Megáfono Global: Artículo de denuncia inédito de Fidel Castro escrito hace 52 años

Un artículo de denuncia inédito que escribió Fidel hace 52 años y que se creía perdido al ser secuestrada la edición por los esbirros de Batista

Un artículo que no circuló

Ernesto Vera

Menos de dos meses —15 de mayo al 7 de julio de 1955— transcurrieron desde el día que Fidel salió del presidio de Isla de Pinos hasta que viajó a México. Fueron días de gran tensión debido a la preocupación popular de que el líder sufriera un atentado. A pesar de los peligros su actitud combativa se hizo sentir y tuvo manifestaciones diversas. Una muy importante fueron los artículos que publicó en el diario LA CALLE donde denunciaba constantemente los crímenes de la dictadura, tanto de los jóvenes combatientes del Moncada como de hechos similares anteriores y posteriores.

Convencido de que no había otra opción que la lucha armada, antes de partir dejó creada la Dirección Nacional del Movimiento 26 de Julio, que desde ese momento comenzó su organización en todo el país, mientras en México iniciaba los preparativos de lo que resultaría ser la expedición del yate Granma. En ese corto tiempo Fidel tuvo que enfrentar numerosas agresiones que incluían a sus familiares y compañeros. Fue así como se hizo irrespirable aquella situación, la que denunció más ampliamente en un artículo incluido en el periódico LA CALLE el 17 de junio de 1955, fecha en que la policía ocupó por la fuerza los talleres de ese periódico y confiscó los ejemplares de la tirada de ese día.

Hasta ahora se había creído que el texto del mencionado artículo escrito por Fidel había quedado en los linotipos del taller, debido al secuestro de la edición. Sin embargo, como ya se había impreso todo el periódico, hubo quien pudo guardar un ejemplar: fue el destacado periodista revolucionario Raúl Quintana, quien lo conservó hasta 1994, cuando falleció. Él, que sería después del triunfo revolucionario uno de los directores del periódico, dejó a su hijo Raúl un libro inédito de gran valor para la historia del periodismo y, entre los ejemplares de LA CALLE que guardó estaba el del 17 de junio de 1955, que comenzaba en primera plana, con pase para la página 6, el texto del artículo que hoy, 52 años después, podremos leer.

A pesar del deterioro del ejemplar se pudo capturar el texto completo.

Texto completo de las declaraciones entregadas a la prensa antes de partir hacia México, publicadas por varios periódicos, entre ellos Alerta y Ataja el 8 de julio de 1955:

«Me marcho de Cuba por habérseme cerrado todas las puertas para la lucha cívica. Hace seis semanas estoy en la calle y estoy convencido que la dictadura tiene intenciones de permanecer en el poder 20 años disfrazada de distintas formas, ignorando que la paciencia del pueblo cubano tiene sus límites. «Residiré en un lugar del Caribe. De viajes como este no se regresa o se regresa con la tiranía descabezada a los pies.»

Fidel Castro

Tituló su artículo: Aquí ya no se puede vivir

Cuando regresaban del entierro de Agostini (1) las bravas mujeres que acompañaron su cadáver cantando el himno, grupos de esbirros apostados en las callejuelas del mismo cementerio, sin respeto a las tumbas, ni al lugar, ni a las víctimas se dedicaron a dirigirles a media voz los más groseros improperios. ¡A qué grado de rebajamiento moral, de desenfreno y de odio mezquino se ha llegado! Si las cosas siguen en Cuba como van, no nos quedará más remedio que disponernos a morir, o ir buscando un lugar del mundo a donde emigren todos los cubanos, porque aquí no se puede ya vivir.

Esto no es exagerado. Yo no sé si los nazis hicieron en Francia, enemiga tradicional de su país, alguna de las cosas que se contemplan en nuestra infeliz tierra. Es cierto que no hay peor cuña que la del mismo palo. No voy a hablar del Moncada donde les arrancaron los ojos a los prisioneros, los castraron o los enterraron vivos. Me refiero a hechos de la vida cotidiana que marean el estilo de gobierno implantado en Cuba.

