En este espacio reiteramos en cada oportunidad que escribir es un acto de resistencia social para las mujeres porque de alguna u otra forma, todas hemos vivido en la oscuridad, en el silencio y en el dolor. Así que vaciamos nuestras mentes y nuestros corazones en las páginas, no sólo para curarnos sino para hacer valer la voz de otras que nos encontramos en el camino.
La poeta Yosselin Islas me invitó a presentar su nuevo libro Suturas (Burroughs Editorial, 2025) así que me di a la tarea de leerlo durante las noches y sentí miedo en cada página porque se trata de una obra que puedo describir con tres palabras: belleza, oscuridad y locura.
La maternidad es una cruz pesada que cae sobre nuestros hombros porque somos malas madres o porque decidimos no serlo, pero ¿qué sucede cuándo la vida decide por nosotras? Cuando nos es arrebatada la bendición impuesta, ¿qué nos espera? ¿el infierno?
Las mujeres aprendemos bien el oficio de suturar, el arte de coser nuestras heridas, y Suturas nos lleva por un viaje al centro de nuestros vientres, para abrirnos la herida horizontal y vertical con el fin de sumergirnos a nuestros cuerpos de una manera física, pero también espiritual.
Desde el momento en que nacemos, las mujeres recibimos la instrucción de esperar el momento en que tendremos una cicatriz por la cesárea de dar vida, ¿y cuándo esa vida no se logra?
Hace muchos años, me hubiera gustado que la tía Yolanda y la tía Gloria hubieran escrito sobre su dolor, sobre la culpa con la que han vivido desde entonces, ¿culpables de qué?
La primera enfrentó la desesperación de enterrar un hijo al que nunca abrazaste con vida, nació, sí, muerto antes de vivir; la segunda tenía 17 años cuando fue madre por primera vez, su bebé se llamaba Fernando Daniel, pero tuvo muerte de cuna o síndrome de muerte súbita del lactante, ellos se fueron, pero sus no madres llevan 50 años viviendo con ese dolor de juntar los brazos para arrullar al vacío, a la inexistencia. Crecí escuchando sobre esas historias, viendo las lágrimas de esas mujeres, su tristeza, su soledad y la incomprensión de las personas.
Así que cuando leí Suturas, confirmé que sí, la escritura de las mujeres también es un acto de solidaridad para plasmar lo que otras no pueden, no quieren o no soportar hablar porque la autora nos abraza y susurra en nuestros oídos “hay heridas que no cicatrizan nunca, heridas que son fecundas”.
Apéndice
No hay bendición, no hay vela encendida con la posibilidad de tu nombre.
Ni la pureza del pirul podría limpiar el mal que se ha cernido sobre nosotros.
No hay rezo que te amarre a mi cuerpo. Es la oscuridad lo que habita el vacío eterno,
el aire que despedaza todo lo que anhelamos ser.
Este es un poemario oscuro, que nos incrusta en cada verso el miedo a perder a alguien que no hemos arrullado, que no lo haremos nunca, pero que nos tortura con el recuerdo de lo que pude ser y no será.
En un reflejo inevitable del vacío, apenas lo veo, estiro las manos y lo aprieto contra mí. Fue tan natural como aquel acto fallido de lactar cuando él nació muerto: la terquedad del cuerpo que insiste en preservar lo que ya no está. Me aferro a él, un pedazo de plástico es mejor que abrazar la vergüenza de tener un no-hijo.
¿Quién quiere hurgar primero?, nos cuestiona la poeta hidalguense, mientras nos toma de la mano y nos lleva, a través de sus letras, por el pasaje más difícil para las mujeres: el de tener hijos y el de tener no-hijos, por decisión o por circunstancia. ¿Qué importa?
La única muestra de piedad que conocerá ese joven rostro. Un algo o alguien le incrustó legrada a la muerte y nunca la va a abandonar. Mírala, pobrecita, está desahuciada. Le cuentan los días, los bocados, la vida, el pulso, los hombres y la dilatación.
Les invito a leer Suturas de la escritora, poeta, abogada y acompañante de aborto, quien también es autora de los libros de versos Llena eres de gracia (2020) y Paisajes de la Ausencia (2022). Y hagamos un viaje por la oscuridad que nos produce el dolor que callamos ante el mundo.


