[BLACK MASS MEDIA]

Marketing, Medios e Imagen Pública

Antes que nada, es necesario aclarar algo: esto no es una mera crítica, ni un recuento de la historia del movimiento “#ReleaseTheSnyderCut” (ya hay muchos caracteres escritos al respecto y algunos muy completos y muy bien estructurados) esto, es una explicación del porqué, lo que vimos este 18 de marzo en servicios VOD alrededor del mundo es, más allá de si te gustó o no, un hito en la historia de la industria del cine:

Si alguna vez has leído las listas anuales que te presentamos aquí sobre lo esencial de cine de cada año, tal vez hayas notado que por muchos años hacíamos dos listas: una de cine más “comercial” y otra de cine “autoral” y de fines más artísticos.

Dicha decisión no era gratuita: no podemos juzgar de la misma manera todos los productos de cine. Sería injusto y eso haría que cada producción perdiera puntos al ser tratada bajo cánones básicos (y a veces enfrentados) para cada enfoque… para bien o para mal, el cine no debería juzgarse unilateralmente.

Para empezar, porque el cine (al igual que todas las artes que han requerido apoyarse de las industrias culturales para poder alcanzar a las grandes masas y dejar de ser solo “alta cultura”) no puede tampoco verse de manera universal: es preciso entender al cine como arte, y al cine como industria. Y hay que aprender a entender, valorar, respetar, y jugar dentro de cada uno de esos enfoques.

El cine como arte es una expresión, una postura y una declaración de principios apoyados en la estética audiovisual. No conlleva compromisos más allá de generar emociones y pasiones ante quienes lo miran… es muy, muy difícil conceptualizar el arte – qué lo es y qué no lo es – pero creo firmemente que sí hay una premisa para delimitarlo: aquello que no te mueve, que no te emociona, que no te genera una reacción, no es arte.

El cine como industria, es precisamente la entrada de la cinematografía en aquello que Theodore Adorno denominó la industrialización y reproducción masiva del arte, apoyado en los medios de comunicación, con la intención de alcanzar a las masas.

Purismos (o más bien puritanismos) aparte, los cierto es que ambos enfoques se necesitan. El arte no debe quedarse en círculos elitistas de pequeñas burguesías, porque entonces solo promueve el clasismo y la desigualdad social; mientras que las industrias cultuales necesitan del arte, porque sin éste, entonces sus productos se vuelven vacíos, sin significado alguno, lo cual se traduce en una perdía de valor comercial.

Así pues, el cine como arte, debe enviar un mensaje y tocar emociones sin mayores miramientos…   el cine de entretenimiento, aquel que se rige por los cánones de la industria, debe ser, ante todo, divertido y redituable.

No es que uno no pueda conllevar ciertos elementos del otro, pero nunca como prioridad: no debemos sorprendernos entonces que el primero se quede en nichos, no sea objeto de adoración de millones y muchas veces, suela pasar desapercibido para las grandes masas… Por ende, tampoco, debería sorprendernos que el segundo, se diseñe como un negocio ante todo, y que sus participantes tengan que estar conscientes, de que deberán sacrificar una visión artística ante “lo que les guste a las mayorías” porque el dinero es la piedra angular.

Pero, ¿qué tiene que ver el paradigma de los dos cines, con un tipo, tan odiado como alabado, dirigiendo una historia de cinco vatos y una morra repartiendo madrazos a diestra y siniestra?

Zack Snyder es un director forjado en las industrias culturales. Es innegable que su talento reside en la comercialidad y en el entretenimiento, en el espectáculo visual y su eficaz uso de efectos especiales… juzgarlo como juzgamos el trabajo de Ingmar Bergman, de Stanley Kubrick, o de los hijos del Dogma 95, sería francamente ridículo (a pesar de que sus críticos no le perdonan al estadounidense lo que obvian en el resto del cine)… pero, aun dentro de la inherente comercialidad de su trabajo, ha intentado construir un sello autoral, usando precisamente las herramientas de las industrias culturales, de ahí que su estilo visual recargado, una dirección de arte inmaculada y un soberbio uso del phantom, sean su principal sello; tal vez a mucha gente podría ya parecerle cansino, pero Snyder se ha ganado el derecho de usarlo, al ser quien lo masificó y perfeccionó desde su segunda producción, 300… pero nada de esto parece importarle a la gente que lo lapida: a Snyder se le ha atacado y juzgado desde una perspectiva injustamente universal (juicio que no recibe el resto del subgénero superheroico, por ejemplo).

