La realidad de todas las ficciones

Llama la atención que en la exposición fotográfica “La realidad de todas las ficciones. Travestis”, inaugurada en la galería Leo Acosta de Pachuca el autor Miguel Ángel García.. Reconocible la labor; lamentable que la primera gran muestra de  arte activista de la diversidad sexual hidalguense esté hecha con un desconocimiento del tema que no sólo no colabora con aquello que pretende, sino que, justamente lo contrario, arriesga la comprensión social de las identidades de género disidentes, con un discurso visual irreflexivo, morboso, melodramático y heterosexista.

Marcha del Orgullo Gay en Pachuca. Foto: Grisell Juárez (Archivo)

Por Alejandro Ávila Huerta y Luis Fernando Serrano Delgadillo.

El arte –igual que el periodismo, que la academia- ha sido sustancial vía de divulgación en la defensa de los derechos humanos; también en su detrimento, cuando se hace con ese objetivo o con simple ignorancia. Más allá de las intencionalidades manifiestas –incluso desconocidas- de sus creadores, los contenidos del arte, como formas simbólicas, expresan la determinada concepción del mundo de una colectividad particular y reconstruyen modelos de comportamiento en sociedad.

Dice el artista Maai Enai Ortiz: “Ciertamente, es un posicionamiento político el usar el arte (como medio para lograr nexos que construyan una forma de interculturalidad), que ha sido renuente e incluso ajeno a las luchas sociales por varios siglos, pero una luz ha sido afianzada desde los sesentas mediante la nueva ola de vanguardias y actualmente manifestada en el arte político, con el cuestionamiento hacia la creencia del arte por el arte”. Agrega que, del mismo modo, puede ser un fuerte constructor de estereotipos.

Según el fotógrafo e investigador Pepe Baeza, hay cierta responsabilidad en la fotografía de prensa y documental; debe mantener una actitud de oposición, debe haber una movilización porque la tensión entre realidad y ficción no dependa de expectativas de negocio; la fotografía es capaz de abrir vías socialmente responsables.

En el año de 1978, la pintora neoyorquina Mariette Pathy Allen tuvo la experiencia de hospedarse en un hotel de Nueva Orleans en el que, casualmente, un grupo de travestis también se alojaba. La fascinación de la artista la llevó a acercarse al grupo, que la invitó a desayunar; tal suceso dejó una marca en ella, pues decidió retratar el momento por medio de una fotografía, empezando así uno de los registros fotográficos más importantes de la comunidad TTT (travesti, transgénero, transexual).

Entre finales de los 70 y los años 90, Allen se dio a la tarea de llevar registro y entrevistar a personas TTT, trabajo que culminó en la publicación de dos libros. El primero de ellos se enfocó a travestis y familiares, y lleva por título «Transformations: Crossdressers and those who love them» (Transformaciones: Travestis y aquellos que los aman). El segundo tiene un tinte de activismo político y aborda a la gente transgénero, llamado «The gender frontier» (La frontera del género).

El arte LGBTTTI en el estado –como todo lo LGBTTTI en el estado- no es inexistente, es ignorado. Por eso llama la atención que en la exposición fotográfica “La realidad de todas las ficciones. Travestis”, inaugurada hace dos semanas en la galería Leo Acosta de Pachuca –esto es, con todo el apoyo gubernamental-, el autor Miguel Ángel García asume abiertamente una posición a favor de la diversidad sexual, al afirmarse motivado por el intento de homicidio que hiriera gravemente a dos trabajadoras sexuales de la organización Transgénero Hidalgo en 2009 para contribuir con la desmitificación de nociones equívocas sobre lo trans a través de la documentación de su cotidianidad.

Reconocible la labor; lamentable que la primera gran muestra de arte activista de la diversidad sexual hidalguense esté hecha con un desconocimiento del tema que no sólo no colabora con aquello que pretende, sino que, justamente lo contrario, arriesga la comprensión social de las identidades de género disidentes, con un discurso visual irreflexivo, morboso, melodramático y heterosexista. No se puede que alguien cargado de prejuicios no los exhiba por montones, menos que espere descargar de ellos a los demás.

