Opinión: Zimapán, el gobierno contra la sociedad civil

. Sin duda alguna, el punto medular en este desencuentro es el daño que esta planta ocasionará en la salud de las y los zimapenses, tal y como indican la mayoría de los estudios científicos realizados al respecto. No por nada muchos estados del país, e incluso el municipio hidalguense de Chapantongo, rechazaron férreamente la construcción de este depósito en sus regiones. No obstante este problema central, el enfrentamiento que hoy vive el grupo ciudadano “Todos unidos por Zimapán” con el gobierno de Miguel Osorio Chong nos deja ver algunos otros efectos secundarios, como por ejemplo la inextinguible distancia entre gobernantes y gobernados.

Por Tania Meza Escorza/ Desde Abajo

El conflicto social que se vive en Zimapán debido a la instalación de una planta confinadora de desechos tóxicos, nos muestra nuevamente la gran distancia existente entre la clase política y la ciudadanía de a pie.

En su legítimo derecho por defender una calidad de vida cada vez más mermada en esta región, las y los habitantes de Zimapán se han organizado para lograr la revocación de los permisos ya otorgados por las instancias federales, para la instalación de dicha confinadora.

Por otro lado, en un derecho gubernamental por impulsar el desarrollo de una zona devastada en todos sentidos desde hace muchos sexenios, las autoridades estatales han anunciado que la confinadora traerá el progreso tan necesitado en este municipio.

Sin duda alguna, el punto medular en este desencuentro es el daño que esta planta ocasionará en la salud de las y los zimapenses, tal y como indican la mayoría de los estudios científicos realizados al respecto. No por nada muchos estados del país, e incluso el municipio hidalguense de Chapantongo, rechazaron férreamente la construcción de este depósito en sus regiones.

No obstante este problema central, el enfrentamiento que hoy vive el grupo ciudadano “Todos unidos por Zimapán” con el gobierno de Miguel Osorio Chong nos deja ver algunos otros efectos secundarios, como por ejemplo la inextinguible distancia entre gobernantes y gobernados.

Con una pésima estrategia de comunicación, las autoridades han preferido recurrir al sesentero recurso de la descalificación de los movimientos sociales, que al diálogo. En el encuentro que zimapenses y autoridades estatales sostuvieron la semana anterior, tanto el gobernador como el secretario de gobernación estuvieron ausentes. En dicha reunión, algunos funcionarios menores escucharon el reclamo de la sociedad inconforme de Zimapán, tomaron nota y dijeron ser “sólo árbitros” ante una decisión tomada por la federación.

Como cereza en el pastel, el secretario de gobernación, Francisco Olvera, negó información sobre el conflicto a la reportera del diario Síntesis, Georgina Obregón, bajo el argumento de que dicho periódico estaba maltratando al gobierno, como si de una confrontación personal se tratara. Otro lamentable tropezón mediático.

Lo que hasta ahora queda claro es el interés por desprestigiar la movilización ciudadana, con el gastado recurso de que los líderes persiguen cargos políticos o que son movidos por los partidos de oposición. Con cada vez menos eficacia, esta vieja táctica denota tanto el desconocimiento en materia de comunicación masiva, como el hecho de que el león cree que todos son de su condición. Torpeza o proyección, sólo ellos lo saben.

Algunos integrantes de “Todos unidos por Zimapán” han denunciado que las autoridades, tanto estatales como de la confinadora, contrataron los servicios de una consultoría externa en materia de comunicación para implementar una campaña mediática de desprestigio a la movilización popular.

De ser cierto, resultaría lamentable que se destinaran recursos para ahondar la confrontación, en vez de fomentar el diálogo, más aún si consideramos la pésima estrategia que se está siguiendo, basada en la satanización del oponente. Ante este panorama, resulta evidente que estos asesores en comunicación hace mucho, pero mucho tiempo que salieron de la universidad, y que siguen atrapados en la comunicación de la aguja hipodérmica, que consideraba cuasiestúpido al público receptor, ante el mensaje omnipotente de los medios masivos.

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