Todo nos lleva a este 18 de marzo: el estreno mundial de la “Zack Snyder’s Justice League”, un hecho que hoy podemos clasificar como un hito histórico dentro de la industria del cine… ¿Por qué?  Simplemente, porque esta producción significa la consolidación del gran derrumbe del paradigma de “los dos cines”:

Cuatro horas de metraje, donde Snyder, libre de las exigencias, inseguridades y preocupaciones meramente financieras de los ejecutivos de estudios que creen que sus audiencias son “estúpidas”, dio rienda suelta a sus sueños más salvajes y delirantes, para plasmar su visión sobre los dioses entre nosotros, la santísima trinidad del noveno arte, y el grupo de defensores de la tierra que se reunieron por primera vez hace 60 años bajo la pluma de Gardner Fox. Una visión completamente autoral, y con una historia que combina magistralmente muchísimas influencias e historias de los personajes que representan iconos de cultura de masas; con un perfil excelentemente ejecutado de sus protagonistas y borrando de golpe los chistes forzados y primeros planos a los traseros que el estudio demandó en 2017 para vender más.

Snyder, entrega una trama desarrollada parsimoniosamente, con un nivel de construcción de personajes que no se logra casi nunca en el cine comercial; con secuencias de acción imposibles y sin tener que requerir ediciones para el PG-13 (que siendo honesto, la edición siempre ha sido la gran debilidad de Snyder: todas sus películas son mejores en sus versiones extendidas, porque no parece tener la capacidad de contar una historia en menos de 120 min… de si esto es un defecto o no, depende una vez más del ángulo: lo mismo podríamos reclamarle a muchos grandes del cine autoral / de arte).

Contrario a lo que sus haters dicen de que “no conoce a su material de origen”, este trabajo demuestra que no podían estar más equivocados: este corte exhibe influencias en la construcción de personajes, escenarios, tramas y hasta de viñetas convertidas en tomas, que homenajean, respetan y están inspirados en trabajos de Grant Morrison, Geoff Johns (sí, el mismo que le puso el pie en el corte original), Dan Jurgens, Frank Miller, Gail Simone, Brian Azzarello, George Perez, Marv Wolfman, Tom Taylor, John Byrne, Jack Kirby, y un inmenso etc..

Su corte es todo lo que podrías esperar de un producto nostálgico que te remonta a tu niñez y te toca para reactivar tu inocencia perdida en la vida adulta prediseñada; es inmensuradamente épico y emotivo hasta las lágrimas (nadie que no esté muerto por dentro puede dejar de emocionarse con la secuencia de las amazonas, con los paralelismos del first flight de Superman, o las escenas en el clímax de Flash y Cyborg); perfectamente ejecutada, intensa, divertida, profunda, visualmente abrumadora, reflexiva y que, 242 minutos después, increíblemente te deja queriendo más…

Hoy, aquellos ejecutivos inseguros y codiciosos que negaron una visión artística, están en un predicamento y con sus trabajos en riesgo: los primeros 40 minutos del filme son suficientes para que no quepa en la lógica de nadie, que alguien pueda creer que lo que sucede en nuestras pantallas no merecía aparecer en cines…

Sobre si es ésta la mejor película de DC o de superhéroes en general jamás hecha, aún no lo sé (la película no es perfecta: sí existen un par de subtramas que pudieron agilizarse, y los últimos 20 minutos son puro fanservice – aunque uno muy, muy bueno –): en el momento, sí me parece insuperable… pero entonces, vuelvo la vista y ahí está, en su eterno pedestal, esa obra maestra atemporal llamada Watchmen (adivinen quién es el director de ésta, por cierto)… pero lo indudable, es que fue una espera de 4 años que valió cada maldito segundo y que, sin lamentaciones, tuvo el camino que tenía que tener: si no hubiera sido por todo el drama, manoseo comercial y tragedia del 2016 y 2017, nunca hubiéramos tenido en formato libre y sin concesiones, esta épica cinematográfica.

Pero al final, si te emociona tanto como lo hizo conmigo, si te gusta o no, será, como todo el arte, totalmente subjetivo… pero lo cierto, es que más allá de si lo amas o lo odias, este filme ha terminado por romper un paradigma: Snyder ha consolidado un movimiento que ha decidido borrar la línea del entretenimiento y el arte; ha establecido que ambos conceptos No están peleados, que se puede crear algo maravilloso y pasional, y aun así, puede seguir siendo un muy buen negocio…

En la última década, pudimos ver algunos ejemplos de quienes comenzaron a patear la puerta que hoy Snyder ha terminado de derribar:  The Shape of Water de Guillermo Del Toro, The Revenant de Alejandro González Iñárritu, The Irishman de Martin Scorsese, The Witch de Robert Eggers, el nivel de libertad narrativa que han logrado en sus últimas producciones Fincher, Nolan y Villeneuve, son solo algunos ejemplos de productos tan cinematográficamente hermosos, como redituables. Pero hoy, esta comunión ha alcanzado lo imposible, ha llegado y triunfado sobre el lado más puramente “superficial” y fríamente comercial de la industria: el cine de superhéroes.

No hay nada de malo en quienes quieren solo divertirse. No hay tampoco nada de malo en quienes esperan que el cine, debe ser un postulado artístico pasional que rechace la comercialidad… pero hay un mérito enorme y un paso más lejos de lo establecido, en quienes crean algo que logra quedar bien con dios y con el diablo.

