Opinión: Rodrigo y Gabriela

. La mayoría hemos soñado ser músicos de rock. Ese era el sueño de Rodrigo y Gabriela. Tocar, no hacer nada más que tocar. Pero, recuerden: los sueños dejan de ser sueños cuando se trabaja, se lucha por ellos.

Por Alfonso Valencia Badillo / Desde Abajo

¿A qué le tiras cuando sueñas mexicano? Maldita frase: soñar es lo único que nos queda… ¿Porqué, entonces, el mismo folclor que alimentamos con sueños nos propone dejar de hacerlo con frenesí parricida, homocida?

Los sueños sueños son… Pero hay miles de historias que nacieron de un sueño. Son las historias de los “emprendedores», de los jóvenes que un día se cansaron de hacer la rutina y repetir hasta el cansancio los patrones de su clase social. Son historias populares: leyendas.

Pero muchas, más bien, todas las leyendas, toda la tradición oral tiene vínculos específicos con la realidad. Hace unos días escuché una… aquí les va el cuento:

¿Quién no soñó, en algún momento de su juventud, mientras el ambiente se llenaba con las guitarras de Robert Plant o Ritchie Blackmore, el jazz de Dave Brubeck o Chick Corea o -mi favorito- el heavy metal de Metallica, de Iron Maiden, dejarlo todo para dedicarse por completo a la música?

La mayoría hemos soñado ser músicos de rock. Ese era el sueño de Rodrigo y Gabriela. Tocar, no hacer nada más que tocar. Pero, recuerden: los sueños dejan de ser sueños cuando se trabaja, se lucha por ellos.

Dejaron todo para dedicarse a la música. Empezaron con una banda de thrash metal que no les dejó nada más que pérdidas de dinero. Vendieron muchas de sus pertenencias y se fueron a Ixtapa. Ahí, tras un mes de no hacer nada, empezaron a tocar en un hotel: hacían versiones acústicas de temas de Metallica.

Otro sueño los llevó a cruzar el océano: a Dublín. Las cosas no fueron como planearon y empezaron a tocar en la calle. Ahí su estilo frenético se volvió sensación. Luego de mucho trabajo fueron de gira callejera por Europa (en España juntaron tanto dinero que pagaron excelentes entradas para un concierto de Paco de Lucía), después regresaron a Irlanda y junto con el productor John Leckie, alcanzaron el éxito.

En el 2006, su segundo álbum de estudio (Rodrigo y Gabriela, ATO Records) alcanzó el número uno de Irlanda… ganando a grupos de moda como los Arctic Monkeys y a leyendas como Johnny Cash.

Ahora, su sitio de internet (www.rodgab.com) anuncia una extensa gira por Estados Unidos (ya llenaron el tradicional Troubadour del Santa Mónica Blvd. en Hollywood), una aparición en el Coachella Arts and Music Festival y, de regreso a Europa, una presentación en el mítico, impresionante Shephards Bush Empire de Londres.

Se trata simplemente de una pareja de mexicanos, guitarras acústicas y un sueño. Muchas adversidades, y mucho trabajo. Algunos medios, como The Independet y La Jornada, al publicar su historia de amor (en el sentido estricto) y dedicación coinciden: “fracasados en México, probaron las calles de Irlanda y de ahí saltaron a la fama».

El sonido de Rodrigo y Gabriela no es, en todo caso, el hilo negro de la complejidad musical. Se trata de un híbrido que mezcla un toque virtuoso al estilo Paco de Lucia y el dinamismo de Paco Rentería, con el frescor necesario para la nueva generación. Es flamenco con riffs metaleros. Es un estilo que a ratos recuerda el son veracruzano, luego da aires de extensa libertad y muchas veces hermana géneros que siempre nos han enseñado a apreciar como agua y aceite: en su disco en vivo, del 2004, hay una épica versión del clásico One de Metallica, y justo cuando el rasgueo llega a su clímax, luego de utilizar el cuerpo de la guitarra para imitar el galopar de la batería, súbitamente el ritmo se convierte en el legendario 5/4 de Take Five del gran Brubeck y el público, acostumbrado al frío por su situación geográfica, explota en aplausos por la sorpresa.

En México, la escena está monopolizada por grupos hegemónicos que tratan la música con pinzas empresariales y no con miras a la confección de verdaderos productos culturales enriquecedores. Y las pocas oportunidades que surgen desde las instituciones culturales, simplemente no darían oportunidad a un sueño tan bizarro y de límites tan vagos. De mezclas y concepciones diametralmente opuestas a “lo cultural».

Las dos producciones de Rodrigo y Gabriela (Re-foc del 2004 y el álbum homónimo del 2006) estaban destinadas desde la idea al fracaso en México. Aquí, triste, se hubieran limitado a los estantes de unos cuantos entendidos, el medio musical mexicano, mafioso y caprichoso, no le hubiera dado la merecida oportunidad a dos greñudos amantes del metal, del jazz y de las fusiones.

El caso es que no sólo en los ámbitos académicos estrictos (ciencia y tecnología) ocurren fugas de talentos. Nuestro país está muy lejos de ser un semillero ya no de artistas sino de propuestas. Gracias a los responsables de la administración cultural, ahora más que nunca México es un país que reboza de pobreza: económica, intelectual y cultural.

Y los cerebros simplemente se van, se van, se van…

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