[BLACK MASS MEDIA]

Marketing, Medios e Imagen Pública

Al fin: 26 años después de que viera la luz su primer capítulo, hace unos días fue lanzado en occidente el último filme de la mítica saga Evangelion: “3.0+1.0 Thrice Upon a Time”, el cual da por concluido uno de los viajes más impactantes y representativos de las industrias culturales en muchos, muchos años.

Sin embargo, así como es de icónica, influyente y representativa, Evangelion también es un producto que puede llegar a ser muy, muy difícil de entender en su totalidad. No en vano, durante dos décadas y media, se volvió un meme la idea de alcanzar la iluminación geek a partir de ser capaz de entender y, sobre todo explicar, su(s) final(es).

Y esto no solo se debe a que Hideaki Anno, su creador, ha declarado en varias ocasiones que cada quien puede darle la interpretación que quiera (y es que su gran creación permite desde las teorías más sencillas y directas, hasta las más pachecas y disparatadas), y es porque básicamente Neon Genesis se convirtió en una fenómeno transgeneracional tan grande, que su impacto puede analizarse desde la cultura de masas, desde lo antropológico, lo filosófico y teológico, pero, principalmente, desde el psicoanalítico:

Evangelion puede ser un fenómeno que ha impacto la mitología shōnen y seinen (manga / anime de peleas y para adolescentes respectivamente). Puede ser un producto que terminó por consolidar la influencia oriental en occidente; puede ser una lectura de la iluminación budista, la cábala judeocristiana y su relación con el equilibrio humano. Puede ser el ejercicio crítico de la identidad ante la unicidad a la que el sistema busca transformarnos… pero, probablemente, sea su extraño, salvaje, emocionante, onírico, y surrealista viaje de depresión, duelo, adaptación y autorrealización humana lo que, en mi particular punto de vista, es lo que convertirá a Evangelion en un producto fundamental digno de revisión universal y, sobre todo, uno de los productos de cultura de masas japonesas fundamentales de toda su historia.

Este escrito no tiene la intención de servir como análisis de la serie / filmes, porque para eso hay, literalmente, cientos (tal vez miles) de textos y videos… por el contrario, tal vez lo que se necesita, es entender qué es aquel detalle que nos puede llegar a incomodar tanto de un producto que podemos amar demasiado: porque creo firmemente que, a pesar de la filosofía, la metafísica, y las referencias religiosas, Evangelion es una serie donde todo gira alrededor de los humanos y de sus estados emocionales.

En sus cuatro visiones – El manga original, Neon Genesis (la serie animada), Revival (las dos películas “Death (true)2 y “The End”), y finalmente Rebuild (la más reciente tetralogía  de filmes que funge como readaptación / continuación) – la premisa comienza de una forma muy similar: en un Tokio futurista, una organización defiende la tierra de la invasión de monstruos cósmicos denominados ángeles, y lo hace por medio de mechas (robots gigantes) llamados Evangelions o Evas, cuyos pilotos (a fin de una mejor  sincronización neurológica) deben ser adolescentes. Su protagonista, Shinji Ikari, es un niño elegido para pilotar un Eva y que en los primeros minutos descubrimos que es el hijo abandonado del director del programa de defensa.

Hasta ahí, la historia no parece nada diferente al Shōnen / Seinen japonés promedio… pero conforme la trama avanza, la serie entra en una metanarrativa sustentada en argumentos filosóficos y en una suerte de drama post apocalíptico / surrealista que deja imágenes y secuencias imposibles de olvidar.

Hay muchas versiones e interpretaciones a todo lo que sucede en Evangelion, Sin embargo, hay un punto en que la inmensa mayoría de sus fans parecen coincidir: a pesar de ser el centro de toda la saga, Shinji demostrará a lo largo de la trama, que es uno de los personajes más pusilánimes jamás creados: a pesar de ser el protagonista y “héroe” de la historia, es imposible no odiar por momentos a un tipo que vive en un narcisismo y encierro egoísta ante el fin del mundo, mientras que el resto de sus cuatro mujeres coprotagonistas están dispuestas a dar la vida por su tarea.

Pero…

A lo largo de los 20 años consumiendo sus distintas versiones y con mayor resonancia en su remake / secuela de 4 películas que actualizan la saga para las nuevas generaciones, se puede notar algo en la insoportable personalidad del protagonista: Shinji Ikari, ese “cobarde” que no soportamos ver cómo se hundía en su propia autocompasión mientras el resto salvaba el mundo sin chistar… es simplemente la simbología pura de un viaje: el viaje psicoanalítico de la depresión, su atención y su potencial superación y sanación.

Shinji difícilmente puede ser visto como héroe clásico: se niega a cumplir su misión y nada ni nadie alrededor parece, al menos en el gran escenario, importarle más que su propio dolor. En sus distintas versiones, dicho ensimismamiento puede ser más superfluo o profundo, pero es en Rebuild donde de verdad, por primera vez (y aunque es no evita que nos pueda seguir cayendo mal) entendemos el porqué Shinji es un personaje sumido en su propia miseria:

De entrada, perdemos de vista que Shinji no deja de ser solo un niño de apenas 14 años, a quien, el vivir aislado y con una incapacidad terrible de socializar, en un instante le cae, literalmente, el peso del mundo en sus hombros (además claro, sin olvidar el enfoque idiosincrático oriental, de sus productos de entretenimiento, al menos, que es la exageración, sobrerreacción e intensidad de los sentimientos) : de repente, se ve obligado a salvar a una humanidad que le ha ignorado y menospreciado, y que no es más que la representación de ese padre que lo abandonó; la obligación de no cuestionarlo y de seguir sus instrucciones a pesar de que éste actúa como si nada de su abandono hubiera ocurrido.

El propio Hideaki Anno ha declarado que, cuando comenzó a crear esta obra, se encontraba sumido en una enorme depresión, y así es como podemos ver que Shinji no es nada más que la sublimación de todo su dolor: Shinji no solo no quiere crecer, sino que no puede crecer, pues toda su vida ha carecido de figuras materna y paterna, y en un instante, no solo el mundo entero depende de él, sino que además se ve rodeado de una responsabilidad que jamás ha tenido, de una sexualidad latente cuando él mismo no es capaz de entender la propia; y de un dolor y culpa como los únicos motores para la acción.