Hoy, los y las cineastas deben entender que no importa de qué lado juegues, ya sea del arte puro o de la industria total, no necesitas perder tus valores, ni sentir que te traicionas; que está bien divertirse, pero que está mejor si logras hacer algo profundo, y que siempre debes defender con pasión tu obra…

La Liga de la Justicia de Snyder es un triunfo de quien sigue viendo arte aun en el negocio. Un triunfo de las y los creadores sobre los emporios. Un triunfo de un grupo de fans que sabían que había algo mejor que el producto que nos entregaron y deciden que no pueden conformarse con las viejas prácticas de que “el mercado sabe más que tú lo que quieres”.

Nos ha comprobado que la visión autoral / artística, también “vende”, que la industria debe respetar a sus creadores y creadoras, debe abrazar la diversificación de ideas, de formatos, de gustos, de sociedades y cosmovisiones, e incluso, de formas de ver el cine.

El arte también puede ser redituable, y la visión de negocios No tiene que carecer de ética y corazón… El cine, hoy al igual que siempre, No debe tener límites…

“Make your own future. Make your own past. It’s all right now”:
Bienvenid@s al futuro del séptimo arte…

#RestoreTheSynderVerse

Nunca están ausentes las voces ofendidas y escandalizadas por “la violencia de las feministas” (realmente tendría que ser por «la violencia de los movimientos sociales», pero, como siempre, es en las mujeres donde más nos fijamos y ofendemos por sus comportamientos que rompen con las normas y las buenas costumbres) … sin excepción, conocemos a varias personas que se expresan desde la comodidad de sus torres de marfil y sus burbujas de privilegios que “con violencia no se logra nada”, que “el vandalismo y la violencia solo generan más violencia”, que “esas no son las formas” y que “deberían ser más civilizadas”.

Pero, ¿tienen cierto nivel de razón esas personas que piden un alto a la radicalización? … Y la respuesta – teórica, social, histórica, antropológica, moral y políticamente hablando – es un rotundo: NO, No tienen razón… ni derecho a pedir mesura.

Primero que nada, sería importante entender que NO podemos llamar vandalismo a las acciones de radicalización en la protesta social. Por mera definición teoría, el Vandalismo es el “espíritu de destrucción” o las acciones violentas que no conllevan ninguna ideología más allá que causar caos.

Las acciones “destructivas” en una protesta social son denominadas iconoclasia, y tiene una diferencia fundamental: la Iconoclasia No se desarrolla por gusto, ni por caos: conlleva un fin ideológico, un rechazo hacia las autoridades, hacia las normas establecidas, y hacia los paradigmas que han dejado de ser funcionales para el grupo social que representan…

Es decir, el vandalismo no tiene sentido ni objetivo alguno; pero la iconoclasia, conlleva una ideología y causa social. Puedes sentirte igualmente escandalizado u ofendido por sus consecuencias, pero el vandalismo busca afectarte, y la iconoclasia busca que voltees a ver algo que está mal en la sociedad.

Segundo: el más rápido “Wikipediazo” nos mostrará que prácticamente ningún movimiento y su posterior cambio social, se ha logrado sin acción en las calles, no solo en México sino en el mundo; que las revoluciones No son pacíficas y que, aunque haya quien históricamente se hizo famoso hablando de paz, es porque tenía a miles de personas detrás enfrentándose a la represión violenta para ser escuchados…

Y tercero y más importante: es fundamental entender que la radicalización de los movimientos sociales sucede no por gusto de quien los lleva a cabo: la protesta social escala simple y sencillamente porque todas las instituciones, autoridades, pero, sobre todo, todas personas que formamos parte de la sociedad, les hemos llevado a esto… es decir, la radicalización de la protesta, es culpa de todo el sistema y toda la sociedad, no del movimiento.

Perfomance feminista como protesta en 2016… ignorado por la sociedad (Foto: Blanca Guitérrez)

A todo mundo parece olvidársele, que los movimientos feministas en México comenzaron con marchas de silencio, con velas, con altares, cargando cruces… y todo mundo las ignoró… Se les olvida que después hicieron protestas, lanzaron comunicados, se hicieron performances artísticos… y todo mundo se burló de ello… Pero fue hasta que alguien lanzó brillantina a un funcionario, hasta que cayó el primer vidrio y se pintarrajeó el primer monumento, que la gente volteó a ver lo que pasaba: ahí fue que finalmente, hubo gobernantes que les recibieron, y que nuevas leyes para la vida libre de violencia comenzaron a salir del congelador legislativo…

La radicalización de un movimiento nunca es el primer paso, y nunca sucede de la noche a la mañana: toda protesta social comienza con alguien intentando ser escuchado o escuchada bajo los cánones establecidos de una sociedad, es decir, siempre jugamos bajo las reglas a la primera, y esta petición es ignorada… Pero entonces, las acciones van en aumento a medida que una injusticia o desigualdad (que la teoría nos dice que el sistema político no debería permitir), sucede, y nadie nos atiende, nadie nos resuelve, y nadie parece siquiera hacer caso de ello… Conforme no puede resolverse, intentas subir de niveles de autoridad, intentas hacer eco entre la gente y los medios… y, generalmente, el diálogo y las “formas” que tanto preocupan al resto de la sociedad, nunca funcionan.

