¿Qué pasa en TIZAYUCA que hay tanta VIOLENCIA?


El grado de descomposición en Tizayuca no es casual ni es nuevo. Durante muchos años y gobiernos, ese municipio ha sufrido el abandono de las administraciones federales, estatales y municipales, quienes se han acostumbrado a la idea de que el lugar es un territorio que, más bien, es dormitorio. Además de una extensa avenida que vincula el norte del municipio con la carretera federal México-Pachuca, no ha habido más inversión que permisos para la construcción de fraccionamientos, con lo que, seguramente, varios insospechados fueron beneficiados con billetes de alta denominación por haber liquidado ejidos con tal de levantar casas de interés social.

Esto cambió por completo la actividad económica del lugar que, pasó de ser un territorio agrícola, ganadero e industrial de alta producción, a uno de comercios y servicios pauperizados. A principios de la década de 1980, Tizayuca era uno de los centros más importantes del país para el sector químico, metalúrgico y lechero. Su parque industrial se hermanaba con los grandes centros de Naucalpan y Vallejo, en el norte del Valle de México. En algún momento, su cuenca lechera fue la más grande de Latinoamérica, logrando levantar industrias propias como Boreal, la cual desapareció por el desamparo del Estado y beneficios para los monopolios del norte. Las políticas capitalistas y sus crisis consecuentes desde el sexenio de Miguel de la Madrid hasta Enrique Peña Nieto, dieron al traste con el municipio.

No sólo fue la caída de la economía, sino que gobernadores y alcaldes vieron en Tizayuca no más que tierra para extraer dinero con la garra de las empresas constructoras. Basta preguntar y ninguno de sus ex presidentes municipales vive o quiere vivir ahí. Poco a poco la gente del lugar fue empobreciendo y quienes migraron de la Ciudad de México y el Estado de México no encontraron la vida tranquila o de oportunidad de buscaban tras huir de la decadencia capitalina.

Hace más de treinta años que no hay políticas culturales y deportivas. Ya no digamos sociales, más allá de andar regalándo despensas para las siguientes elecciones. No hay parques y, los que hay, están amarillos y sucios. Hasta los campos deportivos sucumbieron a la tentación del dinero y cedieron sus espacios a los supermercados. En Tizayuca hay más Elektras que cines. Más bares que escuelas. No hay teatros. No hay museos. Y sólo dos bibliotecas.

De modo que, al pensar en el horrible feminicidio de la niña Nicole, ocurrido en la colonia Rancho Don Antonio —una localidad pegada a la autopista México-Pachuca—, debe pensarse en todas las oportunidades que no han tenido las últimas tres generaciones de tizayuquenses. Debe pensarse en el saqueo de la tierra, en el abandono, en la corrupción política, en el caciquismo y en que, a nadie en ese municipio se le ha ofrecido la oportunidad de pertenecer a una comunidad. El desarrollo cultural de Tizayuca fue cancelado para dar paso al dinero fácil. Es, pues, un coctel de violencia y no es casualidad que sean las mujeres y niñas las más afectadas por un ambiente donde predomina el caos.

Con la llegada de Susana Ángeles Quezada a la presidencia municipal de Tizayuca, por primera vez yace una esperanza de cambio. En efecto, este no se verá en cuatro años. La presidenta tiene ante sí el desastre de los años anteriores y la resistencia de los grupos que ven perdidos sus privilegios y hoy, hacen guerra sucia contra el Ayuntamiento. Pero hay un camino. Hay un principio. Dependerá del talento y el liderazgo de quien hoy tiene en sus manos la posibilidad de mejorar el destino de esta localidad agonizante.

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