Además, el mismo Rebuild nos muestra, a partir de su tercera película, de que su depresión es realmente justificada por haber tomado dos decisiones al principio y final de dicho filme, que terminan materializando sus miedos e inseguridades sobre su (in)capacidad para hacer frente a su responsabilidad y misión… un miedo al que, el mismo sistema interiorizado nos hace enfrentarnos día tras día en la dinámica de esta sociedad cansada.

El resto de protagonistas que le acompañan (y que, a pesar de que son mujeres poderosas, todo gira alrededor de Shinji, y que lo que él gana en desarrollo de personaje en Rebuild, lo pierden un poco las demás en sus subtramas para a veces ser solo un mero fanservice… pero eso es debate aparte) son también una representación de la soledad y la inseguridad; aunque, a diferencia de Shinji, ellas sí siguen adelante y triunfan en sus misiones, fracasan estrepitosamente en salir de su propio hundimiento emocional… Por eso mismo, Shinji no intenta salir: porque todo se desmorona, porque las responsabilidades no se detienen, pero eso no significa – como lo ve en Rei, Asuka, Misato, Kaworu, y Ritsuko – que el hacer de cuenta que no está ahí el dolor, el disfrazarlo de superyó, de narcisismo, de seguridad, u ocultarse en sus trabajos, no les ayuda realmente a salir de ese abismo…

“Súbete al robot” esa frase que durante años pudimos interpretar como “no seas desobligado y egoísta, cabrón”, resulta que era realmente una representación de lo que hoy conocemos como felicidad tóxica: “no estés triste, sonríe, aunque te sientas del carajo, porque tienes una obligación social por cumplir”.

(A continuación, no son spoilers directos, pero sí referencias a los cuatro finales de la saga)

Shinji es un niño con un complejo de Edipo brutal y con un padre de la horda aplastante, con una sexualidad despertada a trompicones y con una pulsión de muerte latente en todo lo que le rodea… aun así, en todos los finales (con variaciones menores, mayores, de una vibra optimista, perturbadora, o más surrealista), este niño incapaz de afrontar de manera madura el peso del mundo, encuentra la manera de no hacer pedazos todo (y en caso de hacerlo, buscar arreglarlo):

En alguno de los finales más introspectivos, enfrenta sus propios complejos (y de paso externa lo que toda la audiencia creía ya de él), se da cuenta de que él debe cambiar y aceptarse, para liberarse de aquello que le impide crecer…

En aquellos más cercanos al enfoque social / filosófico, Shinji cambia también y decide abandonar su lógica de desapego: cuando lo más fácil era volver a huir, decide que, a pesar del dolor, las pérdidas, el desamor y el abandono al que le han condenado, decide que la humanidad merece permanecer, con sus defectos y virtudes, y con la oportunidad de que cada quien pueda encontrar su propio alivio, su propia salida de su abismo personal, y no solo ser parte de un ente inerte ante un sistema que quiere decidir por ella, aun cuando esto representara que no habría más tristeza (pero tampoco ninguna otra emoción)…

Finalmente, en otra versión, Shinji no disfraza su dolor, no reproduce los errores y vicios horribles de su padre, y la superación de sus problemas con éste y su madre, termina siendo la clave para que él siga adelante y finalmente pueda crecer y vivir una vida con blancos y negros, pero bajo su elección: al final, después de toda esa depresión, duelo y enfrentamiento, tendremos la oportunidad de dejar atrás nuestros demonios, nuestras representaciones paterno / maternales de amor a cuentagotas, y seremos capaces de encontrar algo y a alguien que de verdad esté más allá de nuestros demonios y patrones tóxicos de siempre y nos inspire a lidiar con nuestros miedos … La vida no será siempre perfecta, pero, al final, viviríamos una vida que sí queremos… porque lo cierto es que, nadie debería vivir una vida que no quiere, nadie debería vivir sumido en el miedo y deberíamos tener siempre una esperanza, con momentos de felicidad o tristeza, y donde, ni Shinji, ni nadie, debería subirse al robot.

(fin de potenciales spoilers)

Al final, Shinji sigue siendo un personaje odioso, pero descubrimos que el motivo por el cuál nos causa tanta aversión, es precisamente porque representa nuestro propio dolor y miedo en estado puro. Cada decisión, cada acción de éste tanto en la serie, como en el Revival, y el Rebuild, son nuestros terrores inconscientes… y por eso nos cuesta tanto aceptarlo, porque hemos sido ese Shinji al que le aterra la vida, que no quiere vivir en un ambiente que solo le trae dolor, aunque sea lo único que conocemos…

Pero también es la representación pura de que – aunque no es una obligación, aunque sea a nuestro propio ritmo y tiempo – podríamos intentar salir del dolor… de que crecer es seguir viviendo con miedo, pero siguiendo adelante a fin de cuentas…

En su libro “La sociedad del cansancio” («Müdigkeitsgesellschaft«) el sociólogo surcoreano Byung-Chul Han plantea que una sociedad que ha priorizado y establecido el pensamiento positivo como única forma de salir adelante (y la ausencia de dicha ideología como culpable de que “alguien no progrese en la vida”, o no salga de la pobreza o carestía), es el principal motivo por el cual las personas en la actualidad están – sin importar su edad – fundidas y agotadas… pero, lo peor de todo esto, es que el sistema capitalista cuyo motor de vida es la productividad a toda costa, ha dejado de ser quien exige cumplir con esto: ahora son las mismas personas las que se presionan para auto explotarse, a fin de cumplir con los cánones sociales de lo que es ser “alguien” en la vida: un auto engaño y falsa sensación de libre albedrío y libertad, que solo nos esclaviza cada vez más a un sistema explotador y superfluo.

