licona Solís / Desde Abajo 

Podría haber llamado a este texto EL NUEVO SINDICALISMO. O como fue mi primer pensamiento, lanzar una pregunta ¿EL SINDICALISMO ES OBSOLETO? Aunque esta última frase habría despertado mayor interés entre quienes la vieran y con ello sería más factible que leyeran el texto completo indudablemente yo habría sido mal interpretada y desde luego acusada de antisindicalista, esquirol y un largo y complicado etcétera y definitivamente no es mi interés.

Para quienes vimos LA SAL DE LA TIERRA, película dirigida por Herbert J. Biberman en 1954, esta resultó más clara para explicar el porqué de los sindicatos que leer algo de toda la teoría que sobre los mismos se ha publicado. Los sindicatos se crearon para hacer contrapeso a la tiranía con que se explotaba a los que no eran dueños de los medios de producción. Buscaban el equilibrio en las condiciones de trabajo, ya que, siendo honestos, ningún patrón daría o pagaría más que lo indispensable a sus empleados. Lo que ahora llamamos prestaciones y conquistas sindicales fueron ganadas literalmente con sangre y lágrimas, tal y como lo muestra esta película que narra la vida de unos mineros de Nuevo México.

A lo largo de alrededor de 50 años de lucha primero por organizarse y conseguir el reconocimiento de los empleadores y jefes y luego por mejoras en el trabajo que redundaran en elevar el nivel de vida de los asalariados, el sindicalismo ha incidido y ha sido afectado también por otros fenómenos sociales: la profesionalización de los trabajadores, la automatización y mejora de los medios y herramientas de producción, la emancipación femenina y la incorporación de la mujer al trabajo fuera de casa ya sea en actividades en las que siempre y casi de forma natural se le había permitido participar como el magisterio y la enfermería y en otras en las que poco se le veía como la construcción y la política.

A excepción de los verdaderos dueños del dinero en este país, casi todos llegamos a tener posiciones de subalterno de otro. Sin embargo, también casi todos padecemos amnesia al respecto y solemos ejercer el pequeño poder que nos es dado. El de mayor antigüedad sobre el joven, el que tiene título busca pasar encima del que no lo ostenta, el leguleyo sobre el callado y así sucesivamente. Hace mucho que, para beneplácito del patrón, la conciencia de gremio se perdió. Los cotos sindicales están quedando lejos de ser espacios de beneficio para sus representados, antes bien, líderes y base parecen haber dejado de identificarse y buscar un fin cada uno por su lado: los primeros en una lucha del poder para servirse a sí mismos y los segundos en una defensa personal, sin cabeza y sin tino.

Los trabajadores nos hemos desconocido unos a otros. Los trabajadores de la salud niegan con todo gusto una atención digna a los que se acercan a recibirla muchas veces estando en juego no solo su integridad física sino su propia vida. Los trabajadores de bienes y servicios lucen sus caras más déspotas y soberbias frente a quienes buscan acceder a sus productos y satisfactores. Los maestros no identifican como compañeros de lucha a los padres de sus alumnos, son sólo individuos fastidiosos que no saben criar a los maleducaditos con que ellos tienen que lidiar en su desempeño laboral.

Convendría revisar la historia de las luchas de los trabajadores de este país. Sería bueno refrescarnos la memoria para tener presente que Cananea no es sólo una población de Sonora, sino la huelga de 1906 en la que la inconformidad primordial era el que los trabajadores mexicanos recibían un pago menor a los trabajadores norteamericanos; que Real del Monte es la cuna de la primera huelga en América, y que alguna vez el Sindicato de Telefonistas estalló una huelga que sufrió la requisa y la represión. Si fuera posible, no estaría de más ver LA SAL DE LA TIERRA y aprender de la fuerza de Rosaura Revueltas que lucha lo mismo contra el dueño de la mina que contra los hombres de su comunidad, su marido en primer término, al ver que las mujeres son discriminadas y no son vistas como iguales por sus compañeros de vida.

Si las cosas ya estuvieran parejas entre trabajadores y empleadores nunca hubiera existido el Pasta de Conchos ni el Oaxaca de los últimos años mexicanos. Esto prueba que el sindicalismo sigue siendo necesario, indispensable, pero también cuestiona qué clase de sindicalismo es el que debe prevalecer. ¿Más demagogia, menos identificación? Si bien las condiciones de vida de los trabajadores deben mejorar no puede perderse de vista que las apariencias engañan y aunque las facilidades de pago para adquirir satisfactores materiales permiten crearse un espejismo, la realidad es que es difícil remontar la condición de clase trabajadora, es decir, solo el esfuerzo arduo puede redundar para la clase media, media baja y baja en una relativa tranquilidad económica. Los medios laborales pueden ser distintos, hay diferentes escenografías y desempeños pero esencialmente la condición de asalariados es la misma. Si no hacemos una concienzuda revisión del concepto de gremio es probable que no soportemos los retos que presentan las nuevas condiciones de trabajo, las modernas herramientas para hacerlo y desde luego, las reglas vigentes del este juego de producción y consumo.

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