Lo podrán sufrir algunos: los amiguitos del régimen y aquella parte, de la ciudadanía indigna del régimen y aquella parte, escasa por suerte, de la ciudadanía, indigna de tener Patria, que vive en paz con los horrores que a diario contempla.

Hay canalladas a las que uno no se acostumbra jamás, por mucho que las haya sufrido iguales o parecidas. Yo las he venido sufriendo desde el 10 de marzo. Pocas sin embargo me han entristecido tanto como la que sufrió mi propio hogar el día mismo en que los esbirros insultaban en el cementerio a las mujeres. Otro malvado apostado en algún departamento oficial, consagró todo el día en llamar a nuestra hermana cada 10 minutos para decirle que lo mismo que le habían hecho ellos (se incluía él) a Jorge Agostini nos lo harían muy pronto a Raúl y a mí.

Los cuerpos represivos tienen intervenido el teléfono de mi casa las veinticuatro horas del día, graban en una cinta todas mis conversaciones, por muy personales que sean; anotan todos los teléfonos que hacen comunicación con el mío, ¿cómo se concibe pues, que salvo que sea un agente oficial, alguien pueda estar llamando impunemente y amenazando a una familia durante todo el día, sin que nadie lo moleste? Guerra de nervios; guerra de nervios pero contra la familia, contra las hermanas, contra las madres¼

Los que me conocen saben que soy incapaz de inventar estas cosas. Prefiero mil veces callar en todo lo que a los agravios personales se refiere. ¡Si yo dijera al pueblo de Cuba los que tuve que sufrir mientras estaba preso e indefenso, más de una cara se caería de vergüenza, gentes con dos partes de Caín y una de Judas, que hasta el honor de la familia vendieron! ¡Ojalá que la historia no consigne nunca tal página de infamia!

Pero, ¿por qué estoy escribiendo hoy este artículo donde no puedo disimular la amargura de ver la Patria, la tierra en que nacimos todos, en un modo de existir tan miserable donde, salvo unos cuantos pillos, indiferentes o malvados, ya no se puede vivir?

Es la suma de todas las impresiones que he venido recibiendo desde que salí de la prisión injusta donde fueron a parar los que quisieron libertar al pueblo y no los que lo oprimen sin piedad; es el compendio de todo el proceso que surgió aquella madrugada de dolor y vergüenza hace tres años. Pero me inspiran estas líneas un escrito de la policía que apareció ayer y hoy publicado en las primeras páginas de todos los periódicos. Desgraciadamente, esta respuesta mía no tendrá el mismo privilegio. La mentira gubernamental tiene lugar de honor en la letra de molde como cuanta palabra se diga a favor de los grandes intereses creados; pero no la verdad de los que defienden a los humildes, que no tienen nada que pagar, la del hombre digno y honrado, aun cuando el decirlo pueda salvar muchas vidas de la injusticia y el crimen.

Criminal es guardar silencio frente a un crimen como el de Agostini, cobardía en que han incurrido muchos en estos días; criminal es hacerse eco en la prensa, supuestamente imparcial, de denuncias que son falsas a todas luces y cuyo único objetivo es preparar el asesinato de los adversarios políticos. Tal proceder lesiona los propios sectores de la economía que esas empresas defienden. Un día vamos a tener que tirar la manta y poner al desnudo todos los intereses que atan y obligan, aunque no me quede más remedio que publicarlo en un millón de manifiestos y me gane más enemigos que un hereje incorregible. Desde ahora advierto que, como no aspiro a nada, me importa un bledo batirme como un Quijote contra todos los farsantes.

El señor Carratalá (2) tiene derecho a publicar en todas las primeras páginas de los periódicos un informe acusando de terrorismo a media Habana y nadie tiene derecho a disgustarse. Pero si a mí se me ocurre decir por este modesto periódico que el señor Conrado Carratalá es un mentiroso, y que ese informe es indigno de un oficial que se respete a sí mismo, me quieren hacer picadillo y los voceros mercenarios dan el grito en el cielo, diciendo que yo le estoy faltando el respeto a un pundonoroso militar; y a gritos piden mi cabeza como piden la destrucción del periódico LA CALLE.