Muchas personas han considerado que dicha postura “supera” los planteamientos de Michel Foucault, quien planteaba que era el propio sistema quien hacía esa labor de subyugación al mismo… Si bien es un debate actual que no vamos a resolver aquí, la cotidianidad de la posmodernidad no se cansa de demostrarnos que hay cabida perfectamente para ambas posturas teóricas de estos representantes sociológicos del siglo XX y XXI, pues, hoy en día, el sistema nos aplasta, pero también las mismas personas hemos decidido cargar, por voluntad propia, el peso del mundo para satisfacer a los y las demás…

Al inicio de esta semana, Simone Biles, una de las más grandes y ganadoras gimnastas de este siglo – y cuya historia de vida y superación al abuso para sobreponerse a éste y posteriormente hacer pedazos todos los récords y estándares de calificación en su deporte, es un modelo aspiracional para niñas, mujeres, afrodescendientes, estadounidenses, deportistas y todo mundo en general – anunciaba que se retiraba de la competencia por equipos de Tokio 2020. 24 horas después, anunciaba también su retirada del all-around individual … Todo mundo pensaba lo peor referente a lesiones deportivas o en contagios de COVID, mientras las redes se llenaron de preocupación, solidaridad y sororidad por igual… sin embargo, cuán líquidas suelen ser las ideologías posmodernas, dichos pensamientos positivos y de admiración se diluyeron y polarizaron, cuando, para miles de personas alrededor del mundo, la estadounidense se convirtió en una nueva villana al declarar que su abandono era… por salud mental.

Si bien muchas personas mantuvieron esa postura de apoyo, respeto y valoración a la salud mental, probablemente, la palabra más común que se repitió en las redes angloparlantes, fue el estigmático “quitter” … Biles está cometiendo uno de los grandes “pecados” para la opinión pública promedio en Estados Unidos: haberle “robado” un lugar a alguien que “no le tiemblen las piernas ante los desafíos”. Una frase que, en todas sus variedades, miles de estadounidenses usaban para condenar la “fragilidad de su generación” y de su otrora deportista modelo, siempre juzgando desde la comodidad de sus acusadores sillones.

No falta tampoco el conspiranoico que cree que hay algo más detrás de todo esto: cuestiones de dopaje, políticas, reptilianas, etc. … y si bien solo el tiempo nos dirá si algo de esto puede tener sentido, el punto hasta ahora y el foco de debate, ha sido que Biles, como cientos de superestrellas, como miles de deportistas, y como millones de personas atrapadas en sus rutinas y responsabilidades laborales, simple y sencillamente, está cansada y con una crisis de ansiedad… y a pesar de que tal vez todas y todos hemos estado ahí, prácticamente nadie parece darle importancia a ello.

Parece fácil atacar a Biles por “renunciar” y priorizar su paz a sus éxitos… parece fácil atacar a su generación como lo hacen los ofendidísimos Boomers y GenXs , quienes insisten en vivir enojados con la vida todos los días con un nuevo pretexto que les recuerda cuánto temen el cambio sus respectivas generaciones… pero lo cierto, es que todo mundo conoce a alguien que ha tenido un ataque de ansiedad; todo mundo conoce a alguien que ha tenido un colapso por motivos laborales, y que ha sacrificado su propia felicidad por encajar en los cánones de éxito del sistema capitalista /  neoliberalista.

La imposición del éxito y la felicidad como estigma

Desde que por allá de los años sesenta, dicho sistema fue incapaz de cumplir su promesas de paz, prosperidad, realización individual y o el mentado “American Dream” de tener un coche nuevo, vivir en los suburbios, e ir de vacaciones con tu pareja perfecta e hijos fuertes y adorables, con tal de que entregáramos poder ilimitado e hiciéramos a la élites asquerosamente ricas y omnipotentes… pero un día, el statu quo decidió dejar de responder ante su incumplimiento de contrato social, y nos dijo que era nuestra culpa que no ganáramos más; que era nuestra culpa que no fuéramos felices; que era nuestra culpa si no éramos capaces de ser mejores… porque “no le echábamos suficientes ganas”, porque “no nos poníamos la camiseta”, porque “no teníamos mentalidad de tiburón” para comernos el mundo… y ese abominable discurso se apoderó del managment capitalista en sus corporaciones y academias, y contaminó todo el pensamiento moderno a la par que éste mutaba en posmodernidad, mientras nos comenzaron a ofrecer motivación, en vez de salud, dignidad y derechos laborales… así crecieron nuestros abuelos, nuestros padres y los más viejos de nosotros; y nos hemos encargado de enviciar el pensamiento de las siguientes generaciones con la falsa idea de lo que es “el éxito”, con voracidad insaciable de obligarles a cumplir nuestro sueños rotos, nuestras frustraciones y nuestras derrotas personales…

El sistema contaminó a todas las generaciones y las convirtió en autómatas que interiorizaron ese pensamiento de productividad voraz sobre todas las cosas, con la idea de que “eres un fracaso” si tu madre y padre no son capaces de presumirle a la sociedad que su hijo o hija “es alguien” … y mientras ellos y ellas se alinearon al gran hermano focaultiano, los Millenials y Centennials, infectados de neoliberalismo normalizado, aprendieron a autovigilarse y a autocastigarse… El eterno sufrimiento de ser incapaces de encajar en los inalcanzables cánones y exigencias de la anacrónica sociedad de nuestras madres y padres, nos ha hecho pedazos la estima, la salud mental, la espalda la rodilla y las ganas de vivir:

Cada vez jóvenes de menor edad viven en angustia por no ser suficientes para el statu quo que les juzga; están muertos de terror porque no saben qué hacer con su vida y con el miedo de que el resto de ésta sea solo la repetición ad absurdum que todo su árbol genealógico normalizó y que hoy les reclama que la juventud sea incapaz de quedarse callada ante la explotación sistémica que ellos y ellas sufrieron y vivieron de rodillas… cada vez más personas más jóvenes viven con el futuro borroso, muriendo cada día en drogas legales y prescritas para sobrevivir a su trabajo, esperando que eso por fin haga que las familias y sociedad que les juzga y les rodea, le dé la más mínima aprobación; siendo felices exclusivamente a través de un pasón legal que les impide sentirse en paz, pero eso sí, no les impide ser productivos: justo esa productividad que el capitalismo nos vendió como felicidad y que dos generaciones enojadas y ofendidas de que alguien más joven se quiera atrever a no pasar por su mismo calvario y frustración… Una lucha, que – spoiler alert – perderán ante un sistema que terminará por doblegarles, y convertirles en ese relevo anacrónico que también, secretamente, disfrute de ver que sus propios hijos e hijas sean igual de infelices que ellos y ellas, que sus madres y padres, y que abuelos y abuelas.

