UAEH: informe y debilidad institucional

Por Pablo Vargas González / Desde Abajo

Las autoridades de la UAEH han adelantado, por lo menos en un mes la presentación del IV Informe de la administración universitaria. Siempre se hace en marzo y frecuentemente a fines de ese mes. La razón es clara. Existe una crisis interna debido a la incertidumbre entre funcionarios y profesores sobre la inminente elección de rector, ya que hasta el momento nadie sabe el futuro inmediato. Ni siquiera Luis Gil Borja, actual rector, tiene idea, de si el poder fáctico lo reelegirá.

El control sobre los principales funcionarios y la abierta injerencia de Gerardo Sosa Castelán, ahora con la fachada de “presidente del Patronato Universitario” desde octubre de 2009 desequilibraron la correlación de fuerzas al interior de la universidad. El mensaje fue claro: “En la universidad sigo decidiendo”, de tal suerte que la oficina del rector perdió decisión y prácticamente quedo aislada.

Todo ello refleja, como nunca antes una profunda debilidad institucional; existen dos poderes uno formal, el rector designado; y otro real, la oficina del Patronato y de la Fundación Hidalguense, donde despacha Sosa Castelán, y donde se toman las principales decisiones de la universidad. No es la primera ocasión que sucede, los universitarios lo saben; por lo que los funcionarios, lideres sindicales y estudiantiles ya no acuden con el Rector, sino con el “Jefe Político” de la universidad. Parece historia del siglo XIX, pero sigue presente en la UAEH la figura de un cacicazgo que se burla de todos.

De ese modo se llega al “IV Informe” de Luis Gil Borja, que en realidad cumple cinco años al frente de la institución. Todos lo recuerdan llegó el 22 de abril de 2005 luego de una “renuncia” forzada de Juan Manuel Camacho Bertrand. Posteriormente atropellando la normatividad fue ungido “por aclamación”, para Ripley, sin contra en verdad con respaldo de la comunidad universitaria.

El IV Informe del Rector no variará de los precedentes. Será eminentemente discursivo, auto legitimador, de “logros” y “obras”, y decenas de convenios inservibles para la comunidad universitaria. Pero no se informará de cambios académicos y administrativos al interior de la universidad. En cuatro años, cinco de gestión, quedan pendientes los grandes cambios que no se pudieron lograr.

Ha sido claro para el conjunto de la comunidad universitaria, que sin liderazgo, ni perfil académico y mucho menos sin programa de desarrollo universitario las cuentas que se rendirán el miércoles presentan las dos caras, que en realidad tiene la universidad.

Por una parte las cuentas alegres de la inercia que se vive en la máxima casa de estudios, donde se obtienen resultados desarticulados y fragmentados que no forman parte de un proyecto universitario. En una institución donde se maneja un presupuesto multimillonario, los logros académicos del profesorado se aprovechan para dar amplia difusión como producto de la gestión de autoridades, cuando es resultado del esfuerzo sostenido de profesores e investigadores, mucho de los cuales realizan su actividad en la precariedad presupuestal y salarial.

Y por otra parte, la triste realidad, la cara obscura de la luna, que es la administración universitaria. A cinco años de estar en la rectoría no hay una modificación profunda de las inercias que se viven en nuestra Alma Mater. Y digo “nuestra” como ciudadano y universitario, por que la universidad pública local es de la comunidad y no solo de un grupúsculo que se aprovechó de circunstancias del sistema político local en los últimos años, pero ahora estamos en el siglo XXI.

En estos meses, la prensa misma lo ha publicado, persisten innumerables problemas producto de la ausencia de un liderazgo meramente académico y por la lucha que existe en su interior. Profesores y alumnos se siguen quejando de la falta de libros y materiales escolares para talleres y laboratorios, de la falta de apoyo para la cultura y el deporte.

Grandes pendientes quedarán sin respuesta: la transparencia y manejo de recursos, la arbitrariedad para imponer funcionarios, “consejeros” universitarios y hasta el Decano, sin cubrir los requisitos de la normatividad. El trato abusivo en contra de profesores y trabajadores administrativos, que sino se alinean son despedidos injustificadamente. Pero sobre todo la cerrazón, la intimidación, el porrismo, la falta de libertades de cátedra y de expresión quedaron intactos. Urge un nuevo liderazgo académico, comprometido con las funciones primordiales de la universidad. Esto es una cuestión de los universitarios y que la sociedad debe exigir, desde afuera y adentro, la necesidad urgente de transformar la universidad.

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