Es entonces, hasta el final, que tienes que pegar el primer grito, que tienes que dar el primer manotazo en la mesa de negociación, porque a nadie le ha importado, porque la indiferencia solo hace más grave y más ofensivo todo aquello por lo que has pasado.

Pero esto, no solo sucede con las autoridades. Lo mismo pasa cuando buscas eco en la gente de a pie… pero estamos tan ensimismados en nuestro propio narcisismo, que es muy poca la gente capaz de solidarizarse o empatizar con una causa que no les ha golpeado personalmente.

Así que, solo hasta que no podemos llegar a tiempo al trabajo, hasta que nos sacan de la cotidianidad de tener impecables los muros y los monumentos, es que por fin, visualizamos un mundo que nos negamos a ver para no perturbar nuestra muy personal comodidad.

Baile «Vogue» como protesta contra el acoso sexual en 2019… ridiculizado en Redes Sociales (Foto: Redes)

“Es que hay otras formas” … cierto, hay muchísimas otras formas antes que la radicalización… pero nuestra posición de privilegio simplemente prefiere ignorar que las personas que han llegado al extremo, ya han abordado previamente TODAS esas “otras formas” y que nadie les hizo caso… si tú tienes la idea de que “no se debe llegar a la violencia en un movimiento social”, es porque has tenido el privilegio de no ser ignorado (y de haberlo sido, entonces no tuviste el valor de No quedarte callado).

Además, algo debemos tener muy claro: NADIE absolutamente NADIE, quiere estar en la calle protestando, bloqueando un camino, haciendo huelga, en un plantón, o gritando consignas. Nadie quiere quemar la ciudad, nadie quiere pintarrajear porque sí una pared o destruir un vidrio; nadie quiere tener que correr tras una bomba de humo para devolverla. Nadie quiere enfrentarse a una autoridad donde existe una amplia probabilidad de que te reprima con lujo de violencia… nadie quiere incomodarte, porque sí, en tu camino a casa o trabajo, ni quiere dañar la infraestructura de la ciudad… pero lo cierto, es que es el mismo egocentrismo social, el que hace que, a veces, no tengas más remedio que “olvidar las formas”, porque “las formas” simplemente dejaron de funcionar.

¿Cuántas personas realmente estarían hablando del tema si fueran solo protestas pacíficas? ¿Cuántas personas seguirían burlándose (aún más) y decidirían mirar a otro lado, si no incomodaran su egocéntrica rutina diaria? ¿Cuántas personas seguirían sintiéndose solas, y no se darían cuenta de a cuánta gente le ha fallado el sistema?

Nadie que no sea capaz de romper o cuestionar su privilegio de que “el sistema sí les ha funcionado” puede entenderlo (porque en esta realidad, el que «te hagan justicia» ya no es un derecho universal, es un privilegio de unos cuantos); nadie que ha perdido y ha sido injustamente aplastado por la realidad, podrá decir que No ha tenido ganas de quemarlo todo: porque hemos estado ahí, ahogados y ahogadas por la rabia, la frustración y el dolor, pero casi nadie hemos tenido la fuerza de levantar la voz al respecto…

A veces tienes que marchar, gritar, rayar e incendiar; a veces tienes que recordar que este país forjó su independencia y revolución con sangre y fuego, sin pedir permiso para hacerlo…

A veces, la deshumanización del sistema y sus instituciones, más la indiferencia narcisista del resto de la gente que no te apoyará a menos que les suceda lo mismo, no te deja de otra, más que luchar, protestar, romperlo todo, y hacer que los templos, palacios y torres, se derrumben con hórrido estruendo; para que sus ruinas existan diciendo: “de mil héro@s la patria aquí fue…”

(Foto: Blanca Guitérrez)

Este 18 de febrero, el presidente Andrés Manuel López Obrador respondió a los cuestionamientos acerca de la inminente candidatura de Félix Salgado Macedonio al gobierno de Guerrero por el partido Morena. Dicha respuesta fue, por decirlo ligera y elegantemente, muy desafortunada: “Ya chole”.

No es la primera vez que el presidente parece demostrar apatía, lejanía y desinterés por la lucha feminista. Por supuesto, dichas posturas han recibido un reclamo justificado y enérgico tanto dentro como fuera de su administración, y por parte de movimientos feministas sin distinciones partidistas; pero, desgraciadamente, también ha servido para alimentar a una oposición conservadora (política y mediática) que, descarada y desvergonzadamente, ahora se cuelga la etiqueta feminista, aun cuando, en su tiempo en el poder, tampoco fue capaz de hacer algo al respecto (y, sin desvirtuar, lo cierto es que es justamente es a esta falta de autoridad moral a lo que AMLO se refería con su hartazgo, no a las protestas).