Las grandes voces activan grandes cambios

Pero tal vez no todo está perdido y nuestro gran hermano interiorizado si tenga posibilidades de ser acallado:

De las pocas cosas positivas que el COVID ha dejado, es que cada vez más personas comenzaron a voltear a ver la salud mental (aunque no fuera por empatía, sino porque por primera vez, tuvieron que aceptar que también a la generación de concreto “le estaba pegando”). Tal vez Simone Biles terminó de patear esa puerta que permita que dejemos de mataros en vida para solo medio vivir, que nos haga por fin darnos cuenta de que nuestros trabajos No son nada más que un medio para un fin; y ese fin es autorrealizarnos como seres humanos y no partirnos la madre trabajando más de 60 horas a la semana… Tal vez estas nuevas generaciones aprendan a dejar de esperar que alguien les aprecie por lo que son y lo que les da felicidad, y no por cuánto ganan o cuál es su cargo… tal vez aprendan a mandar al diablo a esa sociedad que aún vive en sus madres y padres,  la cual, sin importar que la vida de sus hijos e hijas sea plena, satisfactoria, y con mucha paz, no dejan de decirles en cada oportunidad y con toda la mala fe, que son “un talento desperdiciado”… tal vez eso ayude a que dichos padres y madres aprendan ver que sus hijos e hijas vivirían en agonía, y se hubieran pegado un tiro hace muchos años, si hubieran seguido la vida que su obsoleto concepto de “triunfo” les exigía que llevaran…

Tal vez, el que es hasta ahora el movimiento acrobático con más dificultad, mayor riesgo y más difícil de Simone Biles, ayude a que mandemos al carajo a esas viejas mentes que siguen creyendo que sus hijos e hijas son “nada” porque no son gerentes de una gran empresa, y tal vez un día acepten la vida de sus hijos e hijas que prefieren ser felices, a tener que cumplir con sus espantosas exigencias neoliberalistas… Tal vez un día se den cuenta que el vivir en paz, dormir con la conciencia tranquila, y ayudar a construir una sociedad más abierta y menos violenta y estereotipada, es realmente el camino de una vida que valga la pena vivir todos los días, y no solo unos instantes tras 12 horas de explotación laboral que ha hecho pedazos nuestras mentes, y donde lo perdemos todo, para solo ganar dinero…

Foto: Bryan Keane (@tribryan)

En 1988, el gran lingüista y filósofo Noam Chomsky, junto con Edward Herman, presentaban en su libro “Los guardianes de la libertad: propaganda, desinformación y consenso en los medios de comunicación de masas” (Manufacturing consent: the political economy of the Mass Media), una teoría denominada el  Modelo de Propaganda de los Medios de Comunicación, el cual planteaba el sesgo informativo que presentaban las agendas de los medios en favor del sistema dominante en turno, y en favor de ellos mismos como élites de poder. Este modelo plantea cinco filtros que buscaban manipular a la población en favor de dichos intereses: 1) la visión de los medios como corporaciones privadas, 2) las necesidades de publicidad para subsistir, 3) la necesidad del gobierno como fuente de noticias, 4) la amenaza latente de censura y, 5) uno especialmente interesante: la “defensa de occidente”, o también denominado, como el anticomunismo…

Pero, ¿qué tiene que ver Chomsky con Scarlett Johansson y su Viuda Negra? Pues todo: porque cuando los más optimistas defensores de la visión romántica del Watchdog pensarían que los sesgos informativos de la teoría del modelo de propaganda Chomskiana ya habrían terminado de morir con el siglo XX, resulta que el Marvel Cinematic Universe ha demostrado que el amor de la mass media al statu quo y al sistema capitalista (y que nos perdone Žižek y nos dé un like Byung-Chul Han), está “más vivo que nunca”:

Una historia de menosprecio en los cómics

La historia del personaje de Black Widow ha sufrido (con excepciones muy puntuales y notables) la misma suerte que la mayoría de las mujeres representadas en los cómics en el siglo XX: un personaje que surge con el único fin de seducir a Tony Stark y, desde entonces, la han liado con un sinnúmero de héroes y cuyo único fin es justamente ése, ser un secundario que funciona como un “alivio sexual” (así como en el cine existen los “alivios cómicos”) para las historias épicas de los héroes más poderosos, más hombres, más occidentales, y más blancos del planeta… si bien sus apariciones han estado plagadas de misoginia cosificadora desde 1964, curiosamente, su enfoque cargado de guiños políticos de derecha, se construyen con mayor fuerza en la primera década de los dosmiles, donde todos los vicios e historias degradantes del personaje de Natasha Romanoff, tocan fondo con el espantoso cómic “Deadly Origin”, donde se buscaba contar la historia de la Viuda Negra, pero que solo la mostraba como una mujer que sirve exclusiva y literalmente como arma sexual para acostase con superhéroes; cosificada de la manera más burda (rayado en el estilo comicsgate) por el escritor y dibujante, en relaciones viciosas, innecesarias, lésbicas sin argumento, y con una carga moralina que cuesta trabajo leer (afortunadamente alguien tuvo la decencia de dejar a un lado dicho subproducto para estructurar su película y al parecer han tomado como base las historias más recientes de Mark Waid).

Sin embargo – y a pesar de que en los comics el rumbo que Kelly Thompson está tomando en su actual Run del personaje parece al menos intentar eliminar algunos de estos estereotipos que han degradado a Romanoff – la película parecía la oportunidad perfecta para cambiar esta historia y presentar una Viuda Negra más alineada a los valores actuales de Disney / Marvel que buscan corregir estas idiosincrasias anacrónicas de sus cómics, y que también estaban presentes en el inicio de su universo cinematógrafo (solo basta recordar esa abominación llamada Iron Man 2, donde, desde el guion y dirección, Johansson fue un mero gancho sexual / visual), y mantener el camino que, tanto en filmes como cómics han comenzado para incluir a las mujeres cada vez con mayor fuerza en sus universos  (tanto en sus contenidos como en sus targets de audiencia)… Esperábamos que Black Widow representara ese golpe de autoridad de los productos dirigidos / protagonizados por mujeres, y que abanderara el (excelente y agradecido) cambio de valores hacia principios más progresistas de la casa de las ideas.

