La REVOLUCIÓN de las BUGAMBILIAS

Cuando en esta primavera florecen las bugambilias, florece también la revolución feminista. Y no es volver a la vieja y machista analogía de las mujeres tan tiernas como flores; sino que la naturaleza, con sus pétalos cual banderas, parecía sumarse también a la movilización del ocho de marzo con todo su esplendor púrpura, el color del feminismo.

Es esta una revolución. Cualquiera, a donde sea que mire, puede atestiguar un piquete revolucionario. Hasta las más anquilosadas instituciones políticas y educativas tienen adentro un germen feminista. El tema aborda todas las sobremesas y las discusiones en redes sociales.

En noviembre del año pasado, la ultracatólica Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla se estremeció con la protesta de un grupo de estudiantes que clamaban por el derecho de las mujeres a abortar. Hace unos días, alumnas del inmaculado Instituto Politécnico Nacional escracharon a profesores, alumnos y empleados por ser acosadores sexuales. En cada familia hay por lo menos una mujer, sobre todo una mujer joven, que ha dicho Basta.

Ni Marx pudo advertir que la lucha de clases no la liderarían los obreros explotados; sino las explotadas de esos obreros.

Pero hay hombres, machistas de izquierda, que creen que esta no es una revolución porque en sus libros apolillados de la editorial Progreso no existen ejemplos de lucha como el que estamos viviendo. Le siguen llamado “la emancipación de la mujer”, “la causa de la mujer” y otros más recalcitrantes se atreven a asegurar que este es un movimiento del neoliberalismo financiado por el banquero George Soros. Piensan, pues, que Yugoslavia aún existe.

En realidad les molesta es que no sean ellos los protagonistas. Les molesta que, ahora, los hombres somos relegados al puesto de “adelitos”, como hicimos con ellas, minimizando su valor. Ahora ellas son las generalas. A los hombres les aterra que son ellas las que están escribiendo la historia.

Y los hay otros, los hipócritas. Los que gritan “viva la igualdad”, siempre y cuando no les toquen sus privilegios económicos. Por ejemplo: publicó el connotado articulista de la reacción, Raymundo Rivapalacio, que el presidente López Obrador no ha entendido que el problema es el patriarcado, no el neoliberalismo. Semejante advenedizo, burgués insolente. Solo hacía falta asomarse a la marcha para advertir que esta revolución también es anticapitalista, como lo es antipatriarcal, pues lo uno sostiene a lo otro.

Ni Marx pudo advertir que la lucha de clases no la liderarían los obreros explotados; sino las explotadas de esos obreros. Aunque en esencia tenía razón: el proletariado se alzará, pero le falló el género del pronombre. Es la proletariada. Y puede entenderse. Desde diez mil años a la fecha, la historia está escrita en masculino. Pero ya no más. Está claro que ya no más.

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