Pero, a pesar de esta evidente falta de autoridad moral por parte del ala opositora, lo cierto es que es innegable que López Obrador les ha dado a sus contrincantes una declaración y argumento para seguirle atacando, y le ha hecho pasar a sus simpatizantes momentos difíciles para poder explicar su postura.

Pero entonces, en medio de la polémica, es necesario cuestionarnos: ¿es realmente AMLO un apático al movimiento feminista? Y la respuesta reside en la propia ideología política del mandatario:


(Lo siguiente NO ES UNA JUSTIFICACIÓN de las declaraciones y NO es justificación a la candidatura de Salgado Macedonio… es una EXPLICACIÓN de la postura política del mandatario:)


Vamos a hablar un poquito de teoría: Dentro de las corrientes de pensamiento político, económico y social que imperan dentro de la izquierda occidental, una de las más recurrentes, es el denominado Marxismo – Leninismo… si bien este pensamiento político es amplio, teórica y prácticamente aplicado y sustentado, y bien merecería un análisis profundo, de manera sencilla y general, podemos plantear que esta corriente es básicamente la aplicación en la práctica del modelo económico marxista de distribución de la riqueza, y tiene como base del desarrollo económico, el trabajo y progreso de las clases obreras, es decir, del proletariado… Lenin, basado en Marx, estableció que, para lograr el crecimiento del proletariado, y para acabar con el “colonialismo” y el “imperialismo” (reflejados como «la injusta distribución de la riqueza entre solo unas cuantas manos») era necesario el derrocamiento de éstos dos últimos.*

* (y, por si alguien está queriendo caer en reduccionismos burdos, aclaro que el plantear un proyecto político / económico / social bajo esta premisa, NO quiere decir que "¡ah, entonces AMLO es comunista!"; quiere decir que tiene un pensamiento de izquierda basado en el crecimiento de la clase obrera, al menos, desde una formación teórica / académica de las ciencias políticas; justo como prácticamente cualquier gobierno liberal alrededor del mundo).

Al final, lo que el Marxismo – Leninismo plantea, es que, priorizando el bienestar y crecimiento de la clase trabajadora y resolviendo las desigualdades económicas, se resuelven TODAS las desigualdades sociales.

AMLO cree firmemente esto. Por eso, es que su postura siempre ha sido la de «No desviar la atención al gran problema (la desigualdad social y económica, y acabar con la corrupción)»; no es que “no le interesen dichos asuntos”, es que confía en que estos son derivaciones de un solo problema unificado; arrancarlo de raíz y acabar de esa forma con todas las demás problemáticas… López Obrador y los pensadores de dicho enfoque, creen que la lucha No debe desviarse del gran enemigo, pues su triunfo sobre esto, resolverá las desigualdades y, después de ello, solo habrá que “apuntalar el resto”.

Si bien es cierto (y a diferencia de lo que algunos politólogos conservadores se niegan a ver), históricamente, muchos proyectos de nación basados en el Marxismo – Leninismo sí han presentado buenos resultados resolviendo muchas desigualdades sociales universales, lo cierto es que, la aplicación en el siglo XXI de esta corriente  – y la de prácticamente todas las corrientes filosóficas, políticas, sociales económicas, antropológicas, etc. –  parece olvidar la ruptura social de los grandes discursos que profesaban una sociedad única; la visión de “un gran problema”, deja de lado la necesidad de los grupos sociales diversos que, en plena anomia social, fueron olvidados, rechazados y simplemente dejados atrás, tanto por la derecha como por la izquierda política…

El feminismo, la diversidad sexual, o la no discriminación; e inclusive, otros como el ambientalismo, la movilidad y sustentabilidad, o la contracultura, tienen hoy en día agendas y necesidades cada vez más específicas y urgentes para una sociedad cada vez más diversificada, las cuales simplemente NO pueden esperar a una resolución económica para comenzar a atender sus problemáticas sociales; éstas requieren agendas complementarias y en congruencia con la gran transformación política económica que, al mismo tiempo, atiendan sus necesidades y escuchen sus demandas.

López Obrador No es un antifeminista, tiene la convicción de que su proyecto está incluyendo todos los discursos y todas las necesidades… pero lo cierto es que su agenda política (suya como la de cualquier gobierno que funcione bajo prácticamente cualquier otra corriente dentro de las ciencias políticas fundadas en el siglo XX), sí cae en una visión anacrónica de “sociedad única” que, hoy en día (con o sin intención, con o sin resultados en otros ámbitos), sí caerá en la misoginia, si no es capaz de diversificar la atención a las necesidades alternativas de la sociedad mexicana.