Pero… algo pasó…  La película llevaba dos años enlatada por la pandemia de COVID–19, pero, ahora que por fin la hemos podido ver, pareciera que, en vez de ese par de años, llevara guardada medio siglo; el filme busca tomar un tono de película de espías a la James Bond, pero la emulación llega a tal grado, que incluso es una copia de ese discurso rancio, anticomunista, cosificador y doble moralista, en el cual se pierde toda la trama:

Un fallo en dos enfoques fundamentales

A diferencia de Captain America: Winter Soldier, donde existe una crítica sistémica de corrupción presente en todos los bandos, Black Widow se concentra de una manera hipócrita en atacar exclusivamente al régimen soviético, a los sistemas socialistas, y a cualquier ideología antimperialista. En ningún momento Romanoff, una espía con un supuesto alto coeficiente intelectual, parece cuestionarse el paralelismo de su némesis fílmico con Nick Fury; en ningún momento parece criticarse que la historia comienza cuando ella está siendo perseguida por un militar que viola tratados internacionales, y que quiere ficharla, encerrarla y quitarle sus libertades y garantías individuales en el nombre de una ley fascista (hay que recordar que el filme está ubicado cronológicamente después de Captain América: Civil War); donde el gobierno de EUA y SHIELD son tan brutales, despiadados, corruptos e inhumanos como la representación caricaturesca que hace este filme de esos “malvados comunistas come niños” y su sala roja (en todo canon  fílmico y  escrito de Marvel, las acciones de SHIELD están plagadas de violaciones a los derechos humanos, de apologías del intervencionismo imperialista, y es una representación pura del lado más podrido del sistema capitalista) y teniendo como colofón, la representación del Red Guardian, que, por un lado, pudo haber sida una buena representación de nuevas masculinidades, y por otro, una contraparte de ese discurso (para bien y para mal) nacionalista del Capitán América… pero que termina siendo otra figura de padre ausente machista que «hay que aceptar porque es familia», al mismo tiempo que es ridiculizado ad absurdum con el único fin de degradar los valores anticapitalistas y de la Unión Soviética.

Marvel ha cambiado a diestra y siniestra orígenes y características de sus personajes del MCU (a veces en el nombre de la inclusión y a veces en el nombre de la factibilidad cinematográfica) … ¿Por qué no hacerlo con Black Widow? ¿Por qué mantener este tinte político innecesario en la tercera década del siglo XXI? (Si la película fuera un mero producto dominguero, no importaría, pero este filme se quiere tomar demasiado en serio con su discurso político, así que entonces debe ser igualmente criticado por su falta de sustento coyuntural).

A pesar de los guiños autoparódicos (y la destacada actuación de Florence Pugh), los puntos fuertes de la película se diluyen en su discurso anacrónico.

Pero, además del anacronismo político, la película falla estrepitosamente en un elemento muy importante de la estrategia social de sus casas productoras: la intención de consolidar la (muy necesaria y justificada) inclusión en la cultura de masas… me atrevo a decir que, no solo No es capaz de funcionar como producto que haga apología del feminismo, sino que, incluso, es un retroceso tal, que llega al grado de ser machista: su directora, Cate Shortland, carece de toda identidad y empatía de género, porque desde los primeros minutos de su aparición, no dejamos de ver ese estilo de dirección Whedoniano (y tal vez del MCU en general) de plagar el metraje de primeros planos a las nalgas de Johansson y de las protagonistas femeninas para hacer recorridos de escena (incluso, en una secuencia clave hacia el final donde se busca reforzar la sororidad, no deja de haber tomas en primer plano al trasero de las actrices) y, en un guion tan plano, que en vez de concentrarse en ser una analogía de la trata de personas, y sobre todo, una crítica a la degradación y subyugación de la voluntad de las mujeres en una sociedad patriarcal, termina por reforzar esto último, dado que durante todo el filme, alguien más tiene que llegar a decirles a todas las protagonistas qué hacer, cómo comportarse y darles información obvia para que cambien de posturas (aún si son otras mujeres)… es decir, el discurso de género terminó perdido entre un mal guion, una mala dirección, una visión masculina del girl power, y en favor de una agenda sistémica pro capitalista.

A todo lo anterior, hay que sumarle los vicios comunes del de los productos del MCU: argumentos que hacen agua por todos lados, alivios cómicos forzados y en exceso, villanos unidimensionales con un desarrollo que no da para más de 30 minutos de un solo filme; incongruencias de actitudes y entre personajes del universo compartido (¿Por qué se le persigue a Winter Soldier o a Scarlet Witch, pero se le perdonan a Black Widow y Hulk acciones y “pecados” similares?) y en general, ese sentimiento generalizado de que, en vez de ver una película, solo estás viendo un tráiler muy largo para el siguiente producto del MCU, donde lo único importante es presentarte a un nuevo personaje para futuros proyectos.

Un enorme retroceso en la visión social de Marvel

Al final, debo reconocer que escribir este texto me dio en verdad mucha tristeza, por que de verdad quería que esta película fuera un referente del cine de inclusión: existen demasiados fans tóxicos que odian inmediatamente un producto Geek dirigido, creado y protagonizado por mujeres, sin importar que éste sea bueno, y que termina siendo menospreciado, desvalorizado o juzgado muchísimo más duramente, solo por la premisa anterior… Cada vez hay más fanáticos cerrados soltando odio y veneno en las redes, como para darles bríos con un producto que representa varios pasos atrás en la Estrategia Social de Marvel / Disney para consolidar la igualdad y la no discriminación…

Y si bien no todo son fallos (las actuaciones e interacción Johansson / Pugh es muy buena, la secuencia de Budapest es muy entretenida y los guiños auto paródicos son divertidos), aunque lo intentemos, aquí hay muy poco que rescatar: Black Widow es una película muy mala, con muchísimos más defectos que virtudes, una pésima representación de los valores de sus productoras, que raya hasta en el racismo (debido a su absoluto whitewashing), y un esfuerzo con buenas intenciones de igualdad de género, pero cuya pésima ejecución, clichés de dirección y peso mayor de una innecesaria agenda política sistémica, solo termina yendo en sentido contrario y alimentando a los anacrónicos, derechistas y machistas haters de todo lo que huela a pensamiento liberal / igualitario / progresista, y restándonos argumentos a quienes defendemos la inclusión social, cultural y política en las industrias culturales…

