Desde que Donald Trump anunció que Marco Rubio sería el secretario de Estado en su administración, supe —al igual que millones de personas—, que tarde o temprano, de una u otra forma, el floridense atacaría a Cuba.
Él azuzó a Trump para intensificar el bloqueo económico y comercial en contra de la isla. Suyo es el plan para cercar energéticamente al país, amenazando al resto del mundo con aranceles y castigos si se atrevían a venderle petróleo a La Habana. Y de nadie más es la culpa, sino de él, por los apagones y el desabastecimiento que hoy enfrenta el pueblo cubano.
De la misma manera, de Marco Rubio fue el plan para bombardear Caracas y secuestrar a Nicolás Maduro.
Paradójicamente, no le importa Venezuela.
Lo que el secretario de Estado quería era estallar una importante línea de suministro hacia Cuba.
Para después, esto: cercar a la isla, asediarla, amenazar a sus amigos y chantajearla con la vida o la muerte, hasta doblegarla.
Y después, entregarles la isla a sus cómplices; o sea, a los terroristas de Miami que han babeado por más de sesenta años con la fantasía de convertir de nuevo a Cuba en el muladar de Estados Unidos, como antes de 1959.
Es el mismo plan tiene el sionismo sobre Palestina. Invadir, robar, saquear, asesinar y apropiarse con la mentira de: “esta es nuestra tierra, ya estábamos aquí desde antes”.
Excepto que, en Cuba, en efecto, los ladrones estaban antes que las y los revolucionarios.
Llegaron con Cristobal Colón y mataron al pueblo Taíno y al Siboney; se asentaron con los españoles con millones de hombres, mujeres e infancias africanas esclavizadas y, cuando éstas se rebelaron contra sus captores, junto con los mestizos, descargaron pólvora en sus pechos.
Hasta que a finales del siglo XIX llegaron los Estados Unidos a desplazar a la corona española para reclamar la isla como suya. Y no sólo Cuba; también Guam, Puerto Rico y hasta las Filipinas.
Pero no llegó con libertad, sino con más pueblo esclavizado y un montón de planes de saqueo imperialista y exterminio, colocando a títeres como gobernantes.
En Cuba, dieron rienda suelta a la adicción.
Las tierras del pueblo mambí se las dieron a los potentados azucareros y llenaron las ciudades con negocios de esclavitud sexual, ron y narcotráfico. Convirtieron a Cuba en una capital pirata, durante la primera mitad del siglo XX.
Hasta que llegó Fidel y mandó parar.
Lo que comenzó con doce almas y ocho fusiles, se convirtió, en menos de cinco años, en la más grande revolución socialista a las puertas del imperio.
Expropió las tierras y las repartió, clausuró las industrias esclavizadoras, cerró los antros, le entregó las viviendas al pueblo, alfabetizó a las personas y las alimentó y, para asegurar, le dio un fusil a cada cual, para defender las conquistas que ya eran de toda Cuba.
Pero Washington no aguantó la ofensa.
Primero, envió mercenarios para atacar a Cuba, pero sucumbieron en un par de días ante el ejército revolucionario. Y como se dio cuenta de que no podría doblegarlo por las armas, se inventó el llamado “embargo” mediante la orden ejecutiva 3447, con el objetivo de cerrar el comercio mundial hacia la isla.
El subsecretario de Estado de John F. Kennedy, Lester DeWitt Mallory, lo confesó así, en un memorándum de 1960:
“La mayoría de los cubanos apoyan a Castro (…) El único modo previsible de restarle apoyo interno es mediante el desencanto y la insatisfacción que surjan del malestar económico y las dificultades materiales (…) hay que emplear rápidamente todos los medios posibles para debilitar la vida económica de Cuba (…) una línea de acción que, siendo lo más habilidosa y discreta posible, logre los mayores avances en la privación a Cuba de dinero y suministros, para reducirle sus recursos financieros y los salarios reales, provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno”.
Las cosas no han cambiado desde entonces.
El objetivo de Estados Unidos sigue siendo el mismo, excepto que, de vez en cuando, surgen personajes como Marco Rubio, más obsesionados con Cuba que otros.
Esta obsesión viene de una fantasía, por cierto.
A Rubio le gusta decir que es hijo de exiliados cubanos; que la Revolución se lo arrebató todo.
Sin embargo, sus padres se fueron de Cuba en 1956, cuatro años antes de que se disparara la primera bala en la Sierra Maestra.
De hecho, en ese momento, Fidel Castro todavía era un abogado en La Habana, planeando la primera campaña revolucionaria contra Fulgencio Batista.
O sea, a Marco Rubio, la Revolución nunca le quitó nada, ni tierras, ni casa, ni los pañales.
Lo que ocurre es que en la Avenida 8 le lavaron el cerebro.
¿Quiénes?
Esos que hoy le exigen arrojar bombas sobre Cuba.
Los herederos de Luis Posada Carriles, la familia Mas Canosa y los viejunos fracasados de la brigada 2506 que fue aplastada en Playa Girón; más los jóvenes que crecieron escuchando sus fantasías.
Y lo apuran, porque a Trump —y a Rubio—, le queda poco tiempo.
Muy poco, de hecho.
En noviembre habrá elecciones de medio término en Estados Unidos. Y todo indica que el Partido Demócrata se llevará las dos cámaras.
Con mucha probabilidad, la nueva Cámara de Representantes y el Senado, de perfil anti-Trump, comenzará un proceso de impeachment contra el
presidente número 47 de los Estados Unidos, sobre las muchas violaciones a la Constitución y las leyes federales del país.
Esto obligaría a Trump y sus secuaces a abandonar la Casa Blanca antes de las elecciones de 2028.
Luego entonces, Little Marco abandonaría D.C. para volver a Miami a explicarles a esos vejetes terroristas porqué, una vez más, fracasó en su intento por derrocar al socialismo cubano.
Y así, Rubio pasará a la historia como otro fracasado más; no obstante, intentará dejar todo el daño posible mientras dure en el cargo.