Finalmente, es también muy importante señalar algo más:

Aun cuando la visión política del presidente no sea capaz de flexibilizar su discurso, muchos otros hombres, pero, sobre todo, muchísimas otras mujeres dentro de la misma Cuarta Transformación, sí tienen una visión más sensible en los temas de diversidad social, y son esas mismas voces al interior las que comenzaron las críticas contra Salgado Macedonio; personas dentro del proyecto político actual que, pase lo que pase en Guerrero, están creando una agenda social más igualitaria, incluyente y progresista en el país…

Es responsabilidad de López Obrador comenzar una agenda más incluyente, cierto… y es responsabilidad de las Organizaciones de la Sociedad Civil sin interés político, quienes deben criticar, exigir y movilizarse al respecto…

Pero sobre todo, es responsabilidad de estos movimientos legítimos, el No permitir que voces sinvergüenzas, hipócritas, conservadoras con disfraz, y llenas de bajeza, se sumen y cuelguen de su causa con el solo fin del golpeteo político.

(Supongo que tengo que comenzar por disculparme: apenas la semana pasada, firmaba un artículo titulado Nunca tengas ídolos, y hoy, tengo que aceptar que aún sigo teniéndolos: uno de ellos, es Óscar González Loyo, guionista y dibujante mexicano de cómics, creador de «Karmatrón y los Transformables» quien, este domingo 7 de febrero, falleció por complicaciones de salud a causa de un paro cardíaco… así que, de antemano, ustedes perdonarán la doble moral… pero no podía dejar de escribir al respecto de esto…)

Óscar González Loyo es un nombre fundamental para entender el noveno arte hecho en México… Aunque su trabajo comienza en los 70’s, su legado se forjó en 1986, cuando por fin logró publicar de manera independiente su magnum opus: con una industria llena de enormes competidores y siempre con un dejo de malinchismo entre sus consumidores del segmento superheroico, lanzó Karmatrón: un cómic de fantasía y ciencia ficción donde González Loyo hablaba de filosofía, ciencia, física, y esoterismo; pero sobre todo, combinaba magistralmente la mitología maya y la budista para representar la lucha existencial entre el bien y el mal… durante seis años, hasta 1991, publicó su saga contra viento y marea. Loyo afirmaba que, en su punto más popular, llegó a vender 100 mil unidades semanales… sin embargo, 298 ejemplares después, Karmatrón finalmente llegaría a su fin por problemas económicos, dejando la historia inconclusa…

No obstante, el talento y la carrera de Loyo aún lo mantendrían ocupado: llegó a ser director de animación de Plaza Sésamo Latinoamérica, y en el año 2000 llegó a EUA a formar parte del equipo de ilustradores del cómic de Los Simpsons, «Bart Simpson’s Treehouse of Horror» equipo con el cual se convirtió en el segundo mexicano en ganar un premio Eisner (el más prestigioso dentro del noveno arte), para finalmente, dedicarse de lleno a ¡Ka-Boom!, su propio estudio editorial durante estas últimas dos décadas.

Oscar González debería ser una leyenda de las industrias culturales en México. Sin embargo, hoy en día, somos una minoría quienes recordamos su nombre y el tamaño de su legado… algunos fanáticos en el mundo friki, incluso lo hacen de manera despectiva, acusándolo de plagiarle sus personajes a la popular saga de Transformers, y porque, en casi 300  números, una vez usó casi calcada una mítica portada de Dr. Strange (elemento que el autor siempre afirmó que era homenaje)… grupúsculos han arrastrado su nombre bajo estos dos argumentos, como si los grandes gigantes del cómic estadounidense no se hubieran abierto paso hacia la cima de la popularidad de la misma manera (¿Quién se quiere animar a hacer el recuento de todos los plagios, licencias creativas y adjudicaciones de créditos ajenos, en los que incurrió Stan Lee durante toda su carrera en Marvel?).

Karmatrón no solo luchó contra esa doble moral, contra el menosprecio que tuvo la industria del cómic hecho en México a partir de los ochenta (aunque, debido a la vulgarización en muchísimos de los subproductos que querían explotar públicos adultos, a veces dicha desestimación fue justificada, por doloroso que sea aceptarlo); más allá de ello, fue un proyecto admirable por cómo mantuvo el ritmo frenético de publicación semanal de forma independiente; por cómo, entre sus guiones filosóficos para niños y niñas, no dejaba de publicar con más frecuencia las dificultades que tenían para que les alcanzara para pagar el tiraje, y cómo se mantuvo en pie de guerra contra una competencia que estaba por aplastarlo con el arribo a México de las licencias superheroicas adquiridas por Editorial Vid en el mismo periodo de tiempo.