Ese «pundonoroso» militar tiene derecho a acusar a mi propio hermano Raúl, de haber puesto el jueves una bomba en el teatro Tosca, siendo así que, exactamente ese día, se encontraba en Oriente junto a mi padre, anciano y gravemente enfermo. ¡A ese mismo Raúl Castro que en el cuartel Moncada hizo nueve prisioneros y los trató a todos con intachable caballerosidad, que sabe por tanto combatir de frente y no asesina prisioneros ni pone bombas! ¿Podrían decir otro tanto los que hace apenas unos días asesinaron a Jorge Agostini con las manos atadas?

Y voy a hablar con toda franqueza de una vez: cuando veo a la policía emitiendo un informe donde se revela con pelos y señales los nombres de cada uno de los que están en un supuesto plan terrorista, y señala los nombres y apellidos de los que pusieron los petardos en cada uno de los cines de La Habana, confirmo en mi sospecha de que son los propios es-birros de la dictadura los que han puesto esas bombas; porque fue mucha casualidad que estallasen un ratico antes del asesinato de Agostini que ya estaba prisionero; porque ninguna policía del mundo escribe esas novelas con todos los detalles, cuando no fue capaz de detener a uno solo de los que señala en la comisión de los hechos; una policía tan bien informada los habría sorprendido en la ejecución; porque basta ver los nombres de Danilo Baeza, (Alvaro) Barba, (Enrique) Huerta (3), y tantos otros dedicados desde hace meses a actividades cívicas y políticas complicados en ese plan truculento, para darse cuenta del poco respeto que estos jefes policíacos sienten por la opinión pública.

Cuando no hay conspiraciones las inventan; y cuando nadie pone bombas, las ponen ellos o les colocan petardos en los bolsillos a sus adversarios como hicieron con Jorge Valls (4) que todavía está preso.

Han acusado en dicho plan inclusive a personas que han anunciado su regreso a Cuba. ¿Es así como quieren que regresen los exilados? ¿Desearía el régimen que todas esas personas acusadas, más de cuarenta, tomen el camino del exilio? ¿Es así como contribuyen a la paz?

¡Cómo no ha de estar la economía por el suelo si todos los días aparece en los cintillos de los periódicos un complot tremebundo según denuncia de la policía! Los que más perjudican a la dictadura son sus propios partidarios.

No se ha incluido mi nombre en la terrible lista de terroristas, y si eso es una deferencia, una cortesía del señor Carratalá, se lo agradezco. ¡Muchas gracias! Pero se ha incluido el nombre de mi hermano que participa de mis ideas con toda lealtad sin salirse de la línea trazada; acusarlo, es acusarme a mí, y eso sí que no se lo agradezco, señor Carratalá.

¿Por qué no hace mejor usted un informe al Tribunal de Urgencia dándole cuenta de todas las vidrieritas que apuntan la «bolita» por La Habana y dice con pelos y señales las ganancias, los tantos por cientos y los nombres y apellidos de todos los que se enriquecen con el juego ilícito y se han hecho millonarios faltando a los más elementales deberes que les impone el cargo? ¿Cree usted que si yo lo hago me lo publiquen en las primeras páginas de todos los periódicos? ¡Y eso sí que no sería un folletín!

De todos modos, les advierto que este negocito de la dictadura, a este paso, se arruinará más pronto de lo que se imaginan, porque lo están manejando muy mal; porque ya en Cuba no se puede vivir y va llegando la hora de emigrar o morir.

Fidel Castro

(1) Jorge Agostini. Combatiente antimachadista y de las Brigadas Internacionales que cerraron filas con la República Española. Volvió a la lucha con el artero cuartelazo del 10 de marzo. Perseguido tenazmente por los esbirros batistianos y como consecuencia de una delación, fue localizado, apresado y vilmente asesinado.

(2) Conrado Carratalá. Tras el golpe de estado del 10 de marzo hizo una carrera meteórica y de vigilante llegó a Coronel de la policía. El asesinato era su elemento.

(3) Fueron en esa época dirigentes estudiantiles.

(4) Jorge Valls tuvo participación en la oposición a la dictadura de Batista y luego del triunfo revolucionario se unió a las fuerzas contrarrevolucionarias

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