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viernes, agosto 19, 2022

MÉXICO te lo AGRADECE, Marsha P. Johnson

CIUDAD DE MÉXICO – El Gobierno de la ciudad esperaba la asistencia de treinta y tres mil personas; al final, resultaron ser casi trescientas mil. La Marcha del Orgullo LGBTTTIQA+ −la más grande e importante de México− desbordó el famoso paseo de la Reforma con kilómetros de seres humanos en una manifestación que, por momentos, abarcó desde el Auditorio Nacional hasta el Zócalo capitalino.

Fue la marcha más grande en la historia del país. Jamás, en sus cuarenta y tres ediciones anteriores, se había presenciado una multitud así de grande, así de festiva. ¿De donde salieron tantas personas orgullosas de su identidad y su sexualidad? ¿Cómo es que, de un par de años a la fecha, nos desbordó tal fenómeno? Han sido tantas personas marchando que podría imponerse una marca Guinness, un hito en la historia mundial de la diversidad sexual.

Quizá fue la pandemia. Fueron dos años enteros de no vivir una Marcha. Todo ese orgullo se contuvo detrás de un cubrebocas y, quienes pudieron, se resguardaron en sus casas durante las peores épocas del COVID. No se podía salir, mucho menos, celebrar la identidad de esta comunidad.

Quizá, al interior de sus dormitorios, mientras aguardaban con paciencia el fin de la pandemia, muchos, muchas, muches, se apropiaron de su identidad de género y orientación sexual. Al final, con la obligación de permanecer bajo llave, devino la necesidad de convivir con los pensamientos propios, las reflexiones vitales, la autoexploración de los deseos, angustias y pasiones. Eso, y algo de acceso a internet, detonó la impetuosa necesidad de romper las puertas del clóset para entonces salir a manifestar: “Esto soy yo”.

También ha sido la respuesta a un sistema inservible. La represión que atrajo el confinamiento fue un signo de la opresión de la moral de las familias. Con las cuerdas atándoles las manos y bajo la bota de la escuela en línea o el teletrabajo, más el miedo a los contagios, ardió un caldo de liberación que se sirvió este fin de semana.

Llegaron de casi todos los Estados de la República a la Ciudad de México. Y se izaron banderas nunca antes vistas, ya no sólo la arcoíris. Trapos de las lesbianas, las personas trans, no binaries, asexuales, hombres que aman a hombres, bisexuales, omnisexuales; y también amantes del bondage, osos, furros y, por supuesto, drags. Toda la contracultura sexogenérica estuvo ahí. Los decibeles de la música se diluían entre tanta muchedumbre. El sol del mediodía fue generoso y, ni la intempestiva lluvia de verano que cayó por la tarde consiguió apartar a quienes, en un frenesí, se congregaron en el Zócalo para presenciar el espectáculo musical que ofrecieron varios artistas de la comunidad hasta entrada la noche de chubascos.

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El degenere organizado. Las consignas reivindicativas: “Gracias Marsha P. Johnson”. Las antirracistas: “A tu orientación sexual le hace falta antirracismo”. Las amorosas: “Mi mamá me enseñó a ‘comer’ de todo”. Las rebeldes: “El amor es al revés”. Las familiares: “Orgullosa de mi hija trans”. Las anárquicas: “La disidencia sexual también es anticapitalista”. Y todo, en un mar de colores, que burbujeaba con pasos de baile al ritmo de la música de las caravanas; y las risas; y los abrazos; y las cámaras de los celulares que no tenían descanso; y un río de orgullo que parecía ser interminable.

Ya no les mirarán igual. Antes, escandalizaban. La gente alrededor sacaba con avidez sus rosarios al verles andar. Era el año de 1983 y los diarios titulaban: “Protesta de homosexuales”, con fotos que tendían a ridiculizar. Ahora, los medios hicieron coberturas en vivo. Saben que la diversidad es tan grande como la humanidad misma. Son personas, sí, pero también son audiencia. Y las marcas lo saben y se aprovechan.

También las autoridades. La Marcha del Orgullo representa una gran derrama económica para la capital mexicana. En este fin de semana de festival, la ocupación hotelera fue del ochenta por ciento, según fuentes oficiales. Algo visto sólo en épocas vacacionales. Así, los comercios que hace cuarenta años les bajaban las cortinas, hoy les dan la bienvenida con la bandera de colores ondeando sobre las marquesinas. Porque ahora que han ganado sus derechos, no sólo toca tratarles con respeto, ahora, también hay que admirarles.

Luis Alberto Rodríguez Ángeles
Luis Alberto Rodríguez Ángeleshttp://rodriguezangeles.com/
Periodista y escritor. Premio Nacional de Periodismo en derechos humanos "Gilberto Rincón Gallardo" 2009. Doctorante en Investigación y Creación Literaria por Casa Lamm.

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