Pero, más allá de la lección de supervivencia en la industria, Karmatrón trascenderá por que tocó de manera profunda y emotiva, la niñez de toda una generación de frikis nacionales quienes, seguramente, compartimos historias y recuerdos muy similares:

Karmatrón está asociado a los momentos de felicidad de mi niñez: Karmatrón no solo fue mi primer cómic superheroico y mexicano: fue mi favorito… Karmatrón está en esos momentos en que mi tía me tomaba de su brazo y me llevaba con una sonrisa al puesto de revistas religiosamente cada 7 días… Karmatrón también me lleva a esos momentos en que mi madre llegaba en la noche de sus dos trabajos y aun así me dedicaba esos momentos de su triple jornada a coser mis títeres de cartón de los personajes que venían al final de cada número… Karmatrón me remonta a esos momentos donde jugaba luchas con mi papá y yo no dejaba de repetir las frases del Manual del Guerrero Kundalini para inspirarme valor antes de la férrea batalla y brincarle encima… Karmatrón forjó y reforzó mis valores, y me hizo consciente de lo hermosa que es la historia y cultura de México, la ciencia, la fuerza de la mente, la importancia del equilibrio emocional, del mal del negativismo en tu vida… o simplemente, me daba horas de diversión con una emocionante y reflexiva space opera llena de robots gigantes y viajes místicos…

Óscar se ha ido, pero mi conciencia de fan está tranquila… 20 años después de esos momentos, lo pude conocer: Una vez asistió como conferencista a la universidad donde soy catedrático. Me escapé de la clase de posgrado que estaba impartiendo (en plena evaluación final), para mostrarle aquel póster conmemorativo del número 200 que tenía casi dos décadas pegado en el que era mi cuarto en casa de mi madre, y quedó genuinamente sorprendido de ver que era el original del 1989… me sonrío y me dio la gracias… lo abracé y le di las gracias de vuelta, por hacer que, durante 5 años, cada 7 días, en 32 páginas, me llevara a otros mundos, y por ser el recuerdo fantástico más grande de mi niñez y uno de los que más me impactó positivamente.

Gracias por todo Óscar. Gracias por dejar una marca imborrable en mí…  incluso en tu muerte, has vuelto a tocar mi corazón: cuando comencé a escribir este texto, por un momento creí que contigo se había muerto una parte de mi niñez; en cambio, hiciste tu magia nuevamente, y lograste algo que, durante muchos, muchos años de mi juventud, me era imposible hacer: recordar mi infancia con una enorme sonrisa…

De todo corazón, deseo que la filosofía Kundalini que predicabas al final de cada número sea cierta, y que tu espíritu trascienda a las estrellas…

“Gracias Óscar, por concederme lo que has dicho, y repartir a todos tu energía, sin esperar recompensa a cambio…”

… La’ Yume’ Num T’ox Muk’ Il In Tial.

Hace 7 años, por estas mismas fechas, escribí un artículo titulado El arte de separar el arte del artista, donde planteaba que, cuando un artista termina siendo una horrible persona, son nuestros valores y preferencias, no un estándar inflexible, lo que determina a nivel individual su “cancelación”… en ese entonces, me justificaba a mí mismo lo motivos por los cuales seguía viendo el cine de Roman Polanski (quien era, en mi opinión de aquel entonces, el último director vivo dentro de los mejores de la historia del cine), mientras que el sobrevaloradísimo Woody Allen sería (y sigue siendo) a partir de entonces, intrascendente para mí… si bien sigo creyendo en mi explicación del porqué nos olvidamos de algunas figuras públicas y seguimos apoyando a otras, lo cierto es que, tras la noticia de la confirmación de Evan Rachel Wood de que su violentador era Marilyn Manson, me quedó claro que hay algunas aseveraciones  y auto justificaciones en ese artículo que están envejeciendo mal, y que necesitan ser actualizadas…

Este 1ro de febrero, la actriz Evan Rachel Wood confirmó lo que se rumoraba desde hace más de una década: el Shock Rocker Marilyn Manson había “horriblemente abusado” física y psicológicamente de ella durante su relación. A nadie a estas alturas, debería sorprenderle estas declaraciones… Debería ser un estándar creerle a las mujeres que denuncian violencia, no solo por la normalización de ésta última, sino porque es claro que, en una sociedad patriarcal / fundamentalista, una mujer que denuncia no gana absolutamente nada con una acusación falsa: es muchísimo más probable que se dude de su palabra, que sea revictimizada y atacada por la opinión pública, y que además de la violencia sufrida, su imagen vuelva a ser arrastrada por los medios / fanáticos / círculos sociales de los hombres que denunciaron… pero en este caso específico, se debería dudar muchísimo menos de la palabra de Wood, simple y sencillamente porque, desde siempre, (denuncias de asalto sexual en 2009 y 2018) Brian Warner ha dejado claro que es un hombre muy, muy misógino, dañado y violento.