Hay tres décadas de separación entre los trabajos de Allen y García, y los dos manejan una propuesta visual similar; si bien la foto documental se mantiene como constante -pues se trata de la captura de la realidad, en donde el estilo pasa a ser algo existente pero secundario- el contexto de las situaciones que se retratan es muy diferente. El trabajo de Allen podría considerarse altamente fresco y transgresor: no habían transcurrido ni diez años desde la que se considera la manifestación que dio origen al movimiento gay en Estados unidos (los sucesos de Stonewall) y la población TTT aún no era altamente visible.

El movimiento gay en México comienza a hacerse notorio alrededor de 1978, nueve años después de la iniciativa y apertura en Estados Unidos, la cual logra de alguna manera visibilizarlo globalmente, aunque no por igual, debido a las posturas políticas de cada país; por lo tanto, las imágenes del ensayo de Miguel no se alejan de ser simples retratos que victimizan y disfrazan la lucha social que la gente TTT ha llevado a cabo.

La intención de la muestra, según se describe, es la de alejar las representaciones sociales de la población trans de aquellas de prostitución, excesos y excentricidad, y qué mejor manera de hacerlo, para el autor, que retratando mayoritariamente escenas de excesos y excentricidad: alcohol, antros, sexo, maquillaje, tristeza, soledad, en las que la única lectura que se puede tener es que las condiciones de vida TTT son algo para no tomar en serio y que no se pueden transgredir los patrones de género impuestos.

Porque mientras las y los académicos de una buena parte del mundo, desde hace como cuatro décadas se cuestionan las convenciones sociales que hacen al género un resultado causal del cuerpo, García, con títulos que seguro imagina transgresores (pero no pasan de escandalosos, si acaso: Limitaciones que lo real impone, Sin coraza, Soy lo mejor de un hombre y lo peor de una mujer, Él es ella, La mitad de mi cuerpo es mentira), retrata a un grupo de mujeres trans como siempre hombres situados en un limbo entre sexos y dependientes de vestidos y accesorios femeninos para construir su identidad, y no de la profunda convicción de pertenecer a ella, más allá de vaginas y pelucas.

Si fue poco, la obra se presenta con un irresponsable texto del artista Enrique Garnica, de -¿provocativo?- título “¿Niño o niña?”, para reforzar el artificio y la inestabilidad que, según el fotógrafo, son elementos constitutivos de las vidas trans, y habla, queriéndose defensor pero contradiciendo su idea inicial de necesidad de información y conocimiento-, de disforia de género (término psiquiátrico patologizante), de travestis baleados (negando el deseo de reconocimiento identitario), del proceso de transformación para verse como mujeres (nunca serlo), de elección de género (cuando ya se sabe bien de la estructuración inconsciente e involuntaria de la identidad genérica), de grupos minoritarios (cuando ya hasta la CNDH recomendó evitar el término por inexacto) y remata con una retahíla de atrocidades que ha de creer ingeniosas para definir lo TTT, como glamour sui generis y oropel de mentiritas.

Queda claro que las únicas ficciones en este trabajo son el entendimiento que García y Garnica creen tener de un fenómeno social para el que no alcanza su empecinado binarismo sexogenérico, y la apertura que el Gobierno de Hidalgo finge tener hacia un sector que, en otros momentos y lugares, ignora hasta la aniquilación. Desde su posición, exhortar a la Procuraduría General de Justicia de Hidalgo a sacar de la mesa de robos el expediente del caso del crimen transfóbico al que dice aludir la exposición –a lo que no hay ninguna referencia en esta labor supuestamente reivindicativa-, definitivamente demostraría mayor interés que respaldar una muestra exhibicionista y estigmatizante.

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