Ni modo: este round es para los fundamentalistas… y Chomsky va a estar insoportable por haber tenido por enésima vez la razón…

«Peur toujours, peur partout»
(“miedo siempre, miedo en todas partes”)

– Lucien Febvre

En 2006, Zygmunt Bauman publicó Miedo Líquido, una de sus obras fundamentales para entender la posmodernidad… en dicha obra, Bauman planteaba una “clasificación” de nuestros miedos actuales y la modernización de los primitivos, y la forma en la cual nuestra actual sociedad había fracasado en dejar atrás sus miedos originales y solo había logrado incrementarlos y actualizarlos:

“En la oscuridad, todo puede suceder, pero no hay modo de saber qué pasará a continuación. La oscuridad no es la causa del peligro, pero sí el hábitat natural de la incertidumbre y, por tanto, del miedo. La modernidad tenía que ser el gran salto adelante: el que nos alejaría del miedo y nos aproximaría a un mundo libre de la ciega e impermeable fatalidad” […] una época sin ninguno de los ingredientes típicos de los miedos. La que iba a ser una ruta de escape acabaría convirtiéndose, sin embargo, en un largo rodeo. Transcurridos cinco siglos, como espectadores que contemplamos -desde el extremo del presente- una dilatada fosa de esperanzas truncadas […], los nuestros vuelven a ser tiempos de miedos”  (Bauman, 2006; pp 11-12).

Recuerdo que cuando era muy pequeño, un dibujo animado hizo una referencia a Peter Rugg, “El Hombre Perdido”, un personaje clásico de las leyendas urbanas de nueva Inglaterra que me marcó tanto, que no he sido capaz de olvidarlo hasta el día de hoy:

Un hombre es agobiado por un fantasma, que lo persigue toda la noche... el hombre huye aterrado, siempre con el miedo de ser alcanzado... no puede dormir más... no puede vivir más... pero está cansado de correr... un día, contra todo su instinto, contra todo su terror, se frena, decide voltear a ver a su fantasma que lo persigue... y resulta ser él mismo.

Hay tanto que podríamos resolver de nosotros mismos si tan solo fuéramos capaces de dejar de huir de nuestra propia oscuridad, de nuestros propios fantasmas; tan solo enfrentarlos y abrazarlos… pero, aun cuando sentimos nuestra oscuridad revivir, decidimos no hacerlo… decidimos seguir corriendo hasta que no podemos dormir más y no podemos vivir más… es el miedo a enfrentarnos, y dicho miedo ha sido manifestado, porque lo único que parece mantenernos con motivación para vivir día tras día en una vida prediseñada, es huir del miedo a que un día, nuestra oscuridad rompa el silencio… nuestros fantasmas exteriorizados, nuestra oscuridad sublimada, nuestro terror proyectado… todo como un impulso para sobrevivir al espantoso mañana… nos fuimos, como planteaba Bauman, desde nuestros miedos intangibles, hacia nuestros miedos globales, persiguiéndonos hasta que nos atrapen, solo para seguir el largo y lóbrego camino hacia un nuevo amanecer…

Porque si algo nos ha dejado la posmodernidad – ese cementerio en el cual todos y todas compartimos la misma tumba – es la enseñanza de que todo es miedo: miedo a morir, miedo a perder nuestro patrimonio derivado del hiperconsumo, miedo a dejar de pertenecer, miedo de ser iguales al resto, miedo a ser mediocres y nunca alcanzar nuestros sueños… miedo a no ser felices…

 Y así es que todo lo decidimos, no por voluntad, sino por miedo a perderlo, literalmente, todo…

Así trascurrimos los días: entre ansiedad diagnosticada, ansiedad negada, ansiedad construida y ansiedad forzada por una sociedad que te obliga a competir, donde no queda tiempo para vivir, ni amar; donde tu trabajo es la meta y no el medio para existir; donde, sin importar que hayas elegido un camino ajeno a la vida prediseñada, al final, el cansancio derivado de la edad, termina por derrocar tus sueños frágiles; donde nadie ha podido cambiar el mundo, pero el mundo terminó cambiándonos; donde, con cada día vivido, con cada año cumplido, sentimos que damos una paso más lejos de la luz…

Perdimos la batalla contra nosotros mismos. El sistema hizo su trabajo y nos dejó auto presionarnos: dejó a nuestro inconsciente alienado y superyó neoliberalista aplastar nuestras expectativas contracorrientes, y obligarnos a superar a las demás personas antes de aprender a florecer en nuestro interior… ya no hay verdugos más allá que nuestra moral capitalista posmoderna; ya no hay necesidad de un gran hermano observándolo todo, porque aprendimos a controlarnos y subyugarnos a nosotros mismos: aprendimos a aceptar que nuestra cabeza se mueva exclusivamente entre la locura y el desorden que nos hemos auto generado …

¿Por qué cada cambio de década que pasamos nos tenemos que cuestionar si somos felices, si todo ha valido la pena, y si hemos cumplido con los cánones sociales, sin importar que hayamos pasado los nueve años anteriores luchando a contracorriente? ¿Porque seguimos hundiendo nuestra salud mental en 54 horas laborales a la semana o más, donde perdemos todo, a cambio de solo ganar dinero? ¿Por qué nuestra paz, tranquilidad y felicidad propia fueron monedas de cambio para cumplir las expectativas de nuestros padres y madres, y del resto de la sociedad (en la cual solo proyectamos a ambos) para sentirnos aceptados por estos y pensar que finalmente satisfaremos su voraz apetito de validación, solo para, por enésima vez, darnos cuenta de que nunca nos aceptarán tal y como somos?