Y no, antes de que algún GenX se ofenda, no me refiero a su personaje, ni al estigma social que los boomers le pusieron, ni a su pose escandalizadora: lo digo porque Marilyn Manson aceptó desde hace 12 años, que sí violentaba a Evan Rachel Wood y a otras de sus parejas… y si el escándalo estalla hasta ahora y no en 2009 cuando hizo dichas declaraciones, es porque la normalización de la violencia, (pero sobre todo de la violencia de género), era mucho mayor entonces; porque hace apenas 12 años nos parecía «normal» que un hombre dijera que “fantaseaba con aplastarle la cabeza [a Wood] con un mazo”; nos parecía «normal» que en una relación, ambas personas se violentaran y no pasara nada, porque “eran cosas de pareja”…

Hoy mucha gente usa los fetiches sexuales y/o posibles las parafilias de una pareja para estigmatizarla; muchas personas están acusando a Wood de que, “ya sabía en qué se metía” … pero eso, solo es parte de la misma normalización: Evan Rachel Wood tenía 18 años, y todo indica que desde tiempo atrás, siendo aún menor de edad, Manson ya aplicaba el mentado Grooming (acoso y manipulación a menores con fines sexuales) hacia ella (ahí el porqué el uso justificado del término brainwashing por parte de la actriz)…

El asistente de Manson también lo confirmó, Evan lo había insinuado desde hace 3 años, y repito carajo, el mismo MM aceptó el abuso psicológico hace 12… pero, aun cuando una década después esto por fin trae consecuencias, (de entrada, su sello Loma Vista ya lo despidió, y las series American Gods y Creepshow eliminarán sus respectivas participaciones), sus fans están haciendo pedazos a Evan Rachel Wood: Aquellos quienes se niegan a dejar de consumir a un violentador, no solo es porque representa un choque emocional, sino también porque hay, en mayor o menor media, un dejo de egoísmo: no nos importa si hizo sufrir a alguien, “a mí me hizo pasar buenos momentos…” y eso, solo es el símbolo del inmenso narcisismo en el cual estamos sumidos y que seguirá hundiéndonos como sociedades.

Al final, como se planteaba en aquel artículo que poco a poco quedará anacrónico: ¿debemos separar al arte de su artista? Y la respuesta, sigue siendo difícil y cambiante… seguirá siendo nuestro nivel de fanatismo, valores y empatía lo que nos diga qué tan listos estamos para dejar ir a quienes admiramos después de descubrir que son personas horribles:

Hoy, siete años después, ya No espero el próximo filme de Polanski. Me duele (y es probablemente el único que me causa conflicto), porque, a pesar del perdón otorgado de su víctima, no podemos olvidar que ésta era una niña de 13 años… Frank Miller es un genio que durante el siglo XX revolucionó el concepto y alcance del cómic, adoro Dark Knight Returns y Born Again, pero eso no quita que, desde entonces, ya era un misógino, y conservador islamofóbico… Johnny Depp nunca pudo demostrar que no era un golpeador de mujeres, solo logró mostrar que Amber Heard es también una persona – casi – tan horrible como él… John Schaffer estuvo en los disturbios del capitolio de hace un mes, y aunque respeto mucho que el tipo esté listo para sacrificar su carrera por sus ideales, éstos últimos están en toda oposición a mis valores e ideologías… Esos son los míos, pero ejemplos personales, a todo mundo le van a sobrar…

Yo No admiraba a Marilyn Manson… aunque sí escuchaba de vez en cuando su música, para cuando él se hizo ultra famoso, yo ya había conocido el Heavy Metal y estaba a punto de toparme de frente con el Black, así que no me impresionaban sus intentos por llamar la atención… pero sí lo defendí cuando aconteció la Masacre de Columbine, y condené a quien lo usaba de chivo expiatorio… hoy, no me arrepiento de criticar a los reduccionistas conservadores que lo atacaban, pero sí de defenderlo a él específicamente.

Al final, solo puedo llegar a una conclusión: lo más fácil, lo correcto, lo menos doloroso y conflictivo con uno mismo, es claro: NO tengas ídolos. Nunca admires a un pensador/a, sino a una idea, nunca admires a un artista, sino una obra…

Puedes admirar el arte, puedes emocionarte con una película y seguir escuchando esa canción que amas, o conmoverte con ese libro o poema; puedes admirar los hechos históricos que lograron y los ideales que impulsaron… pero no a la persona.

Al final, el arte puede quedarse, pero su artista DEBE perderse… las ideas deben prevalecer y sobrevivir por sobre sus pensadores… ellos, ellas, son solo seres humanos con defectos que obviamos y bondades que admiramos, pero nunca una virtud debe cegarnos a la naturaleza humana de un ser…

«¿Se te cayó un ídolo?» Está bien, no entres en pánico, nos ha pasado… Lee más, investiga, toma tu decisión y sobre todo, no criminalizes a sus acusantes… No le difundas, no le defiendas, no le generes dinero; disfruta en privado sus creaciones, sin culpas, pero consciente de la clase de ser humano que es.

Vuelve a ver su arte con nuevos ojos y ve qué tanto te impactó: toma lo hermoso, y quédate con ese sentimiento, con ese recuerdo… pero al final, sé consciente de quién viene…

Y finalmente, saca a las personas despreciables – famosas o íntimas – de tu vida y tu futuro, sin importar las emociones y memorias hermosas que te hayan dejado…