¿Por qué tenemos tanto miedo a comprometernos en una relación? ¿Por qué nos aferramos a quien No nos ama, pero huimos de quien sí lo hace? ¿Por qué competimos para ver quién oculta sus sentimientos mejor? ¿Por qué sentirnos tan culpables de vivir y ser catalogadas como personas desobligadas por no tener ese trabajo gerencial que nuestra familia pueda presumir en sus reuniones con sus amistades? ¿Por qué nos sentimos en la vejez a los 25, 30 o 40 años, si se supondría que, en cada caso, no es ni la mitad de nuestra vida? ¿Por qué mantenemos cerca a quienes nos apuñalan por la espalda para sentirnos parte de algo?  ¿Por qué solo encontramos el amor en otras personas y nunca en uno mismo? … ¿Por qué carajos tenemos tanto miedo?

… Pero los abismos nunca se excavan solos… todo esto no solo se limita al miedo interior, sino también al exterior: nuestro narcisismo está presente en todo y ante todo, pero éste es solo la más grande farsa de nuestro tiempo, porque realmente No nos amamos, ni personal ni colectivamente: tenemos tanto miedo a envejecer, a vivir en soledad, a perder la belleza y juventud… y nos frustramos tanto por ello, que hacemos que el resto que no es como uno, pague esos platos rotos… y en esa búsqueda de retribución, es que se nos va la existencia, entre el miedo y el odio a quien no tiene nuestra edad, a quien no piensa como nosotros, o a quien rompe con nuestros prejuicios que olvidamos cuestionar.

Y la sociedad se mueve – avanzado o retrocediendo, ¿qué más da? – entre el miedo, entre cuatro generaciones que no sienten ni amor ni empatía por la otra, en donde toda la gente cree que la otra edad son menos que sí misma, pensando que están mal, acusándose de anacronía o estupidez; de cerrazón o fragilidad, respectivamente… pero nadie sabe vivir si no es teniendo el miedo como bandera… la sociedad va a la deriva, en un infinito metafísico de intrascendencia… ése es nuestro legado: todo mundo tiene miedo, solo que no queremos aceptarlo, pero estamos entre personas aterradas:

Boomers que tienen miedo a cambiar.
GenXs que tienen miedo a vivir.
Millenials que tienen miedo a amar.
Centennials que tienen miedo a crecer.

… y un mundo que tiene miedo de sí mismo.

… Y así se nos va la vida: entre el miedo a ser parte de ésta, navegando en los océanos grises de la cotidianidad…

La vida es solo miedo… y lo seguimos prefiriendo: es doloroso, pero también es fácil y cómodo, porque No nos hace tener que asomarnos a nuestro abismo personal y encontrar nuestro verdadero ser…

El miedo seguirá ahí, porque es más fácil tener miedo, a intentar ser felices…

Pero… ¿y entonces?

Y entonces, nada… la vida seguirá así… hasta que de repente, un día, llegue el primer “tal vez”:

Tal vez un día te vas a sentir cansado, tan cansado, del pánico de sentir pánico… y tal vez entonces, puedas entender que, aunque el terror diario no se irá nunca, finalmente descubres que la vida no se trata de dejar de tener miedo, sino de aprender a caminar con él…

Y entonces, tal vez, decidas dejar de correr, dejar de huir, y finalmente dejarte alcanzar por tu propia oscuridad… y tal vez, la aceptes, la mires de frente, la abraces y, después de todos estos años, descubras que tal vez, solo tal vez, nada dentro de ti ni a alrededor de esta vida vivida entre el miedo, es tan atemorizante como crees que solía ser…

… O tal vez, simplemente No pase nada… y la vida siga, gris y escalofriante… hasta que un día se detenga, y ya no sintamos más miedo… porque ya no seremos capaces de sentir nada más…

La semana pasada, Netflix hizo el anuncio que tenía en vela a miles de personas del lado más clavado del mundo friki, cuando reveló su casting extendido de protagonistas para la adaptación del aclamado cómic de culto The Sandman, del mítico escritor británico Neil Gaiman, el cual marcó para siempre la forma de entender el noveno arte y que por muchos años se consideró inadaptable, pero que, desde que se supo el tamaño de producción y el involucramiento directo de su creador, levantó una expectativa enorme…

…Sin embargo, al mostrar las imágenes de esta segunda tanda de protagonistas, el odio inmediato hacia las personas elegidas generó una ola de ataques debido a la multicitada, pero siempre mal entendida y odiada, “inclusión forzada” y la “agenda progre”.

Gente ofendidísima por el casting de The Sandman: la elección de Desire, un cast no binario, y sobre todo el del ultra amado personaje de Death, que en el cómic es un icono de la contracultura Dark, y que en la serie será una persona afrodescendiente (porque claro, tooodos los darks son caucásicos…)

Lo cierto, es que la próxima adaptación The Sandman solo ha sido el enésimo producto escandalizador de la moral y las buenas costumbres: este mismo fin de semana, mientras escribía este texto, la gente vociferó por un par de personajes secundarios cuya tez cambió en el nuevo live-action de Disney, Cruella; y no hace mucho, me salí de un grupo de Facebook de cinéfilos porque el administrador dijo que “obvio no era racista” pero que le parecía “asqueroso” [súper Sic!] que le cambiaran la raza a un personaje de The Stand, una adaptación para la TV del clásico de Stephen King…

Estos ejemplos son solo una gota en un nuevo mar de productos atacados por el lado más conservador y fundamentalista de la sociedad, que clama en su delirio y miedo a perder su dominio social, que “se buscan imponer agendas que destruyan los valores tradicionales”.

Pero nada de esto, es nuevo, ni es una moda, ni está orquestado maquiavélicamente con el único fin de perjudicarte a ti y a nadie más que a ti:

Por décadas, siempre se desarrollaban productos dirigidos a, creados y representados por hombres blancos heterosexuales… y todo era a partir de esa visión hegemónica… entonces, no había representatividad del resto de sociedades.

Esto no era exclusivo de las industrias culturales: incluso Immanuel Wallerstein plateaba en uno de sus textos más clásicos, básicos y esenciales, la necesidad de “abrir” las ciencias sociales porque, durante el siglo XX, (con mayor énfasis en la posguerra) la misma gente se redefinió y dio fin al gran discurso hegemónico de “una sola sociedad”, para finalmente conseguir una ruptura en lo político, económico, social y mediático… no era una sola, éramos muchas micro sociedades buscando su propia voz, su representación y sus derechos a ser visibilizadas y ser parte importante fundamental de la construcción de la evolución de la humanidad.

Dicho cambio social trajo la construcción de las causas de esas (a veces no tan) micro sociedades, donde en todos los aspectos, lucharon por ser tomadas en cuenta, incluyendo por supuesto, dentro de la cultura de masas… Entonces, en la inmensa mayoría de las veces, y sin importar que la narrativa no lo necesitara o no lo justificara, teníamos a hombres blancos protagonistas (¡y mujeres sexualizadas en papeles secundarios, por supuesto!) representándolo todo, literalmente, todo… así que hoy, tras décadas de lucha, protestas y activismo, estas contraculturas han ganado espacios en diversos ámbitos sociales y políticos, y es justo que los recuperen también en los ámbitos del entretenimiento…

Ahora bien, ¿por qué a la gente le molesta tanto? Pues por cinco motivos principalmente:

1) Porque «se meten» con su nostalgia: los productos que se consumen por ésta, se hacen para recordarnos exactamente cómo era nuestra vida en tiempos más sencillos… y cambiar el más mínimo detalle, hace que se pierda esa fantasía de que siguen ahí, sin responsabilidades, siendo jóvenes todavía…

2) Porque somos incapaces de entender que los nuevos productos (aun si se utilizan los mismos tópicos que en nuestra infancia / adolescencia / juventud) NO están dirigidos a nosotr@s, sino a una nueva generación con otra visión social y que se busca que su nueva idiosincrasia esté alejada de la violencia, los vicios y prejuicios culturales que, por décadas, hemos normalizado las “viejas” generaciones (se supone que es objetivo de la evolución: el que cada nueva generación sea “mejor” que la anterior y no se repitan errores y omisiones del pasado)…  Y si “se siguen usando los mismos personajes en vez de crearse nuevos” (como muchos frikis ofendidos demandan), es precisamente para acentuar la necesidad de cambio a partir de modelos de influencia ya establecidos, transgeneracionales, más grandes y de mayor alcance.

3) Porque perdemos de vista que estos productos SON UNA ADAPTACIÓN: a otro medio, a otra generación, y a otra coyuntura con una forma diferente de ver la vida… una adaptación NO TIENE que ser idéntica a la original… si tanto te molestan estos cambios, siempre puedes regresar el material de origen, no es como que vayan a destruir lo existente, o a viajar al pasado para modificarlo.

4) Aceptémoslo: porque somos unos malditos narcisistas, racistas, clasistas, etc., que no queremos que existan otras representaciones que no sean la propia… y todo este discurso de odio tiene que ver con ese miedo hacia todo lo que sea diferente: nos aterra, porque no lo entendemos.

A pesar de que Miles Morales fue creado hace una década, hubo personas quejándose porque en el filme de 2018 «Spider-Man: Into the Spider-Verse», aparecía «forzadamente» un «Spider-Man Negro».

Existen montones de ejemplos de productos clásicos, de culto, contemporáneos, y un montón más que ni siquiera sé cuáles son (porque no están dirigidos a un segmento generacional como el mío), donde podemos ver la inclusión como parte de una nueva representatividad social que por años se ha esperado… pero, lo más curioso con los ejemplos específicos que me hicieron escribir este texto, es que sus críticas son aún más absurdas:

En Cruella, la representación no solo obedece a los valores actuales de su compañía productora, sino que además, el cambio de raza NO afecta en lo más mínimo la trama, ni el desarrollo de sus personajes (que además, son absolutamente secundarios y uno de ellos hasta prescindible, al menos en esta primera entrega), simplemente es intrascendente dicho cambio y, por el contrario, al ser un live-action, representa muchísimo mejor las diferencias de clase en el siempre multicultural Londres de los 70.

Por su parte, The Sandman es, simple y sencillamente uno de los mejores textos fantásticos literarios de la historia: tanto en cómics como en general… y, aparte de su brillante historia e impecable narrativa, otro de los incontables elementos para serlo, era que, en 1989, y durante la primera mitad de los 90 que se publicó, YA era un cómic diverso y trasgresor: hablando de protagonistas imperfectos, feminismo, derechos trans, de identidad de género, de familias diversas, trato ético a los animales, con personas con vidas no convencionales, y con personajes no binarios, desde hace 30 años (justo cuando el resto de la industria fue tomada por dibujantes con mentes de adolescente caliente que hipersexualizaban todo).

Por ello, y como si todo lo anterior no fuera suficiente, falta el argumento más importante… Neil Gaiman aprobó estos cambios, es SU voluntad… por lo que viene el demoledor motivo número 5) Porque no entendemos que un artista, con SU creación, puede hacer lo que se le pinches venga en gana… Además, como él mismo lo dijo, en la misma mitología que él creó, siguen siendo válidos estos cambios, pues Lxs Eternxs son seres que aparecen y tienen su forma según quien los imagine: por eso Morfeo ha sido de diferentes formas, colores, y hasta seres vivos diferentes al humano… así que es perfectamente válido en la historia y es claro que quien critica los cambios, nunca leyó, o de plano no entendió The Sandman.

Un detalle adicional: si no tuviéramos nuestras mentes tan cerradas y la cabeza tan metida en nuestro… ejem… conservadurismo, incluso a los hombres blancos heterosexuales chavorucos privilegiados, nos ha beneficiado esa apertura que la diversidad social ha buscado y conseguido: de repente, ser friki dejó de ser un estigma para alguien mayor de 18 años; y podemos vivir nuestros fanatismo geek sin que nadie nos mal mire… Todo gracias a esas sociedades diversas que han luchado para terminar con los prejuicios y buscar una normalización de su presencia, en ámbitos profundos, o de mero entretenimiento… 

Al final, si todos estos argumentos no te son suficientes, es claro que, si tu molestia por una adaptación, un producto de entretenimiento, una película, o una serie real o animada, es muy grande, lo único que ese enojo hace, es esconder mucho odio, miedo y frustración contra una sociedad donde no todos se ven como tú… y justo por eso, crees que no valen lo mismo que tú… y ahí, ni Sandman, ni Cruella, ni nadie de los personajes diversos, tiene la culpa de tus prejuicios anacrónicos disfrazados de banderas frikis…